adán & eva
-historia de un amor consumista-
Dos fulanos que dedican parte de su tiempo a la ilustración, la pintura, la música, la literatura, el cómic, contar/reir chiste...
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Casa Marcello, Gisela Michel
+41 31 311 30 26
Aarbergergasse 19 Berna, Suiza 46.949445 7.44303199999999
www.casa-marcello.ch/home.html
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Como un acorde de rock en medio de un vals
Hace unos meses tuve una tarde libre para pasear por Suiza, por razones de un trabajo que ya no tengo. Yo pensaba dedicarla a tres de mis aficiones preferidas cuando estoy de viaje: pasear, ver sitios bonitos y beber cerveza. Pero, ¡qué engañado estaba! La capital de Suiza es como una versión a escala del país en sí: pequeñita, muy bien organizada y aburridísima. Después de unas horas viendo repetirse el esquema "edificio bonito - edificio bonito - cruce - torre con un reloj" empezó a caer una tormenta de órdago. Así que eché a andar a paso bien ligero en busca de un sitio donde calentarme a golpe de birra; cuál fue mi terrible decepción al observar que sólo había bares para turistas, es decir: pulcros, estirados, aburridos y carísimos.
Seguí andando hasta casi llegar a la estación central de Berna, donde estaba mi hotel. Iba caminando ya derrotado, sin esperanzas de encontrar un bar de verdad, un antro como dios manda; decidido a comprar birras en alguna tienda y meterme en el hotel a bebérmelas. Entonces lo vi, y fue como escuchar un acorde de rock en medio de un vals.
Estaba en una calle comercial entre Schütestrasse y Kochergasse (que nadie se queje: llevo veinte minutos peleándome con un mapa de Berna para intentar situarlo lo mejor posible). Creo recordar que estaba entre un puesto de kebabs y una tienda de jabones o algo por el estilo. Escuché a Elvis cantando, y cuando me metí entre la gente para ver de dónde salía aquella música vi a un punki fumando con una jarra de litro llena de cerveza, sentado en una mesilla en la puerta de un sitio. Olía a humo desde la puerta; el suelo estaba lleno de colillas y chicles, y las paredes negras de mugre hasta la altura de las rodillas. Al fondo podía ver un futbolín y una gran mesa rodeada de sillas; en el resto del bar apenas había un par de mesitas de ésas en las que sólo caben dos vasos y un cenicero. Tras la barra, una gorda malencarada que mascaba dios sabe qué, con un trapo al hombro y una camiseta de los Maiden. Con lágrimas en los ojos, miré la puerta y vi el logotipo.
Casa Marcelo. Así se llamaba mi antro salvador.
Servían pizzas. De la peor clase que existe. De ésa que tiene una pinta extraordinaria en el mostrador y cuesta la mitad que en cualquier otro sitio de la ciudad, y cuando la pruebas entiendes por qué, pero no puedes parar de comer. Pero la cerveza, ¡ah, amigos, la cerveza! Una amplísima carta a un precio que vencía por goleada a cualquier otro lugar de la ciudad. Un sitio en el que se podía fumar tranquilamente (¡en Suiza!), en el que convivían el punki con el rocker, el ejecutivo amante de los AC/DC con el motero pasado de rosca fan de Steppenwolf.
¿Y qué hice? Lo que habría hecho cualquier hombre decente en mi lugar. Me senté en la mesa del fondo, le di todo el dinero que me quedaba a la camarera y le dije que me fuera sirviendo cerveza hasta que se me agotara. Estuve leyendo a Ginsberg, escuchando la música, hablando con los borrachos, escribiendo un poema (fundacionantoniogala.wordpress.com/2008/11/26/allen-ginsberg-in-memoriam). Horas después, ya de noche, salí de allí riéndome yo solo y haciendo eses, ganándome las miradas reprobatorias de todos los buenos ciudadanos de Suiza. Más feliz que una perdiz.
Si alguno de ustedes pasa por Berna, busquen Casa Marcelo. Es el tipo de antro de rock que un verdadero aficionado a los antros no puede perderse. Y díganle a la gorda de la barra que nunca olvidaré su "anothar biar for the gentleman".
adán & eva lo descubrió en enero de 2009



