Ona leyó en algún sitio que había un barrio, al norte de Amsterdam, donde un grupo de arquitectos supermegamodernos habían levantado una serie de casas vanguardistas que merecían ser vistas. Según su información el barrio en cuestión estaba en una islita al norte de Central Station. Nos encaminamos hacia allí. Hace un frío que pela y lo único que divisamos son edificios, modernos eso sí pero nada del otro mundo. Caminamos pero yo cada vez soy más pesimista porque, a veces, Ona se orienta fatal. Empiezo a preguntarle que a dónde me está llevando y ella, llena de moral, me dice que a ver unos edificios muy chulos. Le digo que me está llevando a San Chinarro y que porqué no nos damos la vuelta. Pero ella insiste... vamos a llegar hasta esa esquina al menos. La sigo a regañadientes pero de repente... “¿Ves lo que te había dicho?, grita.”. La cabrona tenía razón. De repente ha aparecido una callejuela atravesada por un canal a cuyos lados se levantan unas casitas curiosísimas. Saco la cámara y hago fotos. Es aún más curioso que ambos lados de la calle son gemelos, cada edificio tiene uno idéntico en la acera de enfrente. Sucede lo mismo en la calle siguiente y en la siguiente.
Como San Chinarro, Sumatrakade está a tomar por el culo y también es un barrio residencial de casas nuevas. A pesar de todo eso merece la pena ser visto.
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Efectivamente como dice The Boss es mucho más que una tienda de alfombras. Cuando fui no sabía que Encinar y su prima se me habían adelantado pero... lo han vuelto a hacer. Bueno, el caso es que es una tienda de decoración bastante cursilona, para qué engañarnos. Tienen muebles muy propios para los americanos (mucho sofá de cuero inmenso) así que al principio no me gustó demasiado. Luego subí a la segunda planta y la cosa cambió. Ahí es donde venden muebles "vintage", de diseño danés, antiguos pero megamodernos a la vez. Eso sí, son carísimos pero desde luego no iba con la intención de comprar nada. Pongo fotos.
Grand Central Station
+1 212 3402583
E 42nd Street (Park Avenue)
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Dicen que hace unos años la Estación Central de Nueva York era, como la mayoría de estaciones del mundo, un centro de refugio para indigentes, borrachos, trasnochadores, policías corruptos, mochileros y, lógicamente tratándose de la calle 42, prostitutas. Todos ellos fueron devorados por los alcaldes Giuliani y Bloomberg y, posteriormente, por los turistas. El edificio merece la pena, el reloj que hay sobre la cabina de información ha salido en innumerables películas. Además la estación se ha convertido en un gran centro comercial en el que se concentran tiendas como Banana Republic o Godiva. Además de todo eso no hay que perderse el exquisito mercado de comida al que se accede desde la calle Lexington, especialmente el puesto de especias Penzey y el de comida italiana Ceriello.
Prima Cruz: tu tienes la medallita por haberlo descubierto pero yo tengo el conocimiento.
Compañía Petrolífera de Sedano
Sargentes de la Lora
Sargentes de la Lora ( Spain > Burgos )
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Estuvimos buscando localizaciones para una de las historias que cuenta la película que vamos a rodar en la que Franco viaja a Nueva York para tratar de venderle a Rockefeller unos pozos petrolíferos descubiertos al norte la provincia de Burgos. Los pozos como tal existen, pero el petróleo que sale de ellos no da ni para un mechero. De todos modos resulta un lugar curioso por la decadencia en la que se encuentra a día de hoy. ¡¡Toma sitio raro!!
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Típico Diner para comer barato y al estilo americano. Tienen pasta‚ sandwiches‚ ensaladas y hamburguesas de ocho onzas (no me preguntéis cuánto son ocho onzas de carne). Al mediodía tienen un Lunch especial por siete dólares... con el cambio actual una miseria. Está en el SoHo‚ una de mis zonas preferidas de Manhattan.
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Si llevas toda una mañana caminando, estás hecha polvo, y estás en el Village, una opción para reponerte es tomarte un cupcake en Magnolia Bakery, al menos eso es lo que dicen las guías. Eso es lo que yo pretendía hacer pero entonces sucedió: Ante mis ojos apareció Rocco´s. Con su nombre de italiano superdotado, me mostró su goloso escaparate, me prometió hacerme suya como nunca nadie lo había hecho, y me dijo que después de conecerle nos juraríamos amor eterno. No tuve más remedio que entrar. Cada una de las tartas de Rocco´s es una puerta que te conduce al infierno, o al menos eso es lo que diría cualquier nutricionista, pero todos sabemos que los nutricionistas no son más que unos tipos que hacen footing cada mañana en su aburrido paraíso. Me recorrí el escaparate al menos diez veces sin saber por qué decidirme. Entonces el chico que me observaba desde el otro lado del mostrador me dijo: “nuestra especialidad son los canolis”. ¿Había dicho canolis? Cualquiera que haya visto Los Soprano sabe que los canolis son palabras mayores. ¡El dulce preferido de los mafiosos! Para qué quería más. Pedí un canoli (tres dólares) y un expresso y me senté a comérmelo en una de las mesitas. El canoli resultó ser una especie de canutillo de pasta dura relleno de una crema mortífera. El espresso era de esos cortitos y concentrados, de esos de los que si abusas te termina saliendo pelo en el pecho. Aún babeo cuando lo recuerdo.
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Tú, Fencinar, me descubriste los mejores dumplings de este lado del océano. Mirando por la ventana de una segunda planta en un viejo edificio de Amsterdam descubrí aquella inenarrable variedad de dim sun (por cierto, que ahora el Oriental City si tiene una zona de NO fumadores). Ha llegado la hora de recompensarte. Apúntate este.
La liturgia la siguiente: te sientas en una mesa (yo iba sola pero me sentaron en una mesa de ocho lo que ya fue bastante desconcertante). De repente pasa una china empujando un carrito lleno de dim sun y te dice algo que no entiendes (los chinos hablando inglés son inintelegibles). Como te ve con dudas te pone un par de platitos encima de la mesa para que les eches un ojo. Si alguno te convence te lo quedas, sino esperas un par de minutos más a que otro chino vuelva a pasar empujando un carrito distinto. Así vas cogiendo platos, un poco como una lotería porque nunca sabes muy bien qué es lo que te va a tocar. Como no tienes una carta comes a ciegas, sin saber lo que te va a tocar pagar. Yo no hacía más que pensar que me iban a engañar como una china y me iban a meter un sablazo pero.... ¡¡oh sorpresa!! Doce dólares de nada y me atiborré.
Todo esto tiene lugar antes de las cuatro y media. Después se convierte en un restaurante convencional.
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Yo! Sushi
+44 020 79307557
57 Haymarket (St Alban's House)
London ( United Kingdom )
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Yosushi es una cadena, una pequeña cadena de restaurantes japoneses de comida rápida. Yo en Londres he visto dos, el de Haymarket (junto a Picadilly Circus) y el que hay enfrente de Harrods, pero debe haber alguno más. Yo estuve en el primero.
La camarera es una japonesita pequeñita con unos labios supermorbosos. Detrás de la barra había tres cocineros preparando sushi sin parar ante tus propios ojos. Cuando terminan de preparar un plato lo colocan en una cinta transportadora que lo lleva por la barra y las mesas de forma que cada uno se sirve lo que le apetece y al final pagas por lo que has comido. Comes bien por unas quince libras, que a mí no me parece barato pero que para Londres no está mal. Sopa miso puedes tomar cuanta quieras por 1,75 £.
Según veía a los cocineros preparar los makis y los nigiris pensaba que, por su destreza, serían reputados cocineros pero soy una completa inocente. Uno de ellos se puso a hablar conmigo y resultó que ni siquiera era japonés sino que era un refugiado tibetano que solo llevaba cuatro meses trabajando en el local (las cosas muchas veces no son lo que parecen). De todas maneras la comida está muy buena, mucho mejor que la de los otros japoneses que he reseñado de Londres.
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¿Qué sucede si dejas a una niña de seis años delante de dieciséis máquinas expendedoras de helado sin vigilancia policial? Pues lo mismo que si me dejas a mí: que se vuelve loca. Yogurtland es todo un hallazgo porque es precisamente eso: un montón de máquinas expendedoras de helado a tu disposición. El procedimiento es el siguiente: entras y le pides al asíatico de detrás del mostrador un vasito para probar los helados. Luego vas uno por uno, probándolos todos, repitiendo si es necesario. El de manzana verde, el de cheescake, el de fresa, el de mango, el de café, el de yogurt plain, el de chocolate, el de coockies, el de albaricoque, el de vainilla, otra vez el de manzana, el de new york cake... Finalmente, cuando te has puesto como el tenazas de helado gratis, pillas una tarrina y la llenas del que más te ha gustado. Luego puedes añadirle todo tipo de toppings y tropezones: frutas, chocolates, m&ms, mochis, frutos secos... No se cuánto pesa una onza pero luego compareces en el mostrador con tu tarrina y el asiático la pesa y te cobra a 39 centavos la onza. Una tarrina a rebosar te sale por tres dólares, los mejores tres dólares de tu vida.
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Como habréis deducido por el tipo de sitios que comento en 11870 tengo debilidad por la comida japonesa, tanto que me he convertido en una de las mejores cocineras de sushi que conozco. Al principio hacía todos los makis igual, con el alga por fuera y rellenos de salmón o atún. Luego me fui sofisticando y comencé a introducir nuevos ingredientes y a dejar el alga por dentro rodeando el maki con huevas, con sésamo, con salmón... Para hacer estos últimos suelo forrar la esterilla de mimbre con papel transparente para evitar que el arroz se pegue. Pues bien, había visto a un cocinero japonés utilizar unas esterillas de plástico para ahorrarse el "forrado" pero en Madrid no había sido capaz de encontrarlas. Esa fue mi primera compra en el Sunrise Mart. La segunda fueron unas hojas de soja de colores con las que forrar los makis que en Madrid solo se venden a restaurantes (eso me dijeron en el Tokio Ya).
También tuve en mis manos una máquina de cocer arroz que costaba 150 dólares pero me dio pereza cargar con ella el viaje de vuelta así que se la encargaré al primer incauto que vaya a ir a Nueva York y esté dispuesto al esfuerzo de cargar con el cacharro para impresionarme y así poder ligar conmigo.
Además de supermercado también tienen unas mesas en las que comer pero yo ya venía comida de casa.
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