Hacía mucho que no comentaba nada en 11870. ¿Han pasado mis tiempos como gastrónoma de todo a cien? No lo sé. El caso es que viniendo por Hortaleza me topo con una pastelería que no había visto antes. En el escaparate anuncian un coctail para las nueve de la noche. Me pregunto si es el coctail de inauguración. Si es así seguro que los Encinares aún no lo han reseñado. Así que me lanzo. Los helados tienen una pinta estupenda pero son caretes, el más barato cuesta dos cincuenta. Me pido uno de café que está muy bueno. Lo que tiene mejor pinta son los alfajores que cuestan un euro con ochenta céntimos. Me llevo uno a casa. Una bomba pero buenísimo.
Llego a casa y resulta que Mitrofán se me ha adelantado y el sitio ya está reseñado. Esta es una comunidad de zampones :)
En realidad ibamos a La Creazione pero como este no lo habíamos probado nunca decidimos entrar. La principal diferencia con su hermano mayor es que en Di La Creazione no sirven pizzas, eso sí, la pasta está muy buena. De precios muy parecido a La Creazzione, es decir, carito para ser un italiano. Yo me pedí una pasta al horno que estaba muy buena.
De todos modos el lugar tiene un GRAN PERO. El "gran pero" se llama Francesco y es el camarero más pesado que me he encontrado en mi vida (y no exagero lo más mínimo). Se pasó la noche haciendo chistes que no tenían ni puta gracia. Los primeros minutos te parce "peculiar" pero cuando lleva media hora dándote la tabarra lo único que deseas es que entre un escuadrón de mafiosos y le partan las piernas (o en su defecto la boca).
Para que os situeis, Francesco es el calvito esmirriado.
¡¡Dios qué pesado!!
Me habían dicho que era uno de los japoneses más antiguos de Madrid y que estaba muy bien, pero cuando era pequeña también me contaron que Dios lo veía todo desde arriba, que si me tocaba ardería en las llamas del infierno y que hace dos mil años un tipo con barba multiplicaba los panes y los peces a las afueras de Jerusalén. Todo milongas. A mi Naomi me parece un japonés de tercera. No se si estará fresco pero el pescado (al menos el que a mí me pusieron) no tenía especial buena pinta. Además unos nigiris vienen llenos de washabi y otros sin prácticamente nada con lo que la comida se convierte en una lotería de picores.
Lo mejor, por decir algo, la tapita de atún con soja que te ponen nada más sentarte. Lo peor, todo lo que viene después. Pagué 23 euros. Me pareció demasiado.
Yo, que además de masturbarme hago algunas que otras cosas sola, he decidido que una de las mejores alternativas cuando te toca comer sin compañía son los restaurantes japoneses con kaitén (cinta transportadora). Por eso, y porque me encontré cuarenta euros en el bolsillo, decidí probar el Ginza. Sentado en la barra me encontré al director de cine Jose Luis Cuerda, que al parecer es bastante habitual del sitio. Yo no me atreví a decirle nada (aunque soy de las que piensa que "Amanece que no es poco" es una de esas películas sobre las que se construye la historia del cine patrio) pero al verme indecisa fue el quien me recomendó los niguiris de ventresca de atún. Aunque eran de lo más carete le hice caso, me los comí y le agradecí la recomendación. "Prueba los de vieira y verás", me dijo. Hice cuentas sobre el dinero que llevaba en el bolsillo y, aunque comencé a temer por mi presupuesto, le volví a hacer caso. "Este tío sabe de lo que está hablando", pensé para mis adentros. "Es usted todo un experto", le dije y se rió. Me dijo que el único defecto del restaurante era que "aún" no servían su vino, un ribeiro llamado San Clodio, que según él es de lo mejor que hay. Le prometí que me compraría una botella y me dió una dirección para ir a recoger dos "por la patilla". Un encanto, vamos.
Eso sí, me fundí los cuarenta euros.
Si Hespen & Suárez es un descarado plagio del Dean & Deluca norteamericano, el Pink Sushiman lo es del Yo! Sushi en el que estuve en Londres. La misma barra giratoria, los mismos platitos de colores, los mismos grifos de agua con o sin gas... Falta la dependienta buenorra japonesa (aquí la sustituye una argentina que no se le aproxima ni de lejos) pero la comida está igual de buena. El menú de mediodía (10 euros) te permite sopa miso, cinco platos a elegir, bebida y postre. Vamos una ganga. Creo que me voy a dejar caer bastante por este sitio.
(Actualización)
Vaya si me he dejado caer, una vez a la semana por lo menos... hasta hoy. La cosa empezó a oler mal cuando, una detrás de otra, mis camareras favoritas fueron desapareciendo (supongo que porque les pagaban una mierda). La cosa olió fatal el lunes pasado, cuando llegué y comprobé que habían cambiado el menú. Ahora hay dos: uno por quince euros y otro por diez. Lo malo es que el de diez es MUY cutre porque la mayoría de los platos que antes merecían la pena los han incluido en el menú caro. Además (y esto sí que me parece de lo más cutre) han reducido ostensiblemente el tamaño de los platos (en muchos de tres makis se ha pasado a dos). En definitiva mucho más caro y más escaso.
A mano derecha según entras hay una puerta bastante disimulada donde debe estar la oficina desde la que supongo que se ha perpetrado esta terrible fechoría. ¡¡Quiero la cabeza del culpable, y la quiero YA!!
"Falso" japonés pensado para remilgadillos a quienes no les guste el pescado crudo. El reclamo es su menú de nueve euros. De primero me pido la sopa miso. No se si es por efecto del aire acondicionado pero solo está templadilla (si quisiera una sopa fría me tomaría un gazpacho). De segundo tienen cuatro opciones de makis. Me pido los únicos que tienen una pizquita de salmón crudo (el resto son de cerdo o de surimi así que paso). No están mal pero, como ha apuntado alguien, la cosa es un poco monótona. De postre unos profiteroles recién traídos de "La Sirena".
Si quieres japonés hay opciones mejores.
Convencida de que para combatir el mal de amores lo mejor es vivir emociones fuertes, mi amiga Ona tuvo la descabellada idea de llevarme a un lugar en el que, bajo el patrocinio de Carlos Sainz, se organizan carreras de karts. Estaba convencida de que estaría a reventar de "bakalaeros" de Leganés pero la impresión inicial fue menos desagradable de lo que me esperaba (puede que los 18 euros que cuestan diez minutos de conducción sirva como elemento disuasorio). El caso es que a mí no me gusta especialmente conducir y ver todos aquellos cochecitos a punto de romper la velocidad del sonido en un circuito lleno de curvas no me resultaba especialmente llamativo. Al final, no obstante, me decidí a probar.
Lo primero que te piden es que te saques una "licencia" y rellenes una ficha donde figuren tus datos personales y un pseudónimo. A mí no se me ocurría ninguno así que elegí como pseudónimo "zorra insaciable" (los designios de la mente humana son, a veces inescrutables). Una vez superado ese trámite te dicen que se anuncie la carrera en la que tomarás parte en uno cartelito como el que marca el turno en las carnicerías del mercado. Cuando esto sucede te dicen que pases a vestuarios donde te dan un mono rojo y una gorrito de cirujano para que no se te peguen los piojos de quienes han usado tu casco con anterioridad. Cuando estás disfrazada te llevan hasta una sala donde proyectan un video de Carlos Sainz en el que te dicen que no hagas demasiado el cafre. En esta sala te das cuenta de quienes van a ser tus rivales. En mi caso, aparte de Ona, estaban un padre y un hijo con aspecto de buena gente, un tipo con aire de marinero putero, un chaval con el pelo a cepillo junto con su novia choni y tres hermanos bastardos de Fernando Alonso deseosos de meterse la gasolina en vena y que parecían muy expertos en todo aquello. En el video, que debe durar unos cinco minutos, también te recomiendan que durante la primera vuelta te lo tomes con tranquilidad y te vayas adaptando al circuito.
Llega el momento de la verdad. Desciendes hacia la pista y uno de los encargados comienza a asignar los coches: Pistones al número 23, Nikita al coche 11, Ona al 6, Zorra insaciable al 4. Todos se descojonan al oir mi apodo. Les digo que se rían ahora, que luego les tocará llorar.
Mi kart es el segundo de la fila, justo detrás del de Ona. El resto salen por detrás mío. Nos sentamos, nos abrochamos el cinturón y nos dan la salida. Yo, que en mi vida he montado en un kart, sigo las instrucciones del video y cuando me estoy tomando la primera vuelta de tanteo empiezo a ver cómo todos los coches me adelantan por la izquierda y la derecha. Les grito "hijos de puta" pero cuando me quiero dar cuenta ya están lo suficientemente lejos como para no oírme. Un extraño resorte se activa en mi cerebro: quiero ganarles a todos. Empiezo a acelerar, a intentar arañar metros en las curvas, a frenar poco, a derrapar incluso y, cuando me creo que empiezo a recortar la distancia con todos ellos, ya han empezado a doblarme. Intento cerrarles el paso para que no lo hagan pero uno de los encargados me llama la atención con una bandera azul. Pienso: "métete esa bandera por el culo", pero da igual, mis rivales están, otra vez, demasiado lejos.
Cada vez que pasas por línea de meta ves una pantalla donde aparece tu nombre (zorra i) y el nombre de quien te precede y de quien viene por detrás. Después de once vueltas se enciende un semáforo rojo lo que significa que la carrera ha terminado. Al quitarme el mono me doy cuenta de que estoy tan sudada como si acabara de echar un polvo.
(Más en madreidiota.blogspot.com )
Todo un viaje en el tiempo. Entras aquí y te empiezas a imaginar a grupos de milicianos defendiendo madrid de los bombardeos de Franco (vale, es lo que yo me imaginé, cada uno se imagina lo que quiere). El dependiente tiene cara de vinagre pero cuando charlas un poco con él se ablanda (como todos). Es un sitio absolutamente lúgubre con ancianitos bebiendo como si la vida se hubiese olvidado de ellos. Se bebe fino, y de tapa aceitunas. También puedes pedir media de lomo o de chorizo (muy buenos ambos). A medida que vas pidiendo el dependiente apunta con una tiza en la mesa lo que le vas debiendo. Debería pagarse en pesetas ¡o qué me digo! en reales.
El amor me da hambre. El sexo también. Nos vestimos y nos vamos a un mexicano de diseño que acaban de abrir en Chueca. Entramos y un camarero vestido de negro nos pregunta si hemos reservado. Le decimos que no pero no pasa nada, nos hace sitio. Me gusta la foto del metro que decora una de las paredes. Estudiamos la carta. María se pide unos tacos y yo unas enmoladas. No se si tardan una eternidad en servirnos o que nosotras nos morimos de hambre (creo que en realidad son ambas cosas). Nos amenizan la espera con unos totopos clavados en una salsa inclasificable que está buenísima. Finalmente llegan nuestros platos. Los miramos con cara de "¿esto es todo?" y nos abalanzamos sobre ellos. ¡¡¡ESTÁ BUENÍSIMO!!! Nos apetece repetir pero solo llevamos 40 euros en el bolsillo. Ideal para ir con pasta o habiéndote comido un bocadillo antes.
Diminuto local en el que dos chicas sentadas en el suelo hablan en inglés con un tercero. Parecen asombradas al verme entrar, tengo cara de ser su primera clienta del día. Venden comida marroquí para llevar. Pido humus (cuatro euros), un pollo con salsa amarilla (cinco euros) y una ensalada de berenjena (cuatro euros). La chica rubia que me atiende me lo pone en unos recipientes individuales. No se da demasiada maña y el mostrador acaba perdido de ensalada de berenjena. Tiene cara de principiante. El humus y la ensalada están muy buenas pero el pollo no vale gran cosa. Puede que vuelva otro día. Parecen extraterrestres pero son simpáticas.
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