Una de mis tiendas de ropa favoritas de Nueva York (bueno, en realidad es una cadena) aunque según una amiga toda la ropa que venden es un poco de "la casa de la pradera". De todos modos a mí me gusta aunque es carisísima. Además de ropa venden velas, jabones, libros, bolsos o bisutería. Es de esas tiendas que huele a incienso y donde te pasarías media tarde cotilleándolo todo.
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La primera vez que fui me lo encontré cerrado (malos presagios). La segunda con una cola de diez personas en el exterior (buenos presagios). Lo intenté una vez más. El restaurante es pequeñito y con aspecto cutre para lo que es el village pero el sushi no estaba mal aunque tampoco puedo decir que sea "el mejor sushi de mi vida". Una gran pega es que ¡¡¡No admiten tarjeta VISA!!!
Comí por unos quince dólares.
Después de meses mareando la perdiz, hablando con fotógrafos y decidiendo qué cámara iba a comprarme en Nueva York aprovechando la debilidad del dolar decidí que me compraría la Canon Eos 450. Llegué a Nueva York un domingo y el lunes a las diez de la mañana (el jet lag me vino de perlas) ya estaba yo en B&H con la tarjeta de crédito en la boca. "La canon 450 está agotada", me dijo un dependiente con tirabuzones en las orejas. "La tendremos dentro de un par de semanas", añadió. Si estás en Nueva York no puedes tirarte un par de semanas sin cámara de fotos así que puse cara de luto. Supliqué y dos dependientes removieron Roma con Santiago. Me dijeron que tenían un almacen en New Jersey y que quizás allí les quedara alguna. Telefonearon pero no hubo suerte. Desolada me fui de la tienda sin mi Canon Eos 450. Me metí en internet en busca de teléfonos de Best buy, una cadena de tiendas de electrónica. Telefoneé a cuatro tiendas y la respuesta fue la misma en todas ellas: está agotada, la tendremos dentro de quince días.
Regresé a B&H buscando una alternativa al suicidio. Tres comerciales trataron de convencerme de que la Nikon D60 era prácticamente igual que la Canon y... doscientos dólares más barata (la Canon era tan cara porque era un ultimísimo modelo). Al final me rendí y me compré la Nikon y desde entonces me estoy autoconvenciendo de que es la mejor cámara del mundo.
Respecto a B&H... es una tienda a la que hay que ir. Casi todos los dependientes son judíos, con su kippah y esos tirabuzoncitos en el pelo que tanto repelús me dan. La tienda estaba atestada de españoles.
Una de mis imágenes favoritas de Nueva York es el puente de Queensboro. Siempre que voy pienso que encontraré a Woody Allen y a Diane Keaton a sus pies, tal y como aparecían en el poster de "Manhattan". Lógicamente me quedo con las ganas. Lo que no falla y siempre está allí es el Food Emporium, un supermercado pijillo de esos en los que todo apetece. Hay bastantes por la ciudad pero este es el mejor de los que conozco aunque lo único que suelo comprar son coockies y chocolate.
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El asiento donde, en este preciso instante, reposan mis posaderas es una silla de Kartell (Kartell es una empresa italiana que diseña muebles de plástico). La compré en la tienda que tienen en Claudio Coello aunque he de decir que me tuvieron más de un mes esperando a que les llegara el pedido (después de tres semanas pasó a ser el "puto pedido"). Ademas de sillas tienen lámparas bastante chulas aunque cuestan una pasta. De todos modos mirar es gratis y en la tienda de Nueva York puedes mirar hasta hartarte porque es bastante más grande que la de Madrid. La encargada de la tienda del Soho se llama Claudia y es una brasileña bastante simpática (no penséis mal, es una señora de más de cuarenta).
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Sorprendentemente nadie ha reseñado el Empire Diner en 11870 que, por otra parte, es uno de los sitios míticos de Nueva York. Sale en la primera secuencia de "Manhattan" y, según dicen las guías, era el diner favorito de Bette Davis. No es un diner normal, es un poco más caro pero tiene muchísimo más glamour. Los viernes por la noche se pone hasta los topes de "modernillos" lo que hace que me pregunte si yo también soy una modernilla. Es como un vagón de tren. Junto a la puerta del baño hay un señor que canta con la voz rasgada mientras toca el pianito (si no lo han despedido porque la última vez que fui no estaba).
Es uno de esos sitios a los que siempre vuelvo y siempre volveré.
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Grand Central Station
+1 212 3402583
E 42nd Street (Park Avenue)
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Dicen que hace unos años la Estación Central de Nueva York era, como la mayoría de estaciones del mundo, un centro de refugio para indigentes, borrachos, trasnochadores, policías corruptos, mochileros y, lógicamente tratándose de la calle 42, prostitutas. Todos ellos fueron devorados por los alcaldes Giuliani y Bloomberg y, posteriormente, por los turistas. El edificio merece la pena, el reloj que hay sobre la cabina de información ha salido en innumerables películas. Además la estación se ha convertido en un gran centro comercial en el que se concentran tiendas como Banana Republic o Godiva. Además de todo eso no hay que perderse el exquisito mercado de comida al que se accede desde la calle Lexington, especialmente el puesto de especias Penzey y el de comida italiana Ceriello.
Prima Cruz: tu tienes la medallita por haberlo descubierto pero yo tengo el conocimiento.
Tú, Fencinar, me descubriste los mejores dumplings de este lado del océano. Mirando por la ventana de una segunda planta en un viejo edificio de Amsterdam descubrí aquella inenarrable variedad de dim sun (por cierto, que ahora el Oriental City si tiene una zona de NO fumadores). Ha llegado la hora de recompensarte. Apúntate este.
La liturgia la siguiente: te sientas en una mesa (yo iba sola pero me sentaron en una mesa de ocho lo que ya fue bastante desconcertante). De repente pasa una china empujando un carrito lleno de dim sun y te dice algo que no entiendes (los chinos hablando inglés son inintelegibles). Como te ve con dudas te pone un par de platitos encima de la mesa para que les eches un ojo. Si alguno te convence te lo quedas, sino esperas un par de minutos más a que otro chino vuelva a pasar empujando un carrito distinto. Así vas cogiendo platos, un poco como una lotería porque nunca sabes muy bien qué es lo que te va a tocar. Como no tienes una carta comes a ciegas, sin saber lo que te va a tocar pagar. Yo no hacía más que pensar que me iban a engañar como una china y me iban a meter un sablazo pero.... ¡¡oh sorpresa!! Doce dólares de nada y me atiborré.
Todo esto tiene lugar antes de las cuatro y media. Después se convierte en un restaurante convencional.
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Como habréis deducido por el tipo de sitios que comento en 11870 tengo debilidad por la comida japonesa, tanto que me he convertido en una de las mejores cocineras de sushi que conozco. Al principio hacía todos los makis igual, con el alga por fuera y rellenos de salmón o atún. Luego me fui sofisticando y comencé a introducir nuevos ingredientes y a dejar el alga por dentro rodeando el maki con huevas, con sésamo, con salmón... Para hacer estos últimos suelo forrar la esterilla de mimbre con papel transparente para evitar que el arroz se pegue. Pues bien, había visto a un cocinero japonés utilizar unas esterillas de plástico para ahorrarse el "forrado" pero en Madrid no había sido capaz de encontrarlas. Esa fue mi primera compra en el Sunrise Mart. La segunda fueron unas hojas de soja de colores con las que forrar los makis que en Madrid solo se venden a restaurantes (eso me dijeron en el Tokio Ya).
También tuve en mis manos una máquina de cocer arroz que costaba 150 dólares pero me dio pereza cargar con ella el viaje de vuelta así que se la encargaré al primer incauto que vaya a ir a Nueva York y esté dispuesto al esfuerzo de cargar con el cacharro para impresionarme y así poder ligar conmigo.
Además de supermercado también tienen unas mesas en las que comer pero yo ya venía comida de casa.
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En el escaparate hay fotos de James Gandolfini (Tony Soprano), de Danny De Vito y de Martin Scorsese, entre otros, a su paso por el local. Para mí Gandolfini y Scorsese son reclamo suficiente así que entro. Está vacío aunque la amiga que me lo ha recomendado me ha dicho que por las noches el local se pone de bote en bote. Pido una pizza pequeña pero cuando me la traen comprueblo su tamaño permitiría que me alimentara durante varios días. Afortunadamente en este país es bastante normal pedir que te guarden las sobras para llevar así que eso es lo que hago. Son especialmente simpáticos así que me pongo a charlar con el camarero y a preguntarle por la gente que aparece en las distintas fotografías de la pared. Le pregunto por una rubia con aire intelectual y responde que no sabe de quién se trata pero que "seguro que es una lesbiana culta". "Seguro", contesto mientras le río la gracia.
Pago quince dólares bien a gusto. Eso sí, la Coca Cola me sabe rara.
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