Efectivamente como dice The Boss es mucho más que una tienda de alfombras. Cuando fui no sabía que Encinar y su prima se me habían adelantado pero... lo han vuelto a hacer. Bueno, el caso es que es una tienda de decoración bastante cursilona, para qué engañarnos. Tienen muebles muy propios para los americanos (mucho sofá de cuero inmenso) así que al principio no me gustó demasiado. Luego subí a la segunda planta y la cosa cambió. Ahí es donde venden muebles "vintage", de diseño danés, antiguos pero megamodernos a la vez. Eso sí, son carísimos pero desde luego no iba con la intención de comprar nada. Pongo fotos.
Grand Central Station
+1 212 3402583
E 42nd Street (Park Avenue)
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Dicen que hace unos años la Estación Central de Nueva York era, como la mayoría de estaciones del mundo, un centro de refugio para indigentes, borrachos, trasnochadores, policías corruptos, mochileros y, lógicamente tratándose de la calle 42, prostitutas. Todos ellos fueron devorados por los alcaldes Giuliani y Bloomberg y, posteriormente, por los turistas. El edificio merece la pena, el reloj que hay sobre la cabina de información ha salido en innumerables películas. Además la estación se ha convertido en un gran centro comercial en el que se concentran tiendas como Banana Republic o Godiva. Además de todo eso no hay que perderse el exquisito mercado de comida al que se accede desde la calle Lexington, especialmente el puesto de especias Penzey y el de comida italiana Ceriello.
Prima Cruz: tu tienes la medallita por haberlo descubierto pero yo tengo el conocimiento.
Típico Diner para comer barato y al estilo americano. Tienen pasta‚ sandwiches‚ ensaladas y hamburguesas de ocho onzas (no me preguntéis cuánto son ocho onzas de carne). Al mediodía tienen un Lunch especial por siete dólares... con el cambio actual una miseria. Está en el SoHo‚ una de mis zonas preferidas de Manhattan.
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Si llevas toda una mañana caminando, estás hecha polvo, y estás en el Village, una opción para reponerte es tomarte un cupcake en Magnolia Bakery, al menos eso es lo que dicen las guías. Eso es lo que yo pretendía hacer pero entonces sucedió: Ante mis ojos apareció Rocco´s. Con su nombre de italiano superdotado, me mostró su goloso escaparate, me prometió hacerme suya como nunca nadie lo había hecho, y me dijo que después de conecerle nos juraríamos amor eterno. No tuve más remedio que entrar. Cada una de las tartas de Rocco´s es una puerta que te conduce al infierno, o al menos eso es lo que diría cualquier nutricionista, pero todos sabemos que los nutricionistas no son más que unos tipos que hacen footing cada mañana en su aburrido paraíso. Me recorrí el escaparate al menos diez veces sin saber por qué decidirme. Entonces el chico que me observaba desde el otro lado del mostrador me dijo: “nuestra especialidad son los canolis”. ¿Había dicho canolis? Cualquiera que haya visto Los Soprano sabe que los canolis son palabras mayores. ¡El dulce preferido de los mafiosos! Para qué quería más. Pedí un canoli (tres dólares) y un expresso y me senté a comérmelo en una de las mesitas. El canoli resultó ser una especie de canutillo de pasta dura relleno de una crema mortífera. El espresso era de esos cortitos y concentrados, de esos de los que si abusas te termina saliendo pelo en el pecho. Aún babeo cuando lo recuerdo.
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Tú, Fencinar, me descubriste los mejores dumplings de este lado del océano. Mirando por la ventana de una segunda planta en un viejo edificio de Amsterdam descubrí aquella inenarrable variedad de dim sun (por cierto, que ahora el Oriental City si tiene una zona de NO fumadores). Ha llegado la hora de recompensarte. Apúntate este.
La liturgia la siguiente: te sientas en una mesa (yo iba sola pero me sentaron en una mesa de ocho lo que ya fue bastante desconcertante). De repente pasa una china empujando un carrito lleno de dim sun y te dice algo que no entiendes (los chinos hablando inglés son inintelegibles). Como te ve con dudas te pone un par de platitos encima de la mesa para que les eches un ojo. Si alguno te convence te lo quedas, sino esperas un par de minutos más a que otro chino vuelva a pasar empujando un carrito distinto. Así vas cogiendo platos, un poco como una lotería porque nunca sabes muy bien qué es lo que te va a tocar. Como no tienes una carta comes a ciegas, sin saber lo que te va a tocar pagar. Yo no hacía más que pensar que me iban a engañar como una china y me iban a meter un sablazo pero.... ¡¡oh sorpresa!! Doce dólares de nada y me atiborré.
Todo esto tiene lugar antes de las cuatro y media. Después se convierte en un restaurante convencional.
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¿Qué sucede si dejas a una niña de seis años delante de dieciséis máquinas expendedoras de helado sin vigilancia policial? Pues lo mismo que si me dejas a mí: que se vuelve loca. Yogurtland es todo un hallazgo porque es precisamente eso: un montón de máquinas expendedoras de helado a tu disposición. El procedimiento es el siguiente: entras y le pides al asíatico de detrás del mostrador un vasito para probar los helados. Luego vas uno por uno, probándolos todos, repitiendo si es necesario. El de manzana verde, el de cheescake, el de fresa, el de mango, el de café, el de yogurt plain, el de chocolate, el de coockies, el de albaricoque, el de vainilla, otra vez el de manzana, el de new york cake... Finalmente, cuando te has puesto como el tenazas de helado gratis, pillas una tarrina y la llenas del que más te ha gustado. Luego puedes añadirle todo tipo de toppings y tropezones: frutas, chocolates, m&ms, mochis, frutos secos... No se cuánto pesa una onza pero luego compareces en el mostrador con tu tarrina y el asiático la pesa y te cobra a 39 centavos la onza. Una tarrina a rebosar te sale por tres dólares, los mejores tres dólares de tu vida.
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Como habréis deducido por el tipo de sitios que comento en 11870 tengo debilidad por la comida japonesa, tanto que me he convertido en una de las mejores cocineras de sushi que conozco. Al principio hacía todos los makis igual, con el alga por fuera y rellenos de salmón o atún. Luego me fui sofisticando y comencé a introducir nuevos ingredientes y a dejar el alga por dentro rodeando el maki con huevas, con sésamo, con salmón... Para hacer estos últimos suelo forrar la esterilla de mimbre con papel transparente para evitar que el arroz se pegue. Pues bien, había visto a un cocinero japonés utilizar unas esterillas de plástico para ahorrarse el "forrado" pero en Madrid no había sido capaz de encontrarlas. Esa fue mi primera compra en el Sunrise Mart. La segunda fueron unas hojas de soja de colores con las que forrar los makis que en Madrid solo se venden a restaurantes (eso me dijeron en el Tokio Ya).
También tuve en mis manos una máquina de cocer arroz que costaba 150 dólares pero me dio pereza cargar con ella el viaje de vuelta así que se la encargaré al primer incauto que vaya a ir a Nueva York y esté dispuesto al esfuerzo de cargar con el cacharro para impresionarme y así poder ligar conmigo.
Además de supermercado también tienen unas mesas en las que comer pero yo ya venía comida de casa.
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En el escaparate hay fotos de James Gandolfini (Tony Soprano), de Danny De Vito y de Martin Scorsese, entre otros, a su paso por el local. Para mí Gandolfini y Scorsese son reclamo suficiente así que entro. Está vacío aunque la amiga que me lo ha recomendado me ha dicho que por las noches el local se pone de bote en bote. Pido una pizza pequeña pero cuando me la traen comprueblo su tamaño permitiría que me alimentara durante varios días. Afortunadamente en este país es bastante normal pedir que te guarden las sobras para llevar así que eso es lo que hago. Son especialmente simpáticos así que me pongo a charlar con el camarero y a preguntarle por la gente que aparece en las distintas fotografías de la pared. Le pregunto por una rubia con aire intelectual y responde que no sabe de quién se trata pero que "seguro que es una lesbiana culta". "Seguro", contesto mientras le río la gracia.
Pago quince dólares bien a gusto. Eso sí, la Coca Cola me sabe rara.
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Tenía pensado ir al Tomoe Sushi siguiendo la recomendación de Eye, pero lo cierran a las tres así que me quedé con las ganas. Al final fui a parar al Sushi Mambo, en la maravillosa Bleecker St. (no hago más que reseñar sitios que están en esa calle). Lo primero que te encuentras son un par de fotos de los dueños con Uma Thurman ya que aquí se rodó una escena de una película llamada Prime que yo no he visto (www.primemovie.net). Lo siguiente es un camarero de ojos achinados y gafas de pasta que te recibe con una amable sonrisa´(luego resulta que el camarero es de Buenos Aires y, como todos los de Buenos Aires, ligón). Yo me pedí el "Combo Spice Sushi" que cuesta trece dólares y era tal cantidad que casi no pude terminarlo. Hay un Lunch hasta las cuatro de la tarde en el que los precios son más económicos aún. Los makis estaban buenos aunque para mi gusto eran un pelín grandes.
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El asiento donde, en este preciso instante, reposan mis posaderas es una silla de Kartell (Kartell es una empresa italiana que diseña muebles de plástico). La compré en la tienda que tienen en Claudio Coello aunque he de decir que me tuvieron más de un mes esperando a que les llegara el pedido (después de tres semanas pasó a ser el "puto pedido"). Ademas de sillas tienen lámparas bastante chulas aunque cuestan una pasta. De todos modos mirar es gratis y en la tienda de Nueva York puedes mirar hasta hartarte porque es bastante más grande que la de Madrid. La encargada de la tienda del Soho se llama Claudia y es una brasileña bastante simpática (no penséis mal, es una señora de más de cuarenta).
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