Llevé, o mejor dicho me llevó, una amiga japonesa que vino a conocer Madrid y sus alrededores. No había estado jamás y no creo que vuelva a repetir porque visto una vez, visto todas. Nada más entrar un señor trajeado te indica el comedor que te toca. A nosotras nos tocó el de arriba del todo. Subimos las primeras escaleras y un tipo con un peluquín que daba el cante como no os podéis imaginar nos dijo que en unos minutos iba a comenzar la ceremonia del cochinillo. Nos preguntó si éramos de japón (todo un lince teniendo en cuenta los ojos rasgados de Mariko) y nos dio unos folletitos del lugar para que nos sintiéramos como auténticas turistas. Luego sacaron un pobre cochinillo y el tipo, que resultó ser el hijo de Cándido, se atavió con una banda que daba aún más el cante que el peluquín. Entonces leyó una parrafada y partió el cochinillo con un plato que arrojó al suelo. Todo según lo previsto. La sonrosada concuerrencia (el vino y el cochinillo es lo que tienen, que la gente se desinhibe a medida que las orejas comienzan a ponérseles rojas) aplaudió a rabiar. Las paredes están llenas de fotos dedicadas, fotos de gente como Aznar y su etílica mujer, Julio Iglesias, el fundador de la legión Millán Astray, Arias Navarro... como veis lo mejor de cada casa.
El cochinillo no estaba mal pero su carita daba mucha pena. Los postres a 6,20 euros nada del otro mundo.
Eso sí, el acueducto impresiona.


