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La Mota
+34 915 22 95 68
Madrid <m> Tribunal 1 10 Madrid, Madrid provincia, España
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Miyama
+34 915 40 13 86
Calle de la Flor Baja 5 <m> Plaza de España 2 3 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.42227 -3.709883
www.restaurantemiyama.com/miyama_flor_baja.html
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Miyama, o cómo salir satisfecho de un restaurante...
Antes de introducirme en este pequeño microcosmos que es 11870, normalmente si quería ir a comer a algún local tenía previamente que llevar a cabo una concienciada búsqueda por entre todos los incompletos medios a los que tenía acceso para encontrar referencias sobre el lugar donde posteriormente llenaría mi estómago de una mejor o peor manera. Claro, a veces mis métodos eran eficaces y podía disfrutar de un buen sitio y sentirme satisfecho, pero en otras ocasiones se podían llegar a producir ciertos descalabros de cierto calibre.
No es que ahora las búsquedas sean infalibles, pues las opiniones aquí vertidas son precisamente eso, opiniones, y por tanto subjetivas, y por tanto no necesariamente han de ser respaldadas por todo aquel que pase por aquí. Pero lo que es seguro es que te da una base con la que poder improvisar. Esto es, si un día tengo gusanillo de un cierto tipo de comida, y estoy pasando por una zona determinada, y veo un restaurante del que he leído que X usuario/s ha/n escrito una crítica positiva, pues como que ya entras con una cierta seguridad.
En el caso del Miyama ocurrió por un lado esto que estoy contando (sí, a veces se me va la pelota y me enrollo) y por otro que ya estuve de visita con anterioridad en la casa que tienen en la Castellana, así que ante la pulsión irrefrenable que el día 13 de noviembre sentí de comer japonés a una hora indeterminada del mediodía madrileño, y también ante la pseudo-necesidad de quedar bien con un amigo que me acompañaba, decidí que el Miyama probablemente me pudiera proporcionar un muy buen servicio.
Pedimos dos menús ejecutivo, a 25 euros por cabeza, que consistían en poder elegir un primer plato, un segundo plato, el postre y la bebida (más arroz y sopa miso); aquí las opciones:
-Primeros platos
--Sashimi atún tostado
--Sashimi variado del día
--Nigiris y makis variados
-Segundos platos
--Brochetas de rebozados japoneses
--Tempura variada
--Teriyaki de pollo
-“Postres”
--Helados diversos (sésamo, té verde o judía roja)
--Tés diversos, café…
Mi compadre escogió los nigiris y makis y el teriyaki, yo por mi parte el sashimi y la tempura.
El sashimi estuvo compuesto (creo que el número de piezas era éste) por 3 piezas de atún rojo, 3 de salmón, 4 de sardina y 5 de lubina; los nigiris eran 1 de langostino, 1 de atún rojo, 1 de langostino y 1 de lubina; los 6 makis todos de atún rojo. Sobre ellos he de decir, y se me habrá de disculpar por quizá no utilizar términos demasiado adecuados, que estaban JODIDAMENTE ACOJONANTES, sobre todo el de atún, SUBLIME, cada pieza introducida en la boca me hacía querer llorar de la emoción. Los demás también gozaban de un muy buen nivel, y el de sardina me pareció simpático, nunca lo había probado, pero lo del atún fue superior. Estuve hace poco en otro japonés que no mencionaré directamente y simplemente son otra cosa, no pueden colocarse al mismo nivel. Y soy consciente de que me faltan por probar otros japoneses quizás de un escalafón superior a los Miyama, pero madre del amor hermoso, cuando lo haga podré morir en paz.
La tempura al nivel que esperaba, ligera, crujiente, los 2 de langostino enormes y en su punto adecuado, el de calamar (sólo una pieza) más que aceptable. Lo malo eso, que la mayoría eran de verdura (pimiento verde, rojo, brócoli y calabacín, creo recordar) y a mí lo que me gustaba era hincarle el diente más a los otros. Pero vamos, que cumplían de sobra.
El teriyaki… a mi amigo le dije que eso no era carne de pollo, que era carne divina que había bajado a la tierra y la habían embadurnado de salsa dulzona. El mejor que he probado, obviamente.
La sopa de miso también estaba bastante bien, además, en la calle hacía frío y lo agradecimos.
La bolita de helado de sésamo que me pusieron me hizo un apaño en forma de postre y el té verde de mi compinche también resultó más que decente.
Sobre el local, decir que prefiero la configuración espacial y la decoración del de Castellana. Un punto negativo fue la mesa que nos tocó (no teníamos reserva), justo en medio de la esquina entre las dos sub-zonas del restaurante, lo que conllevaba tener camareros a ambos lados en casi todo momento.
Ah, el chaval que nos atendió, majísimo. Las camisas naranja que llevan, horribles.
Otro fallo, tanto mío como suyo, fue el no recogerme el chaquetón al entrar, dejándolo en la silla hasta que el encargado se dio cuenta y me lo guardó adecuadamente. Pero yo tampoco dije nada, no me di cuenta.
El baño bien, limpio y decorado sobriamente.
Bebimos Kirin Ichiban, también tenían Asahi.
En definitiva, por 53.50 euros para dos personas, una comida excelente. A partir de ahora preferiré comer de menú en un sitio japonés de nivel que a la carta en otros que simplemente no llegan a ser lo mismo, no pueden competir en la misma categoría (ejem… sí, siempre queda la opción de comer de carta en estos mejores locales… pero… uno no puede permitírselo siempre…).
¡Qué contento me han dejado ambos Miyama!
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Miyama Castellana
+34 913 91 00 26
Paseo de la Castellana 45 <m> Gregorio Marañón 7 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.4357119 -3.6895871
www.restaurantemiyama.com/miyama_castellana.html
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Muy recomendable
Este restaurante, primo hermano (o algo similar) del Miyama de la calle Flor Baja, abrió sus puertas a principios de este año en Madrid. Ante la tesitura de querer invitar a una amiga a un japonés en Madrid, y moviéndome exclusívamente por mi instinto (que no siempre me lleva a acertar) decidí acudir a este local. Lo cierto es que la decisión fue dura, pues en este página he podido leer opiniones de gente que parecía saber muy bien de qué hablaba y que ponía por las nubes a otros japoneses de esta ciudad; y de éste apenas había encontrado un par de breves referencias por internet.
Pero, lo dicho, era mi instinto contra mi racionalidad, y en mi persona suele ganar el primero.
Aclararé aquí que no soy un asiduo a los japoneses, y por tanto mi crítica debe ser tomada como la de un pseudo-novatillo que gusta de vez en cuando de disfrutar de este tipo de comida. Así que imploro comprensión ante las posibles barbaridades que pueda escribir a continuación.
Yendo a lo que es el sitio en sí, he de decir que salí bastante conforme de la cena. Mi acompañante y yo pedimos los siguientes platos: Tempura de langostinos, bacalao negro (guindara), un surtido de 7 tipos de sashimi y varios nigiri sushi.
La tempura, a mi gusto, bastante destacable. La ración incluía 7 piezas, fueron 18 euros. Siendo basto diré que eran "bien hermosas las jodías".
El bacalao negro merece desde luego ser pedido. No recuerdo exactamente cual era el nombre del plato, pero estaba cocinado a la plancha y venía acompañado de un par de pimientos de padrón (que afortunadamente no picaron). 18 euros. (Ojo a lo frikesko del asunto, mi amiga y yo coincidimos en que el plato sabía a croqueta de atún. Acojonante.)
El surtido de 7 tipos de sashimi estaba presentado en una fuente bien llamativa. Un gran bol relleno de hielo y decorado con diferentes piececillas, todo muy cuco. Como no sabíamos exactamente qué tipo de pescado era cada bocado, le preguntamos a uno de los camareros, que, como tampoco estaba muy seguro, pidió ayuda al encargado y éste se prestó amablemente a indicarnos. Salmón, Toro, Atún, Pez limón, Buey de mar, Gamba roja y... no recuerdo el otro. El Toro cojonudo, se derretía en la boca. 33 euros.
Los nigiri sushi que pedimos fueron de: Toro (7e), Anguila (5.25e), Vieira (6e), Langostino crudo (6.25e) y Salmón (4.5e). El de Vieira era una jodida delicia. Comentar que en vez de salmón en un principio pedimos erizo de mar, pero por un problemilla que tuvieron la semana pasada no pudo ser.
De postre comimos haromaki de chocolate y tempura de frutas. Ambas correctas.
La carta de vinos estaba bien, y más para alguien como yo que no sabe de vinos. Acabamos pidiendo un Naia 2007 (D.O. Rueda), aunque el encargado nos recomendó al oírme un Naiara, que no acabé pidiendo básicamente porque ya no tenía la carta delante y temía que la recomendación saliera muy cara.
Con el postre nos sirvieron por cortesía de la casa una copa de vino reforzado.
Ah, se me olvidaba, Kirin Ichiban de cerveza. Yo ya la conocía y a mí personalmente me gusta, así que perfecto.
El servicio estuvo atento todo el tiempo y en ningún momento se olvidaron de nosotros. Quizá influyó que sobre todo al principio, por ser un poco pronto, no había mucha gente, pero conforme pasaba el tiempo el local fue recibiendo más clientela y no notamos mucha diferencia. También he de decir que en lo relativo a la apariencia, quedé bastante conforme. La decoración me resultó bastante sobria, sin estridencias, destacando la madera sobre otros posibles elementos.
La cuenta finalmente ascendió a 133 euros, lo cual fue quizá un poquillo más caro de lo que en principio esperaba. Pero quedé bastante satisfecho, y supongo que eso es lo más importante. Bueno, miento. Mi acompañante también quedó bastante satisfecha, y eso sí que era lo más importante.
Como he comentado antes, acudí al restaurante sin saber muy bien qué me iba a encontrar, pero no a ciegas completamente. Miré antes la carta del otro Miyama, suponiendo que sería parecido. Y, efectivamente, hay varios platos que se encuentran en ambos locales, pero también otros que no. Por ejemplo, yo iba pensando en pedir el Dragon Maki, pero no pudo ser.
El Miyama New Style Sushi sí que estaba, pero yo soy de los que lo prefieren a la antigua usanza.
Hablando estrictamente de la carta de sushis, he de decir que no es excesivamente amplia. Unos 12 tipos creo recordar, cuando, por ejemplo, creo que en otros restaurantes como el Kabuki cuentan con unos cuantos más (que era uno a los que pensé en ir, pero que finalmente descarté, no sé muy bien cómo). Pero, ciñéndome a la calidad del pescado, no tengo ninguna queja. Es más, todo son alabanzas.
Y poco más puedo decir. Habría hecho fotos a los platos, pero, sinceramente, me daba un poco de vergüenza.
En resumen, abreviando mucho mucho, pues que recomiendo visitar este local.
Dainzeth lo descubrió en febrero de 2009
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La Berenjena
+34 914 67 52 97
Calle de Marqués de Toca 7 <m> Antón Martín 1 Madrid, Madrid provincia, España 40.4100666 -3.6960922
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Hanakura
+34 914 45 46 91
Calle Murillo 4 <m> Iglesia 1 Madrid, Madrid provincia, España 40.4332619 -3.7006622
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Oomuombo
+34 915 22 18 58
Calle Fuencarral 27 <m> Gran Via 1 5 Madrid, Madrid provincia, España 40.4217892 -3.7010101
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Covent Garden
+34 913 45 03 92
Calle del Doctor Fléming 31 <m> Cuzco 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.461038 -3.687919
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Cervecería Oldenburg
Calle de Alburquerque 13 <m> Bilbao 1 4 Madrid, Madrid provincia, España 40.431111 -3.702092
cerveceriaoldenburg.iespana.es
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Gumbo
+34 915 32 63 61
Calle del Pez 15 <m> Noviciado 2 3 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.423701 -3.705288
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Mira que he pasado por esta calle veces, y nunca había reparado en su existencia...
En esta ocasión me apetecía algo diferente.
Quería invitar a una amiga a cenar, no sabía muy bien dónde, pero tenía claro que la propuesta debía, al menos, salirse un mínimo de la oferta más usual de estilos de comida a los que uno está un poco más acostumbrado.
Claro, para ello me puse el bañador virtual, cogí aire virtual, y me dispuse a sumergirme bajos las aguas, también virtuales, de 11870 a ver qué pescaba. Tras encontrar una serie de posibles opciones, todas ellas apetecibles, acabé decidiéndome por el Gumbo, ya que me atraía la idea de la comida de Nueva Orleans y sabía que a mi acompañante le podría suponer una agradable sorpresa.
Reservé una mesa para las 22:00 de un miércoles. No hubiera hecho falta, pero por si acaso.
Como es habitual, ya tenía en mente qué iba a pedir. No es que sea estricto con esto, siempre puedo variar por sensaciones una vez estoy en el local, pero últimamente acostumbro a llevar de antemano decidido qué es exactamente lo que quiero.
Pedimos el paté casero, los tomates verdes fritos, los langostinos french y el bonito ennegrecido; de postres, la tarta de zanahoria y el brownie de frambuesa. Procedo a una pequeña valoración personal de cada plato.
El paté casero de Campagne me gustó (ya ves, qué crítica más sesuda…). No, en serio, no es que lo tome a menudo, pero me sorprendió su textura (un poco más compacto de lo que considero normal) y su sabor (tenía un cierto toque a carne cruda que me llamó realmente la atención). La cebolla caramelizada que lo acompañaba verdaderamente lograba formar con él una pareja de lo más compenetrada. 8.75 euros.
Los tomates verdes fritos con salsa remoluade y gambas fue lo que menos me convenció de la cena, y aún así fue ingerido con gusto. Pero me resultó un poco pesado por su más que probable abundante grasa. Un plato contundente a pesar de ser el tomate la base. 8.50 euros.
Los langostinos french quarter al ajillo creolé resultaron toda una delicia para mi invitada. Arroz en el centro, los langostinos bailando a su alrededor invocando quién sabe a quién, todo ello abrazado por una intensa salsa de moderado picor que redundó en mi idea de que probablemente fuera a pasar una mala noche por una cruel digestión. Eso sí, el plato muy bueno. 15.50 euros.
La razón principal por la que escogí este sitio, el bonito ennegrecido, qué decir de él (bueno, al menos algo debería decir, supongo…). Churruscadito por fuera, poco hecho por dentro, consiguió que de mi boca asomase un amago de suspiro indicador de profundo placer. Ensalada embadurnada de vinagre de guarnición, creo que si lo pides te pueden poner puré de patatas (o eso creí ver en la mesa de al lado); lo hubiera preferido, pero me consolé pensando en que la lechuga rebajaría algo de toda la abundante ingesta (de ilusión también se vive…). Muy recomendable. 16.50 euros.
La tarta de zanahoria (6.00 euros) y el brownie de frambuesas (6.50 euros) supusieron el remate final a una notable pero excesiva cena. Lo cierto es que fue una buena combinación, la cremosa tarta por un lado, la rotundidad del brownie empapado de un no muy afortunado helado por otro. Las frambuesas del brownie eran anecdóticas (como las gambas de los tomates verdes fritos), pero esa circunstancia no le quitaba un ápice de “apetitividad”.
No pedimos vino. En la pizarra venían 3 vinos para elegir de botella y otros 2 para elegir en formato copa. Es de imaginar que alguno más tendrían, porque quizá entonces pudiera parecer insuficiente la oferta. Pero como bebimos cerveza, ni idea. Es sólo apuntar lo que vi.
El restaurante en sí resultaba bastante acogedor. No muy grande, no demasiadas mesas. La decoración es escasa, un par de cuadros y bastantes artículos de revistas y periódicos hablando sobre el sitio. El baño era pequeñito, limpio, y de color asalmonado intenso (bueno, entre naranja y rojo, no es lo mío encontrar el tono exacto).
Los camareros, uno de ellos simplemente correcto, el más bajito de los dos muy agradable y atento.
Manteles de goma (me resultaron graciosos) y servilletas de papel.
En total, 68.75 euros, lo cual entraba dentro de mi presupuesto. Quizá me pareció un pelín caro, sólo un pelín, pero también es cierto que me pasé dos pueblos pidiendo comida. Con dos entrantes y un plato hay de sobra para dos personas.
Un sitio a visitar, desde luego.
Ah, nos quedamos con las ganas del rissotto verde con setas, otro día quizá.
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El Pato Mudo
+34 915 59 48 40
Costanilla de los Ángeles 8 <m> Ópera 2 5 Madrid, Madrid provincia, España 40.418608 -3.708336
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Tostas apetecibles
Descubrí este local por casualidad, pues andaba por la zona con una amiga y a ella le pareció que tenía buena pinta para tomarnos en él una caña. Lo cierto es que no esperábamos demasiado, pero no nos apetecía pasar a otros bares cercanos que ya conocemos de sobra. Como me gustó volví otro día con uno de mis compinches de investigación nocturna madrileña y me reafirmé en mi primera impresión, es un sitio bastante agradable en el que tomar tranquilamente algo que no sea una sucias bravas o una hipergrasienta oreja (con todo el respeto para ambos platos, por supuesto, pero a veces, simplemente, no apetecen).
De primeras, del Pato Mudo puede decirse que acertó sobremanera en la elección de su nombre. Bueno, en lo de Pato quizá pueda haber dudas, pero en las dos veces que he estado allí puedo dar fé que Mudo sí era. Fuí un viernes a las 22:15 y un martes a las 21:30, y ambos días estaba prácticamente vacío. Claro, es un aspecto que tiene sus ventajas, se puede hablar con tranquilidad, no hay problemas a la hora de pedirle algo al camarero, no tienes que soportar empujones cada 30 segundos... aunque da una impresión un tanto desangelada, eso sí.
Las cañas a 1.20, San Miguel, en unos vasos "la mar de cucos". Subo una foto para que se vean. De tapa en ambas ocasiones nos pusieron un par de rebanadas de pan tostado por cabeza con una tarrina de tomate, aceite y ajo. Pan tumaca, vaya. Muy agradecido en comparación con lo que te puedes encontrar en otros sitios, y además, me resultó original, nunca me lo habían puesto yendo de cerveceo.
La carta consta de raciones, ensaladas, postres y tostas. Leo aquí que es una arrocería, pues ni me fijé, supongo que si pasas a las salas del restaurante ya allí te proporcionan la oferta de lo que sería la comida en sí.
Probé la tosta de bacalao macerado al ajo, 3.5 euros. Cojonuda. Tengo que volver a comer alguna más. La de setas empanadas con ali-oli o la de paté de la casa me llamaron la atención, si vuelvo ya pondré qué me parecieron.
De las raciones la fondue de queso suizo y las verduras al horno tienen buena pinta.
Cuelgo la carta de todos modos. Los precios no me parecen nada caros y es algo diferente para llevarse a la boca en una noche de parranda.
El local, bueno, decorado con las típicas fotos de gente famosa o famosilla que ha estado allí, imagino que la mayoría de hace tiempo. Por lo demás, bien, el sitio me resultó muy acogedor, la música que ponen (nada de pachangueo, reggaeton o abominaciones de ese estilo ) también ayuda a ello.
También comentar que cada día me atendió un camarero distinto, y que ambos fueron bastante majos.
En resumen, un sitio en el que tomarse una cerveza sin sentir esa incomparable sensación de "madre del amor hermoso, en qué sitio me estoy metiendo" que a uno tanto le agrada pero de la que en ocasiones prefiere desprenderse.
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