El pato laqueado legendario que citan todas las guías turísticas
Resulta de lo más complicado elegir un restaurante chino en la calle Gerrard o alrededores. Un arco lleno de dragones marca la entrada y a partir de ahí, en 500 metros, podremos elegir entre más de 30 restaurantes.
Así que esta vez nos dejamos aconsejar por residentes y nos sentamos en el Four Seasons. Nos dijeron que pidieramos dim sums y así lo hicimos. Los probamos flotantes en una sopa de mijo y tiernos en solitario. Dim Sum es un término cantonés que puede traducirse como “ordenar hasta satisfacer al corazón”, o “tocar el corazón”, o “corazón a lunares”, o “bocado”. Son unos bollitos al vapor rellenos de gran variedad de ingredientes.
Suele pasar que la primera vez que se prueba una comida te deja marcado y en nuestro caso siempre recordaremos el dim sum que nos ofreció el catering del restaurante cantonés Tse Yang del Hotel Villamagna de Madrid en la inauguración de la exposición ‘China 5.000 años’ en el Museo Guggenheim Bilbao. Era el 1998, un tiempo de abundancia y entonces los after de las fiestas oficiales eran puro lujo, desparrame y riqueza, no se reparaba en gastos. De aquellos polvos, estos lodos. En el caso del restaurante citado, el Four Seasons, sus dim sums no estaban nada mal, sino todo lo contrario.
Pero volvamos a Londres. De segundo probamos su famoso pato laqueado. Como suele pasar, los que nos hablaron del sitio, nos insistieron que era el mejor del mundo. El mejor no lo sé con exactitud, pero era un pecado sin duda. Un pato en cortes gruesos con una capa de grasa que literalmente se derretía en la boca.
Terminamos con unos langostinos rebozados en una especie de gabardina frutal en la que destacaba el mango.
Para terminar de irnos contentos, con final feliz, y ajenos a las siniestras previsiones de las agencias de rating, (o de las siniestras agencias de rating imprevisoras) nuestra cookie fortune nos auguró un brillante futuro.
dicky lo descubrió en February 2012
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Somos "fanes"
Me lo decía mi padre. Si eres bueno haciendo tornillos no te dediques a los clavos. Cada uno sabe lo que se le da bien y los experimentos se agradecen, por aquello de Ia investigación y el desarrollo , pero dejemos ese campo a los astronautas como Adriá. En el Jornu son especialmente buenos con el pescado salvaje del Cantábrico. En ese campo no tienen nadie que les haga sombra en kilómetros a la redonda. Lo saben y se sabe. Así que nada de prueba/error. Si usted va al Jornu, pida pescado. Pida lo que pida, será fresco, estará bien tratado y tendrá un precio que hará sonrojarse a la competencia. Si está especialmente animado, solicite una parrillada de pescado. Se sirven en raciones para dos, pero tres personas podrían alimentarse perfectamente y, si les queda hambre, pedir un postre casero. Eso es lo que solemos hacer y siempre nos vamos a casa con una enorme sonrisa. Los pescados que se incluyen en la parrillada son los que marca la llegada de los barcos a la rula del día. Así nosotros hemos encontrado en el plato especies como el xaragu, el rey, la lubina (salvaje, un respeto) el paragu o el bonito. Todo ello acompañado de patatinas, un refrito austero y unos langostinos que dan la nota de color al plato. El Jornu tiene dos comedores, el primigenio, puro sabor rural al estilo asturiano y el que llaman el palomar, moderno, en maderas y acristalado. A mi me gusta más el primer comedor pero se que la gente tiene más querencia por el segundo. El servicio arrastra una, en mi opinión, inmerecida fama de corta-rollos pero a nosotros siempre se nos ha tratado con corrección y profesionalidad. No obstante , nos da morbo eso de que vayas con la expectativa de una reprimenda. Nos gusta que nos riñan si forma parte de la escenografía. La carta de vinos es sorprendentemente ecléctica y tiene sorpresas en cuanto a la selección, a unos precios muy adecuados y las ensaladas son de las mejores en lo que se refiere a calidad de producto En definitiva, un fijo de nuestra ruta astur.
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Grandes pintxos
Muy buena relación calidad precio, muy buenas raciones y simpàticos camareros
dicky lo descubrió en December 2011
Portobello Star
+34 2072298016
171 Portobello RoadW11 2DY, Londres
saved by one person: there is one review and 2 menus
Potobello Star, en el corazón de Notting Hill
Portobello Star, un lugar con unas cuantas mesas, una larga barra y una corta carta de comidas y lleno de diferentes sugerencias para la bebida.
Como el día era particularmente frío y húmedo nos fuimos al vasazo de hot chocolate (dulce, fragante, delicioso) y, de entre todos los cafés de la carta nos decidimos por un espumoso café macchiatto, muy bien preparado. De entre su corta carta la decisión fue la de degustar un tradicional pastel de cerdo. Por aquello de pegar la hebra con el simpático, joven y apuesto (advertencia para las chicas) encargado del pub le preguntamos por la composición e historia del Pork Pie. El chaval se sonrojo, trago saliva y nos explicó con la flema que se les supone a los ingleses que es un tipo de pastel de carne tradicional de la cocina británica. Consiste en carne de cerdo picada gruesa y gelatina de cerdo envueltas en una masa de tipo hojaldre pero más rotunda. El encargado acabó su descripción con un encantador “you know, my friend, a pork pie it’s a kind of pork pie, (gasp)”.
Normalmente se come frío aunque a los iconoclastas y a los que nos gusta la vida peligrosa, nos gustaría con una calentada suave en el horno. El pastel que suele ser un aperitivo o forma parte de una comida más sustanciosa nos fue servido con un fantástico pan moreno de compañía, encurtidos (pickles) y tomates secados al sol macerados en aceite. Una completa comida que nos salió por unas 10 libras (13 euros aprox.).
Y así, mientras observábamos a los paisanos que nos rodeaban, que es otro de los alicientes del viaje, disfrutamos de la decoración del local, con unas radios de válvulas llameantes pintadas en la pared del fondo y nos quedamos con las ganas de preguntar qué diantre era una bebida tipo ponche que se preparaba con gran surtido de ingredientes en la barra. Pero nos pareció que ya habíamos terminado con nuestro turno de la práctica del idioma de Yeats y de dar la txapa al personal.
Si alguien sigue interesado en el apasionante mundo del pastel de carne, mencionar que existe una sociedad para el fomento de este pastel la Pork Pie Appreciation Society y que, en el argot londinense porkie, como el cerdito, (abreviatura de pork pie) se emplea para definir una mentira (lie). Y eso, aunque no lo parezca, es the naked truth.
dicky lo descubrió en January 2012
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Shibui
+34 946 79 32 04
Cardenal Gardoqui 8 <m> Moyua 1 2
saved by 6 people: there are 5 reviews and 8 menus
Un desastre muy caro
Tras varios intentos de reservar sitio, y no tener suerte, por fin comimos en el Shibui de Bilbao. Era domingo y nos dieron plaza para las 15:20 horas y allí nos presentamos de manera puntual.
Si hubiera que describir la experiencia con una frase corta el titular sería "un desastre muy caro".
¿Por dónde empezar? La amable señorita que recepcionaba nos acompañó a nuestra mesa. Una mesa diminuta, abigarrada de cartas (sucias por los comensales previos), folletos y tarjetas. Nuestro lugar estaba prácticamente encima de las otras mesas y como los comensales hablaban (¡qué casualidad!) nuestra conversación se veía tapada por las del resto. Si el espacio reservado para la privacidad de los comensales en un restaurante es signo de categoría, aquí son especialmente tacaños con ese concepto.
Esperamos pacientemente a que nos tomaran la nota o al menos a que nos preguntaran por la bebida por aquello de hacer tiempo. No way, man. A las 15:40, veinte minutos de reloj sentados y olvidados, nos tomaron nota. De las tres cosas que pedimos una, la langosta, "justo se nos acaba de terminar" y la segunda "la fondue la hemos quitado de la carta porque la gente no entendía el concepto del plato y se pringaba" (sic).
A las 15:47 llegó el primero, plato, el vino todavía se haría esperar unos cuantos minutos más. Nuestra primera elección fue un Kakiage la fritura de langostinos, calamar y verdura, 12,87 €, una tempura en la que no conseguimos localizar nada de marisco y especialmente aceitosa pese a que en el fondo del recipiente había una especie de empapador. Después llegó el Yakisoba, fideos a la plancha con carne, verduras y langostinos 11,74€ , muy especiados para nuestro gusto y poco al dente.
Mientras esperábamos nuestro turno íbamos escuchando las quejas de las mesas de al lado. Todas con retrasos que, hacían que el nuestro pareciera un "just in time". En concreto la pareja de la derecha de la que casi nos hacemos amigos (por aquello de que el roce hace el cariño) llevaban esperando su postre 47 minutos. El pobre camarero en su ingenuidad reconocía "llevamos desbordados desde la inauguración, no damos abasto, os pedimos disculpas".
Y pienso que cuando algo falla de forma sistémica la cuestión no es pedir disculpas sino poner remedio o directamente asumir que de esa manera no se puede seguir funcionando. Una humilde sugerencia: ¿qué tal renunciar a unos cuantos servicios y de esa manera incrementar la calidad y bajar los tiempos de respuesta?
Finalmente llegó el wafu steak (22,54 euros) una carne muy correcta acompañada de una escasa guarnición.
Vista la experiencia cercana ni nos atrevimos a pedir postre. Eran ya las cinco menos cuarto y en el exterior de un diciembre bilbaino anochecía perezosamente.
Si lo que ahora se valora es lo cool del espacio diremos que, efectivamente es muy trendy, en negros, con proyecciones de fuego y grandes esculturas de bambú pero muy poco cómodo y ruidoso.
Si lo que valoramos es la comida, diremos que en el centro de Bilbao hay asiáticos como el Asia Chic o el Mao que le dan mil vueltas en la calidad/precio.
Y si valoramos el servicio, diremos lo habitual. Los camareros voluntariosos y amables no tienen la culpa de que no haya un sistema que les ponga sus tiempos y ritmos y que no exista un jefe/a de sala que les marque sus prioridades en el servicio.
En definitiva, visto y hasta nunca.
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Tamaya
+34 944 35 65 07
Alameda Mazarredo 67 <m> Moyua 1 2
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Un chigre moderno e hipervitaminado
Nos gustan los chigres. Cansados de la comida de plástico, de los restaurantes temáticos, del decorado de cartón piedra, de la paella congelada, de los chinos que montan restaurantes japoneses, de los del “todos necesitamos un poco de sur” que ponen un restaurante vasco y dan para comer un pedazo de pan con un chorizo achicharrado al que le llaman pintxo.
Nos gustan los chigres que se cuidan. Chigres sanos y con estilo de vida saludable. Suelen ser pequeños establecimientos familiares, alejados de las grandes aglomeraciones turísticas, en aldeas o sendas ignotas y de los que el síntoma de estatus y tronío, como si de una estrella michelín se tratara, es el que la concurrencia es mayormente de la zona. Si uno tiene la suerte de ser adoptado, pese a ser forastero, en uno de esos lugares se sentirá como en casa y comerá y beberá como un rey (Borbón) pagando como si fueras un mendigo (bribón).
Y luego en categoría aparte, está la cadena Tierra Astur. El ideal platónico del como se puede trasladar lo básico del chigre asturiano a un local masivo, sin que pierda su esencia, sin que sea una postal para el turista. Si depositáramos en una marmita lo mejor de la comida popular asturiana, la incorporáramos en un local grande (muy grande) y, al aplicarse las economías de escala, todos saliéramos ganando, eso sería el Tierra Astur de Colloto.
No encanta acudir de vez en cuando a esa nave situada en un polígono industrial porque sabemos que las comidas van a tener en la agencia de calificación de nuestros estómagos agradecidos el rating triple BBB (bueno, bonito y barato). Los gestores de la cosa, además de unos señores que saben vender muy bien el producto (ejemplar la presencia en redes sociales de @TierraAstur y de @lluisnel, director de comunicación del grupo) se dejan la piel con propuestas que reúnen la calidad y precio. En nuestras visitas al Tierra Astur de Colloto hemos pedido una variedad de platos de la carta y siempre hemos salido satisfechos. Tablas de quesos, de embutidos, carne (mucha carne, costielles de gochu na brasa, troceau de buey con patates, carne roxa de las mejores terneras asturianas) patatas de las de “verdad” en cantidades industriales, mariscos del cantábrico y pescados muy bien tratados. Y postres dignos de provocar desmayos al más goloso.
Y sin perder ese toque amable y de trato personal, con unos camareros entregados y que te aconsejan que no te pases en la comanda (me repito, esa honestidad que antepone el bienestar del cliente a la venta, sólo se da en Asturias). Por cierto, es un lugar de grandes afluencias por lo que siempre es recomendable reservar mesa.
Y el lugar, que pese a ser de grandes dimensiones deja espacios, por su distribución para que el cliente coma tranquilo. Hay reservadines muy guapos, en forma de tonel de sidra para grupos, en los que te puedes hacer tu fiesta privada.
Lo dicho, nos encantan los chigres y si el producto se presenta modernizado y sin perder su autenticidad es una situación win-win. Todos ganamos, nuestro bolsillo, nuestro estómago y la gastronomía de Asturias que, gracias a la buena mercadotecnia como la mencionada, se está dignificando y haciéndose un hueco en el panorama de la restauración española.
Subidón de chuletón en un entorno muy molón
Los que acudan por primera vez a Oscos, una reserva de la Biosfera, encontrarán unos paisajes únicos. “Únicos”, bonita palabra que empleada en plural parece una contradicción, muy polisémica. ¿Qué queremos decir con ella?. Únicos son los centenares de rutas de senderismo, conjuntos etnográficos de gran valor cultural, núcleos urbanos como Taramundi, historia y naturaleza, en un cóctel que en unos pocos kilómetros cuadrados nos transportan por decenas de sensaciones. Es, ahora, el turismo del futuro. Un turismo de calidad, unido a su entorno, que sirve como elemento cohesionador de la economía y la cultura local y que atrae a un visitante concienciado, sostenible, respetuoso y no deprededador con el espacio que visita.
Uno de los mejores ejemplos de este tipo de turismo, y de las instalaciones que vienen aparejadas al mismo es la Taberna de La Cerca, en el bello enclave de Santa Eulalia de Oscos. Somos gentes de impulsos, que no impulsiva, y entre todas las ofertas gastronómicas de la zona, que son muchas y variadas, nos decantamos por este restaurante por la autenticidad que respiraba desde que te lo encuentras a la vuelta de un camino en la salida del pueblo. Pese a todo, preguntamos a varios paisanos y todos coincidieron en señalarlo como un lugar de mérito. Así que abrimos el portón que da paso en el muro de piedra que rodea la Taberna y, ¡oh, sorpresa!, nos vimos transportados a un bellísimo patio empedrado, lleno de macetas y rincones musgosos, con un ambiente celta en cada esquina que casi nos tira para atrás del subidón estético. Pero aquello no era el restaurante. Nos habíamos colado, sin quererlo, en la parte privada del caserío que reúne el sitio de comidas.
Rectificamos y acertamos con la taberna, así nos lo dijo un amable señor, armado con un enorme cuchillo que luego se presentó como el cocinero y parrillero. Al verle con ese estoque nos apresuramos a identificarnos como gente de paz y poco dispuestos a la bulla o a la riña. Y él, tras unas risas, nos contó que el machete que portaba no tenía intenciones disuasorias sino que formaba parte del trabajo que, luego supimos, bordaba.
Entramos en el patio, y allí había mesas corridas y gente vocinglera por lo decidimos entrar en uno de los dos amplios comedores interiores. Una gozada para la vista, en ese estilo rural que no es de postal sino auténtico.
El camarero, joven, guapo (según nuestra compañía femenina) y dispuesto, nos trató de lujo, con cercanía y disposición. Le pedimos consejo sobre las cantidades porque, ya lo hemos comentado antes, en Asturias nos fiamos de los camareros, nunca te dicen que pidas de más para aumentar sus ingresos.
El chuletón asturiano y las patatinas, OMG
Y así fueron cayendo una ensalada perfecta con ¡milagro! tomates que sabían a tomate. Después, una gran bacalao “La Cerca” hecho al horno con verduras y lleno de sabor y jugosidad.
Y el remate, uno de los mejores chuletones de nuestra, ya de por sí, chuletonera vida. Perfecto en el punto (churruscado por fuera, tierno y caliente por dentro, con un sabor en la grasa que indicaba buen trato al buey asturiano y miramientos y excelsa maduración de la carne tras la matanza). Y todo acompañado de unas patatas fritas, como deben ser, grasientas y blandas, de la tierra.
No pudimos con el postre y fue una pena. Pero el camarero amable y guapo insistió en que probáramos un licor de la casa y, con los ánimos recompuestos y una sonrisa de satisfacción, nos dispusimos a hacer una ruta senderista que sale de las mismas puertas del restaurante
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Restaurante Petit Komité
+34 944 36 36 01
43.2291361 -2.8526812saved by 3 people: there is one review
Que no se lo cuenten, vívalo
El lugar, la puesta en escena, nos ganó por la mano. Estoy convencido de que más de uno firmaría pasar el resto de su vida entre las paredes de ese pequeño restaurante, acogedor, bohemio, recio y con carácter. Un espacio de intimidad, de cercanía, de intencionada ambientación contemporánea vintage.
Fuimos recibidos por la famila, Conchita Bengoetxea y sus hijos María y Joseba, hijos de una leyenda, de José Iraragorri, jugador y entrenador del Athletic y autor del primer gol de la selección española de fútbol en un Mundial. Y ahí comenzó la historia. Un relato lleno de pasión que atrapaba. Nos narraron la memoria del hotel que ocupa la parte superior del caserío. María, fuego en la palabra, nos empezó a relatar cómo lo que iba a ser una enoteca se convirtió, por decisión de la Madre Naturaleza, en el restaurante que ahora es. En efecto, con todo el mobiliario encargado para la primera ocupación, un aguaducho se encargó de poner las cosas en su sitio y decidir el destino. El agua quiso que eso fuera restaurante, y contra la naturaleza es muy difícil batallar.
Y comenzó un carrusel de platos que siguen la filosofía impartida por los cocineros Alain S. Gomez y Manu Jugo, jóvenes aunque sobradamente preparados, con una trayectoria de lujo en los mejores restaurantes del País Vasco. Y con la coreografía de Judith. Impecables las propuestas, basadas en el producto local con las inspiraciones de los maestros. Una cocina basada en lo que nos da la tierra que nos rodea (que es mucho y bueno) y las técnicas de vanguardia. Begihaundi, merluza, carrillera, torrija… Todo para un pequeño y escogido grupo de comensales que pueden contemplar, teatralizado, el trabajo de los chefs tras un mostrador que abre la cocina a la sala.
Y mientras nos pusimos al día, gracias a María (muchas gracias, María), de pequeños y grandes detalles. De milagros como el de que la vajilla en la que comimos, la de la familia, parte del ajuar de la ama, se salvó de la inundación tras navegar en la kutxa en la que estaba almacenada (sin duda otra señal). O de cómo los huevos que se sirven en este caserío son de gallinas con nombres y apellidos, casi de la casa, que aposentan sus reales en los prados de Galdakao.
Son historias que atrapan. Y tenemos ganas de regresar para ver de nuevo esa parrilla esculpida en una roca de cuatro toneladas que se convertirá, dios lo quiera, en insignia de esa casa con largo pasado y con mucho futuro.
dicky lo descubrió en October 2011
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Fiesta del (buen) producto sorprendente y emocionante
Cuanto más viajas, cuanto más conoces, cuanto más años tienes, más complicada es la sorpresa. Cuando acudes a los grandes restaurantes, los de estrellas y guías de tapa roja llevas por adelantado que la experiencia será memorable, aunque muchas veces no es así.
Por eso, encontrar experiencias sorprendentes en un pequeño barrio, en un pequeño pueblo, muy lejos de casi todo y de todos es lo que emociona.
Casa Pilar, está en Nueva de LLanes, un precioso pueblo del Oriente de Asturias. Está fuera del casco urbano y si no te pasan el aviso, como hicieron unos amigos de Gijón, es complicado que se encuentre el lugar.
Si ya habéis llegado a Nueva no dejéis de visitar su playa de Cuevas del Mar, un lugar parecido a una catedral marina, una de las playas más bellas y tranquilas del Cantábrico.
El comedor de Casa Pilar es coqueto y está presidido por un acuario en el que se pueden elegir las langostas que luego degustaremos, si nos place.
La noche de nuestra visita nos decidimos como entrante por una maravillosa ensalada de bogavante en dos salsas.
Después llegó el pescado. La amabilísima camarera nos recomendo el lomo de lubina en salsa de sidra y francamente acertó con la recomendación y nosotros con la elección. El lomo había sido desgajado de una lubina salvaje de gran tamaño y, resulta ocioso decirlo, la lubina cuando es de costa y no de vivero es otro pescado, algo diferente y mucho mejor. Además la salsa de sidra, que en otros restaurantes sirve para enmascarar o disimular, en este caso estaba al servicio del sabor del pescado, aumentando sus matices yodados y dándole un punto amariscado que resultó sobresaliente. El pixin que cerraba la comanda en su justo punto reforzando la sensación de que este es un restaurante donde se mima el producto.
Y el postre de categoría. A prueba de golosos más recalcitrantes unas torrijas con un acompañamiento de natillas y chocolate deliciosas.
Y, uno de los aspectos que más me gusta cuando visito un negocio: la pasión de sus propietarios o trabajadores. En cinco minutos advertimos que aquellos que trabajan en el restaurante están implicados en su trabajo, les gusta lo que hacen y tratan de transmitírtelo y, eso, por encima de todo, se nota en el resultado.
dicky lo descubrió en September 2010
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