Muy especial
Una celebración especial merece un marco especial, y el elegido fue éste, uno de los dos restaurantes aragoneses con estrella Michelin en la actualidad (pese a que otros la merecen).
Para entrar se debe llamar a un portero automático, tras la puerta aparece una estancia preciosa, en un blanco perfecto, cinco únicas mesas separadas entre sí y un mobiliario moderno y bonito. Espectacular.
Mantelería de hilo y sillas cómodas.
Buenas copas Schott Zwiesel.
Mesas decoradas elegantemente con motivos gastronómicos y unas piedras.
Ofrece un menú degustación a 63 € (por el que optamos) ,que incluye todo menos el vino, y carta. En lo referente a vinos, una carta interesante (pero que no incluye añadas) a precios adecuados. Elegimos un Aylés Tres de 3000 2006 (D.O. Cariñena), un vino que me gustó especialmente. Su precio, 25 €.
Comimos:
-Brandada de bacalao con calabacín y crema de pollo con espuma de huevo (aperitivo sabroso)
-Txangurro, borrajas, huevas de trucha, coliflor y crujiente de nabo (gran técnica con las verduras, una tónica del menú, muy buen plato)
-Vieira, langostino y calabaza (este langostino va a ser con el que compare todos los que coma en mi vida, increíble)
-Risotto de boletus, trufas y foie (de sabor intenso, de maravillosa textura, de ensueño)
-Merluza, tallarines de sepia, verduras y germinados (de nuevo, magnífico punto del pescado)
-Presa ibérica, trigo sarraceno, parmentier (ridícula ración de buena, eso sí, carne, decepcionante)
-Sorbete de mango, melón, moscatel (adecuado primer postre)
-Espuma de crema catalana (costra caramelizada, etéreo, pero hubiera esperado otra cosa)
Habitualmente hablo mal de todos los cafés, así que me alegra enormemente decir que éste fue una delicia.
El servicio fue muy correcto durante toda la comida, a la altura del sitio. Por poner algún pero, no sugirieron decantar el vino y las explicaciones de los platos fueron algo escuetas.
Josechu Corella demuestra una técnica prodigiosa en cada elaboración, que unido a los grandes productos que utiliza consigue una combinanción perfecta. Eso sí, no es de recibo que las raciones (especialmente la de carne) sean tan justas, no se puede apreciar nada. Los postres también me defraudaron, quizá mi expectativa era muy alta. Me apetecía más creatividad.
Un sitio muy especial en el que se disfruta mucho comiendo si las raciones lo permiten.
La fusión era esto
Además de ser una de las revelaciones del año, abre los domingos, así que elegimos este restaurante para llevar a cabo una reunión muy agradable.
Se trata de un restaurante fusión, en el mejor sentido de la palabra, y con un toque informal.
La decoración es asiática (con los artículos a la venta, no en vano, la casa madre es tienda de decoración) y muy urbana.
En las mesas no hay manteles, pero sí palillos y buenas copas Stölzle.
La carta es amplia, pero el menú degustación ofrece muchos matices por 35 € así que nos decantamos por él.
En lo enológico, lamenté la ausencia del sumiller japonés, así que tuve que arreglármelas en solitario. Carta corta con vinos interesantes y precios habituales. Opté por lo exótico y probamos un Bouchard Finlayson Chardonnay 2008 (Sudáfrica), muy interesante, y un Saxenburg Private Collection Shiraz 2004 (también Sudáfrica), un vino elegante y versátil.
Pudimos probar:
-Kimuchi de zamburiñas (muy curioso y delicioso, lo malo es que sólo es una pieza por persona)
-Choritos al estilo Nam-jin (agradables)
-Ensalada de pollo vietnamita (en pasta de arroz, únicamente correcto)
-Tiradito de corvina con ají amarillo y rocoto (espectacular)
-Tiradito de bonito Nikkei con tamarindo y wasabi (más espectacular todavía)
-Spring roll vietnamita de cerdo y gambas con hierbas aromáticas (unos rollitos difíciles de olvidar)
-Gyoza de cerdo y verduras con salsa de shiso y sésamo (lo mejor de la comida, sabrosas, delicadas, maravillosas)
-Satay balinés con espuma de coco-lima-chile (muy adecuado en lo que a especias se refiere, la espuma muy buena)
-Sopa TomYam con berberechos (picante comedido, excepcional)
-Curry rojo thailandés de carrillera ibérica y arroz jazmín (el arroz muy aromático y la carne muy bien cocinada)
-Fresas marinadas con sorbete de yuzu y azúcar de palmera balsámica (algo insípido comparado con lo demás)
-Esponja de té verde con mandarina, chocolate blanco y sésamo negro (buen postre)
El café, eso sí, mejorable.
El servicio, informal, amable y muy atento. Una demostración clara de que no hacen falta tiranteces para tratar bien al cliente.
A veces, la comida pasa a un segundo plano si la conversación es interesante, pero en este caso, iba reclamando su protagonismo. Eso sólo ocurre si ésta merece la pena.
Jaime Renedo deja en evidencia a otros que inflan las cuentas sin dar lo que él da. Muy recomendable.
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Puesta en escena deficiente de un menú brillante
Antes de comenzar el comentario dique éste es uno de los restaurantes en los que siempre me ha apetecido comer, así que puede haber cierta fascinación en mis palabras. Por otro lado, comentaré fallos que, en otros lugares obviaría. Creo que la valoración será objetiva.
La estancia es encantadora, con su famoso olivo y la cocina vista. Las mesas muy bien montadas con manteles y servilletas de hilo. El punto negativo es que hacía frío, y tras avisarlo, no se corrigió.
En lo gastronómico se presentan varias opciones: carta, un menú de 50 € y otro de 60 €, elegimos el más largo para apreciar la creatividad de Juan Pablo Felipe en toda su expresión. En el apartado de vinos la carta es extensa y a precios no especialmente comedidos. Aquí vino una de las sorpresas desgradables de la comida, pedí un vino, que no tenían y el siguiente llegó de otra añada de la reflejada en la carta. Imperdonable error para un sitio así. Tras estos problemas, tomamos un Valdubón 2005 (D.O. Ribera del Duero), que fue bastante apropiado.
Degustamos:
-Aperitivos (banana frita, mantequilla de hierbas, aceite de oliva con fantásticos panes, todo agradable)
-Salpicón de hortalizas con salsa de soja y naranja (plato algo anodino, buena salsa, eso sí)
-Ceviche de pulpo con espuma de maracuyá (brillante conjunción de sabores)
-Crema de boletus, espuma de Idiazábal y caramelitos de foie (sencillamente espectacular en textura y sabor)
-Lomo de atún rojo con pil pil de tomates (solicité que alguno de los platos de atún fuera incluído en el menú y amablemente accedieron, el punto del pescado y la salsa, maravillosos)
-Pieza del matarife con cebollitas glaseadas (carne muy bien tratada, muy protagonista, demostración de buen hacer)
-Helado de miel y limón con crema de turrón de Jijona (postre perfectamente conseguido)
Para acabar, un café (inexplicablemente de Nesspreso) y unos insulsos petit-fours. La comida merecía otro final.
El servicio, amable, pero no muy entrenado para lo esperable.
En general, un menú muy bien ejecutado y delicioso, pero con algún fallo en la puesta en escena.
La apuesta del cocinero por bajar precios y acercarse a todos es encomiable, pero quizá haya aspectos que no deben recortarse tanto.
Eso sí, el mero hecho de que Juan Pablo Felipe haya cocinado para mí (porque ahí estaba, al pie del cañón) me hace un poco más feliz.
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Gran experiencia culinaria
Las buenas críticas nos llevaron a este restaurante. Desde que llegas, sabes que esto va en serio, que aquí las cosas son diferentes. Un bonito comedor y unos atentos profesionales te reciben. Las mesas muestran la perfección que se respira en el local, manteles de hilo, copas Riedel y tranquilidad.
Las opciones son carta, menú de temporada a 35 € y menú degustación a 45 €, elegimos este último, el más largo. En cuanto a vinos, una carta extensa, cuidada, bien seleccionada y a precios moderados. Me decanté por un Isabel Negra 2005 (D. O. Penedés), unos 20 €, un vino elegante y delicado que armonizó bien con la comida.
Degustamos:
-Aperitivo de crema de zanahoria, granizado de naranja y vermouth (buen comienzo)
-Gazpacho de cerezas con berberechos (un plato impresionante, fantástico punto del molusco y gran sabor)
-Atún, fresas y tomate (otro acierto, un plato que tiene criterio, antes de probarlo sabes que va a gustarte)
-Caballa con pesto de espinacas (pescado fresco y bien cocinado, buen ensamblaje)
-Pizza de rodaballo (un plato arriesgado, pero que logra enamorarte, maestría en la cocina)
-Carrillera de ternera con pimientos (el único plato del menú que no me encantó, poca creatividad aunque buen punto)
-Limón en texturas (un prepostre magnífico, muy refrescante)
-Chocolate con cerezas amarena (delicioso, bien estructurado)
Para acabar, café Illy buenísimo y petit-fours.
El servicio, amable y diligente, muy capaz, especialmente en lo referente al vino. De los mejores que recuerdo.
En estas críticas es muy difícil diferenciar la experiencia vivida en uno u otro restaurante, es complejo adjetivar el punto de un pescado o comparar platos. Locales como éste son otra cosa. Para definir este restaurante, cabría decir que, por un precio interesantísimo, se puede disfrutar mucho de una cocina creativa y de mercado en la que calidad y técnica se dan la mano. Éste es uno de esos restaurantes en los que me quedaría a vivir.
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La Taberna de Liria
+34 915 414 519
40.42626 -3.712554saved by 20 people: there are 10 reviews and 7 menus
Decepcionante local para buen menú
Me apetecía probar en este restaurante, parece obvio que, dada su trayectoria, se va a comer bien y a un precio razonable, así que ahí fuimos.
Al llegar nos atendió el propio Miguel López Castanier (lo cual también quiere decir que no estaba a los fogones) y nos dio una mesa con vistas al interior de la barra y a una especie de cuarto trastero en la que había de todo y nada agradable. Antes de esto, tuvimos que sortear cajas de vino y otros obstáculos hasta llegar. No hay manera de empeorar este comienzo.
No recuerdo un comedor de restaurante de esta envergadura tan descuidado.
Decidimos abstraernos de este tema y pensar sólo en la comida.
Las mesas tenían algún defecto en la preparación. Eso sí, vajilla correcta.
Se ofrecen varios menús y la carta, elegimos el del 20º aniversario que, con maridaje, cuesta 33 €, 36 € si se elige foie.
Probé:
-Aperitivo de morcilla para untar (interesante)
-Foie gras (con cebolla confitada, buena calidad y buena cocción, un acierto) Se maridó con Amézola Crianza (creo que 2005), un buen vino pero del que albergo dudas de su armonía con el plato.
-Bacalao en escabeche de naranja (muy buen punto, algo escueto en ración y guarnición) Se maridó con Marta Cibelina, D.O. Bierzo, un vino espectacular y bien escogido.
-Arroz meloso de pato al oloroso (lo mejor de la comida, exquisito, se acompañaba de unas patatas fritas maravillosas) Se maridó con El linze 2007 (V.T. Castilla), un vino excelente en todos los aspectos.
-Milhojas de helado con chocolate (algo empalagoso, el helado no era tal) Se maridó con Enrique Mendoza Moscatel, un vino agradable.
Un café que he preferido olvidar, terminó la comida.
El servicio, a cargo del dueño, fue correcto pero con detalles bastante mejorables.
La sensación es que se me hace muy difícil entender por qué se cuida tan poco el local, imagino que a los clientes habituales no les importa. La comida, con altibajos, es recomendable, pero lo mejor es probar unos cuantos vinos deliciosos (en casi todos, el dueño tiene algo que ver).
Una cena realmente especial
Este restaurante aparece en alguna lista de los más románticos del mundo y entiendo los motivos. Es muy difícil de encontrar, pero tienen gente que sale a buscarte a lugares más accesibles. Se encuentra en el patio de un precioso Riad, en un lado unos músicos gnawa amenizan la noche con estilo (ésta es una de las cosas que más me gustaron). Las mesas están preparadas a la perfección, con pétalos de rosa decorando las mismas y la leve luz de las velas iluminando.
Nos tocó en la parte cubierta y hacía calor, pero la estancia es algo increíble. Una vez que te recuperas de la impresión, viene lo eminentemente culinario. Sólo hay un menú, a 600 Dh por persona, sin bebidas. Aquí se puede tomar vino, en la carta hay franceses y marroquíes, elegí un Medaillon Cabernet 2006 (de la región marroquí de Meknès), al precio de 280 Dh. Resultó ser un vino muy interesante.
El menú constó de:
- Entrantes y ensaladas marroquíes (servidos en una infinidad de platos, una exquisitez, me quedo con los fritos, las judías y las berenjenas)
-Tajine de pollo al limón (con limón encurtido, azafrán y una mezcla de especias muy fresca y fragante, definitivamente el mejor plato con pollo que he comido nunca)
-Tajine de cordero con ciruelas ( también muy especiado, en su punto de cocción, muy bueno)
-Cuscús vegetal con salsa (como acompañamiento del cordero, muy adecuado)
-Melocotón en almíbar (una oportunidad única para probar una conserva de frutas de altísima calidad)
-Té y dulce (maravilloso té a la menta acompañado de una deliciosa golosina)
El servicio, extremadamente correcto.
Así pues, un sitio elegantísimo en el cual tu paladar descubre sabores de la alta gastronomía marroquí y no conseguirá olvidarlos nunca.
Hotel San Ramón del Somontano
+34 974 312 825
42.0360272 0.1233893saved by one person: there is one review
Menú degustación
Mi comentario va a ser acerca de la experiencia en el restaurante de este hotel de reciente apertura en Barbastro.
El comedor es bonito y acogedor, mezcla elementos modernistas (el hotel está situado en el edificio del antiguo hotel San Ramón y conserva el estilo) con mobiliario cómodo y actual.
Manteles y servilletas de tela, copas de Schott Zwiesel, cubiertos de diseño Sambonet (incómoda pala de pescado) y vajilla Villeroy&Boch.
Las opciones eran menú del día (20 € sin vino), carta y menú degustación.
Nos decantamos por este último, que en esta ocasión incluía:
-Erizo en su propio jugo (similar a una sopita de marisco servido en el mismo erizo, muy bueno)
-Gamba con kataifi (la pasta envolvía la gamba, creo que algo salado)
-Ensalada de mollejas de pato y granada (correcta)
-Rissotto de gambas y setas (el mejor plato, con arroz carnaroli y buen queso)
-Lubina al orio con verduritas (pescado fresco y correcta cocción)
-Mini-tournedo de buey con salsa de boletus (no preguntan punto de la carne, pero la carne es buena)
-Souffle de chocolate y helado de vainilla (el helado bueno, el bizcocho normal)
Este menú, al precio de 45 € incuye agua, pan e IVA. El pan correcto, nada más.
En el vino optamos por un Enate Crianza 2004 (15 €) que acompañó bien la comida. La carta es muy corta con unos cuantos Somontanos y alguna otra botella de denominaciones clásicas, los precios razonables en su mayoría.
El servicio fue atento y correcto (especialmente el vino).
En general, la comida estaba buena pero las raciones eran demasiado justas.
Se echó en falta algo de personalidad en los platos.
De la misma manera en un menú de ese precio cabría esperar algún detalle como un pre-postre o unos petit fours. Del café lo mejor era la vajilla.
Pese a esos puntos mejorables, es un sitio agradable, con buenas intenciones, habrá que ver como evoluciona.
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Este comentario es sobre una cena en la que la gerencia del hotel era otra.
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El francotirador descubrió este servicio en January 2009
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Buen menú aragonés
Encontrar un restaurante gastronómico en Zaragoza a un precio comedido tiene su dosis de dificultad, tras arduas búsquedas nos decidimos por éste.
Está ubicado en los antiguos graneros de un convento. Eso logra que el local tenga encanto, pero a mi juicio le iría bien un lavado de cara para que perdiera ese carácter abigarrado de sus paredes.
Mesas correctamente separadas, bien preparadas, con copas adecuadas y manteles y servilletas de tela.
Tras una agradabilísima recepción por parte del jefe de sala, pasamos a lo meramente culinario.
Las opciones son carta, basada en productos aragoneses y de mercado con toques de autor, y dos menús: el del Pabellón de Aragón de la Expo 2008, donde se ocuparon de su cocina, y el llamado Tomas de la Bastilla, que permite probar platos de la carta en formato de medias raciones. Elegimos este último, al precio de 50 €, con todo incluído.
Así pues, pudimos probar:
-Aperitivo de gazpacho y presa ibérica marinada (servidos por separado, un buen comienzo)
-Tarrina de foie con pan de especias y confituras de frutas (bonita presentación y productos de calidad bien coordinados)
-Arroz bomba con langostinos sobre fondo de crustáceos (arroz caldoso en su punto, los langostinos congelados no enmascaraban mucho el plato)
-Merluza en salsa verde de borrajas y almendras (buen punto del pescado e interesante salsa)
-Entrecotte de ternera con queso Patamulo y patata asada (carne de calidad y bien cocinada, la fina lámina de queso mejoraba el resultado)
-Flan de queso con helado de caramelo (suave, muy agradable)
El café, delicioso, dio por terminada nuestra comida.
En el apartado enológico se sirvió un Corona de Aragón blanco 2008 (D.O. Cariñena), del que esperaba poco y me sorprendió, y un Eminens Roble 2006 (D.O. Somontano) del que diré que, en su tierra, hay muchos mejores. El servicio del vino fue muy correcto.
Así pues, un menú interesante, con amplias raciones y con calidad. Se nota que, en este establecimiento, trabajan para intentar agradar al cliente.
Una muy buena opción para probar alimentos aragoneses bien cocinados.
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Todo no vale
El restaurante está en la plaza Mayor de Aínsa, un enclave maravilloso y que te transporta a otros tiempos. Lo curioso de este sitio es que, en ese lugar, se atreva con la vanguardia. Tiene dos pisos, nos tocó el de abajo, el sitio era agradable. En las mesas no había platos pero sí flores. Vajilla y cristalería correctas. Manteles y servilletas de tela.
Las opciones culinarias eran un menú del día y su menú degustación (llamado "Tradición y Vanguardia" a 36 €), optamos por este último.
La carta de vinos mostraba vinos clásicos (predominando Somontano) con algún toque de originalidad no siempre conseguido, eso sí, a precios contenidos. Elegimos un Pétalos del Bierzo 2005, que se sirvió con excesiva temperatura.
Así pues, el menú constó de:
-Cocktail ( Chardonay Somontano con Amaretto, cítricos y menta, agradable)
-Dips (loto, pan de gambas y bocabits de bacalao, que eran las pieles fritas, con guacamole garam massala que estaba bueno pero poco especiado, curiosa presentación)
-¡Momento aperitivo! (Campari gelatinizado, helado de Martini, berberecho, mejillón, esferificación de aceituna y algún snack, creo que demasiado atrevido, era imposible de maridar y los sabores se tapaban unos a otros)
-Dos pinchos de primavera (rossignol y verduritas a la brasa de romero, nada especial, y colmenillas estofadas a la crema, original presentación, buen sabor)
-Tataki (de trucha del cinca, ajoblanco, aceituna negra del Bajo Aragón y perfume de pino, el plato estaba rico, especialmente el pescado pero no me gusta que en el plato haya cosas que no se comen, como una hoja de pino)
-Carpaccio (Foie-gras, manzana verde, sidra, el plato llegó muy frío y el foie era de poca calidad)
-Atadillos (borraja de la ribera del Ebro, vieira a la parrilla, burbujas de azafrán, con hielo seco consiguen un efecto óptico y olfativo que agrada, un buen plato)
-Merluza Thai (a la parrilla, tres pimientos verdes, sopa de coco, tandoori y jengibre, la sopa servida aparte era bastante insípida, el juego de texturas con los pimientos interesante, el punto del pescado era aceptable pero la gran cantidad de espinas no te dejaban disfrutarlo)
-Del país (costilla con ajaceite y espalda rustida en caserola con tomillo, de largo el mejor plato que tomamos, muestra del buen género de la zona y de buen hacer gastronómico)
-El hombre y la tierra ( postre de cuidada presentación, tarta de yogur con frutas en varias texturas, de lo más soso que he comido nunca)
-Amanecer en el bosque (chocolate en varias preparaciones, menta y frutas, de nuevo con el juego del hielo seco para crear bruma, bastante conseguido)
-Petit-fours (piña colada, gominolas, algodón de fresa y buñuelos de chocolate, muy agradables)
El café sólo correcto.
El servicio no fue incorrecto, pero de estos sitios se espera algo más de preparación en los profesionales.
En definitiva, un menú con altibajos, con exceso de creatividad copiada (si es que vale esa expresión) y falta de calidad en alguna materia prima.
De todas formas, hay mucho trabajo detrás de una comida como ésa, si se pulen esos excesos y se cuida la calidad y el mimo al producto, como en el caso del cordero, aparecen buenas maneras.
Soy un defensor de la creatividad en la cocina, pero todo no vale en su nombre.
Gran menú japonés
Nos apetecía japonés y reservamos en este restaurante, que viene avalado hasta por el mismísimo Adriá. Por fuera es hasta difícil de encontrar, su nombre sólo aparece en una tela que sirve de entrada. Al traspasarla aparece un sitio muy normal hasta que llegas a la barra y ves los buenísimos productos que alberga. Nos tocó una mesa lejana a la misma (y eso no es bueno), muy pequeña y con poco detalle. Manteles individuales y muy comunes, palillos, salsera de soja y un vaso. Hasta aquí, como decía, podría ser un restaurante cualquiera.
La carta es de cocina tradicional japonesa con toques izakaya, con todos los platos que uno espera encontrar y alguna sorpresa. Preguntamos por un menú degustación y nos ofrecieron la posibilidad del mismo, al precio de 50 ó 60 € dependiendo del mercado y de nuestra hambre, comentaron productos que incluiría y que se nos iría preguntando. Aceptamos la propuesta.
No tomamos vino pero la corta carta contenía algún blanco interesante a precios contenidos.
Así pues, el menú constó de (alguna cosa no logré entenderla):
-Ostra francesa con yuzu (animal de buen calibre y fresquísimo, el cítrico realzaba el sabor)
-Sardinitas con salsa (exquisitas)
-Huevo y arenque (a modo de tortilla con el arenque dentro casi crudo, dashi y caldo con soja, muy curioso)
-Sushi de sepia soasada con su jugo (el jugo hecho con los interiores de la sepia hacía un contraste magnífico)
-Sashimi variado (navajas, salmón, chipirón y toro, todo fresquísimo, un absoluto placer)
-Espardeñas (en su punto, con dashi y ese efecto que produce al moverse, un plato que no olvidaré)
-Toro, erizo y huevas de salmón (con salsa de soja y kombu, todo crudo, casi me hace llorar de felicidad)
-Gamba de Palamós a la plancha (presentada sobre sal gorda, muy buen producto)
-Entrecotte de ternera con shiitakes (en una concha de vieira con fuego por debajo, suculento)
-Mochi de fresa y nata (nada especial)
El café mediocre.
El servicio fue correcto pero no especialmente atento, eso sí, nos preguntaron sobre preferencias y apetitos. Acabaron cobrando 50 € por menú.
Este restaurante demuestra que la calidad del producto te hace olvidar todo lo que sucede fuera de tu propia mesa y, además, el precio no hace que luego te arrepientas.
Lo que le hace diferente pues, son sus productos y lo bien que los tratan.














