Gonzalo Sáenz de Miera Bolado
¡¡¡Cómo coño voy a ponerme a dieta, con lo que llevo invertido en esta panza!!!
Comer o comer aún más, esa es la cuestión
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Harvest Company of Natural Goods
+34 915 76 57 04
Paseo de la Castellana 40 <m> Rubén Darío 5 Madrid, Madrid provincia, España 40.4332574 -3.6880516
guardado por 30 personas
Muñecolate, muñecolate, ¿llegarás a navidad?
Nunca llegué a ver ese clásico anuncio de Elgorriaga en el que un niño le hacía esa pregunta, con ojos pillos y relamines, a un rey mago de chocolate unos días antes de Navidad.
Y si nunca llegué a verlo fue, fundamentalmente, porque debía de ser de la época en que la Duquesa de Alba aún estaba echando los dientes. Pero no la de ahora, digo la que sale desnuda y luego vestida en el cuadro que está en el museo ese que hay en el Paseo del Prado con una escultura de un tío sentado en la puerta.
Para que luego me digan en casa que estoy sin desasnar. Me paso el puñetero día en museos, galerías e iglesias. De Museo Chicote a Galerías Preciados, y de ahí a la Catedral del Jamón. Y vuelta a empezar. Soy un devoto de la milla de oro cultural.
La cuestión es que esa misma pregunta que se hace el goloso crío me la hago yo, desde hace algunas semanas, cada vez que paso delante del Harvest de Castellana.
Se trata de un sitio correcto para tomar una caña, picar algo o comerse una ensalada o un sándwich si andas por la zona y no quieres perder mucho tiempo, ni dinero, en hacer un pit-stop. Tiene una terraza agradable en plena Castellana, pegada al ABC de Serrano y al edificio de Intertonterías, perdón, Intereconomía, y el servicio es muy simpático.
Hasta ahora les había ido muy bien; he comido aquí muchas veces al bajar del gimnasio y suele estar bastante lleno.
Sin embargo, teniendo ahora Lateral a escasos veinte metros, tienen un futuro cuando menos incierto y que además no se esclarecerá con medias tintas: o acaban cerrando por inanición o se hinchan a ganar pasta por el efecto arrastre de Lateral (teniendo en cuenta que se forman unas colas más largas que las de la gente que va a retirar los ahorros de Bankia, muchos optarán por sentarse ahí y no morirse de viejos esperando).
Por entre 15 y 20 pavos comes con tu cañita y tu postre.
listas: Comida
Restaurante Lateral
+34 915 75 25 53
Paseo de la Castellana 42 <m> Rubén Darío 5 Madrid, Madrid provincia, España 40.433214 -3.6879579
guardado por 11 personas
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Ex Cathedra
Estoy por asegurar que puedo, perfectamente, haber comido en todos, o casi todos, los Lateral de Madrid un total de no menos de chorrocientas veces. Y puedo asegurar, y aseguro, que Lateral es la única institución infalible e inerrable del mundo, cosa de la que siquiera el Papa puede presumir (porque sí es infalible, pero no inerrable, salvo mejor opinión de algún experto en temas teológicos que pulule por aquí).
En todos comes mucho, comes razonablemente (incluso tirando a bastante) bien y comes a buen precio. Y ya, para cuadrar el círculo, lo haces en un ambiente ultra-pijo y en las mejores zonas de Madrid (Castellana, Velázquez, Arturo Soria… y Fuencarral, que aunque les guste ir de tirados es una zona de pijo-punks, y si no echad un ojo al precio de los alquileres en Idealista.com).
El modelo de negocio guarda ciertas similitudes con el de Public, Bazaar, La Gloria de Montera, La Finca de Susana y Ginger, que creo que pertenecen todos al mismo grupo y que tienen como señas de identidad comida aparente (más fachada que otra cosa, pero por ese dinero qué esperas…), precios tirados y locales pintones. Eso sí, con la diferencia de que éstos están todos agavillados en torno a la Gran Vía y que la clientela es más “de todo tipo”. Y que en Lateral se come bastante mejor.
De la carta te lo podrías comer todo, porque todos los platos son cosas que apetecen, y además siempre encontrarás algo que te encaje, vayas con las ganas de lo que vayas.
¿Qué quieres comer en plan lo de siempre? Las croquetas de jamón y de boletus están muy buenas, la ensalada lateral (tomate, queso y jamón) es una jugada con las cartas marcadas y las alcachofas con jamón están más que aceptables (y decir eso de unas alcachofas es mucho decir). La tortilla de patata está bastante mejor que la de muchos garitos que se hacen llamar templo de la tortilla y la patata rellena con huevo es un genuino tomahawk (aunque a lo mejor un poco seca, deberían ponerle salsa de nata agria o algo así)
¿Te apetece comer de pinchos? Puedes aburrirte, de solomillo, de foie, de pimientos rellenos, de brie, de queso de cabra, de bacalao, de atún…
¿Buscas algo diferente? Crema de melón, crema de tomate, crema de trigueros, tartar de aguacate con gambas…
Hay mil cosas. Ninguna será la mejor que hayas comido en tu vida (de hecho casi todos los platos los deben de tener preparados en una cámara a juzgar por el tiempo que tardan en servírtelos y por la temperatura a la que te llegan los que no son calientes), pero por ese precio y por el sitio la RCP es imbatible.
Si a todo esto le sumas que, aún siendo un garito de marcada “política rotación de mesas”, no parecen tener prisa por querer echarte, que los postres están bastante buenos (sobre todo los crêppes con dulce de leche y la tarta de limón –aún estando a siglos luz de la de José Luís-) y que los gin tonics de Fifty pounds están a 8 o 9 pavos (15 en Ramses, 15 en Glass Bar, 15 en la Ruleta y casi diría que 15 incluso en el Chino del Inframundo), pues resulta un sitio perfecto para comer con los colegas o con tu novia un día de buen tiempo y agarrarte una buena cogorza en la sobremesa.
Con cervezas, vino y copas, no pasas de 40€ ni con bombas. Comer con (una cantidad razonable, no en plan vikingo) cañas sale por unos 20-25€.
Y de todos los Lateral el mejor es el de Castellana 42, que no sólo tiene una de las mejores terrazas de todos los Lateral, y de Madrid, sino que además ha pasado por la derecha al de Velázquez en ambientazo pijo. Está justo al lado del ABC de Serrano y el puente de Juan Bravo, en la puerta del Registro Mercantil.
Con esas condiciones y esos precios, que me guarden una mesita en la esquina a mi nombre y para siempre, como a Hemingway en La Bodeguita del Medio, porque me queda justo debajo del gimnasio y ahora que empieza el verano pienso bajar todos los días a castigarme todo lo que no me castigo con las mancuernas.
Qué narices, teniendo esto a la puerta a lo mejor es que ni subo. Pudiendo levantar gin tonics quien querría levantar pesas.
La Tulipe
+34 915 63 34 31
Serrano, 110 <m> Rubén Darío 5 Madrid, Madrid provincia, España 40.4353003 -3.6863229
guardado por 26 personas
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Con todo el dolor de mi corazón
La pulsión entre mi odio acérrimo a nuestros vecinos del norte (esos que hablan como si tuviesen un gargajo en el gaznate) y mi honestidad golpea lo más profundo de mi ser mientras esbozo, atormentado, estas líneas preñadas de rencor y contradicción.
El sentido del deber hacia la verdad se impone, contra mis propios criterio y voluntad, a los sentimientos más bajos y viscerales de que es capaz mi naturaleza humana, alimentados éstos por mi otro sentido del deber, el debido a la patria que nos alumbró, alimenta y cobija.
Me resulta, por definición, imposible hablar bien de Francia, otorgar cualquier mérito, por evidente que sea, a los franceses y profesar estima alguna por cosa o persona que reconozca soberanía al Eliseo.
Desde Richelieu hasta el enano de Sarkozy, pasando por el acomplejado de Napoleón (enano también, además de inane mental y pésimo estratega militar, piensen lo que piensen allende los Pirineos) y el hijo de la grandísima p… política agraria común de Valéry Giscard d'Estaign, ese pueblo de gente paliducha, hablar repulsivo (el genuino idioma del amor es el italiano, más musical y mucho más agradable al oído y al corazón, de París a Roma, ida y vuelta), complejo de alemanes e ínfulas de ingleses se ha tomado buen cuidado, desde el siglo XIV y sin interrupción desde entonces, en tocarnos las pelotas, torpedearnos, ponernos zancadillas, piedras en el camino y gangosos en el trono, a los pobres y honrados españolitos todo lo que han podido y más.
Eso por no hablar de cómo en la II Guerra Mundial se despidieron, a la francesa, de la valentía, el orgullo y el honor y permitieron que Adolfo y su cohorte de bárbaros arios abriesen, en París y el en el 60% de su territorio, sucursal de su chiringuito imperialista (y en el 40% restante el amigo Petáin haciendo que la cosa no iba con él –Francia de Vichy creo que se hacían llamar los muy sinvergüenzas-).
No creo, revisada su infame hoja de servicios, que nuestros amiguetes del gallo puedan pretender estima o gratitud por nuestra parte. Ni por la nuestra ni por la de ninguna nación con dos dedos de frente, vaya.
Expuesto mi amable punto de vista sobre las relaciones franco-españolas y, muy posiblemente, habiéndome cerrado todas y cada una de las puertas, portezuelas y portillas que abran paso al puesto de Embajador de España en París, creo que ya resultará inteligible a quien haya llegado hasta aquí (gracias por la infinita paciencia) que se me revuelvan las tripas al tener que admitir, a regañadientes, que La Tulipe, un restaurante francés, sea un antro cojonudo.
Y por fin, restaurados nuestro honor y la memoria histórica para con nuestros despreciables vecinos, me dispongo a hablar del sitio en cuestión.
Se trata del nuevo proyecto de los propietarios de Makkila y Whitby y supone, a mi entender, un paso más en lo que parece una bien trazada política de diversificación.
Makkila (aunque ya va necesitando una manita de chapa y pintura) es un buen sitio para picar algo bien y a buen precio; Whitby, que me gusta un bastante-mucho es un ejemplo de manual de esto que llaman ahora gastrobares, gastroleches o lo que sea (es decir, garito moderno, cocina a buen precio un poco distinta y ambientazo para tomarse mil copas con musicote).
La Tulipe, cuyo nombre no se si guarda relación alguna con un coñazo de peli francesa del año de la polka, ocupa un escalón superior, más cercano al concepto tradicional de restaurante, tanto en concepción como en precio. Restaurante que, más bien, diría que es “afrancesado” antes que francés.
Ocupa uno de los mejores locales de la calle Serrano, un esquinazo frente a la Embajada de EE.UU. en la intersección con Diego de León, lo que le permite disfrutar además de una terraza inmensa y soleada. La decoración es muy bonita y muy acogedora (el decorador es el mismo de Whitby –uno de los garitos más chulos del ramo-, o al menos yo creo ver aquí su mano), el sitio es amplio y muy cómodo y, por poner un pero, diría que algunas mesas están excesivamente cerca unas de otras.
La carta, si bien un poquito corta, es bastante apetecible. La comida está muy buena aunque, como ya he dicho, es más de corte francés que francesa per sé.
Hay cosas muy tradicionales del país como el ratatouille (popularizado por la película del ratoncito, una delicia de la animación, por cierto), la quiche lorraine o varios platos basados en el canard, como el foie, el confit, etc.
Otros sin embargo, como el chuletón o el solomillo, son tan franceses como pudiesen serlo de cualquier otra parte del mundo. E incluso hay alguna que otra receta que, por muy francés que sea su nombre, tiene tanto de gabacha como George Bush o Ezra Pound. Éste es el caso de los huevos Benedict, que yo prefiero llamar Benedictine, y que son una genuina creación estadounidense, fruto del genio de Oscar of the Waldorf, mítico chef del no menos mítico hotel de Nueva York y al que se atribuye la invención de otro clásico de las cartas de medio mundo: la ensalada Waldorf.
En cuanto a los vinos, deberían ser más prolijos, especialmente si tenemos en cuenta que Francia es, fundamentalmente, el país del vino y del queso (del que la carta también va un tanto corta en variedad y cantidad). No hay demasiados y de ellos no tantos son franceses.
Comí hace un par de semanas con mi novia (por lo tanto todo para dos):
SELECCIÓN DE QUESOS: bien presentada, buena cantidad (cuatro trozos de cuatro tipos de quesos, todos muy ricos). Única pega, que esperaba más originalidad. Habiendo más de 300 variedades de queso francés no puedes poner dos que encuentras en cualquier supermercado de barrio y otros dos que tienes en el Corte Inglés o en Sánchez Romero. CORRECTO.
HUEVOS POCHÉ CON PATATAS TRUFADAS: el huevo perfecto, con la yema bien líquida. El sabor del plato sensacional. La patata un poquito cruda (la presentan en dados demasiado grandes, es complicado que el interior quede bien). MUY BUENOS.
MICUIT DE PATO CON SALSA DE FRUTOS ROJOS: un buen trozo de micuit de muy buena calidad (no sé si lo preparan casero, pero si lo compran, por lo menos se toman la molestia de ponerte del caro). La salsa de frutos rojos (o líquidos análogos) me parece sirope royal, aquí y en los mil y un sitios en los que la he probado. En cualquier caso, MUY BUENO.
De postre una crème brûlée que estaba buenísima. Si te la sacaran para flambear en la mesa, rollo los crêppes suzette que te ponían en el difunto (merecidamente) Club 31, sería la leche. RIQUÍSIMA.
Todo esto, con una botella de Les Gravières (25€) una de agua y dos infusiones, hicieron 80€ con propina (40 €/pax). Sin ser caro, es un precio respetable. No me gusta que por comer en terraza te sacudan un 18% extra. Entiendo que no debe ser el trozo de acera más barato de Madrid, pero con eso y con todo, roza lo abusivo, esa misma comida en la calle hubiesen sido 95 eurazos.
Se trata de un gran sitio, con las imperfecciones de cualquier negocio que acaba de arrancar, pero que si pule esos pequeños defectos y, por encima de todo, mantiene en la misma línea al amabilísimo, insisto, abrumadoramente agradable, personal que tienen (y que para mí es el mejor activo de cualquier negocio de hostelería, casi tanto o más que la comida) se puede consolidar como una opción muy seria y duradera en una zona tan dura como es el Barrio de Salamanca.
Nota de color I: te ponen, muy francés, mantequilla con pan de aperitivo. Se agradece que la mantequilla esté a temperatura ambiente y que pueda untarla sin necesidad de un rascafríos. El pan de la comida, ese gran marginado, está también bastante rico.
Nota de color II: por lo visto, por la noche hay un pincha que da muy buen ambiente. Hay un huevo de quinqués por todos los lados, lo cual me hace sospechar que para las cenas bajan las luces bastante y te los ponen en la mesa. Me encantan los comedores con luz tenue, así que en breve cenaré allí.
Un 8 sobre 10 muy fácilmente revisable al alza si retocan cositas de aquí y de allá.
listas: Comida
Sushi Shop Madrid
+34 902 59 99 95
Calle Serrano 1 <m> Retiro 2 Madrid, Madrid provincia, España 40.4206 -3.68865
guardado por 94 personas
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Ni para tacos de escopeta
Edito:
Uno del curro se emperró en pedir sushi a la oficina. Y se emperró en pedirlo aquí porque alguien (entiendo que algún hijo de mala madre con las más pérfidas intenciones) le había dicho que era de lo mejor de Madrid (concluyo por lo tanto que el hijo de mala madre con las más pérfidas intenciones de unas líneas más arriba lo único que conoce de Madrid es escoria; de lo contrario, no me lo explico).
De precio, barato y, por lo tanto, malo, porque como expliqué en esta crónica hace muchos meses, barato, japonés y bueno son términos que ligan tan bien como el agua y el aceite. O como dice Fulano (y no es un decir, es un tío que escribe en 11870 y se llama así), un oximoron (lo que demuestra que cualquier fulano tiene mejor vocabulario que yo, lo cual me sorprende tan poco como que el sol salga por Antequera).
De calidad, malo, malísimo, malérrimo, pésimo, pesimérrimo, patético. Eso sí, muy mono presentado todo, como siempre.
Y del catálogo, porque no es una carta, es un catálogo, qué decir. He visto catálogos de Mont Blanc, de Omega o de Cartier editados en peores calidades. Tienen la mejor carta de Madrid (en lo relativo a continente, que no a contenido).
Eso sí, el 902 cuarenta horas en espera (gastas mas en pedir que en comer) y en traerlo tardaron lo suficiente para sospechar que es japonés auténtico: una hora y cuarenta y cinco minutos (sí, 105 minutazos, y estamos a unos 7-8 en moto de distancia) sólo puede tardarse si la comida viene directamente en avión (y en un avión muy lento) desde Tokyo.
Un pufo.
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"Érase una vez un bonito barrio, en una aldea asolada por las obras, en el que todos los piratas, ladrones, cuatreros, corsarios y timadores de los cuentos de nuestra infancia decidieron instalarse y, a fin de expiar los pecados cometidos en un tiempo pasado, regentar negocios de hostelería con los que así, con el honrado sudor de su frente, ganarse el sustento y la salvación de sus almas.
Sin embargo, esa pléyade de desalmados, alejados todos ellos de propósito de enmienda alguno, urdían un malvado plan para aprovecharse de los inocentes aldeanos..."
A buen seguro que de esta forma, o de cualquier otra muy parecida, Saint-Exupéry habría dado la entrada a un cuento sobre el Barrio de Salamanca y la inmensa mayoría de los restaurantes que lo jalonan.
Aunque, habidas las circunstancias, más que cuento sería crónica el “mot juste”, puesto que aquél relato poco o nada tendría de ejercicio de inventiva y sí mucho de fiel reflejo de una triste, onerosa y, para nuestro infortunio, ineludible realidad.
Y es que ir a comer por el Barrio comienza a arrojar un inquietante paralelismo con ese magnífico tríptico de El Bosco llamado El Jardín de las Delicias. O con cualquier tragedia de Esquilo, Sófocles o Eurípides. Lo que en un principio es Paraíso, deviene finalmente en Infierno.
O que lo antes era muy bueno, ahora es una mierda pinchada en un palo, hablando en román paladino, que diría mi tocayo De Berceo.
Es la hora de la insurrección, de poner fin a la mascarada, los puntos sobre las íes y mostrar al mundo el rostro de esa banda de Golfos Apandadores que se ha instalado en la hostelería capitalina.
Al abrigo de muchos buenos y respetables negocios han aflorado, como la mala yerba que todo lo marchita, antros regentados por tergiversadores de la palabra, por cocineros de la nada, que quieren hacernos creer que el término filibustero necesariamente transita las mismas sendas que el de hostelero.
Y es que si algo sobra en muchos, muchos, restaurantes de Madrid, es el discurso, la palabrería hueca y estéril, el rollo pretencioso e infumable. El coñazo.
Y lo que falta, y me ahorro la hipotética connotación del "si" porque es una verdad irrefutable, es el conocimiento, la atención, el servicio, el mimo, la calidad y cualesquiera de tantas pequeñas y grandes cosas que dignifican, dan brillo y ponen en valor la magnífica, respetable -a este ritmo no sé por cuanto tiempo más- y ancestral labor de satisfacer los deseos, caprichos, debilidades y voluntades del estómago ajeno.
Vaya maldito coñazo que acabo de soltar. Y ya ni me acuerdo de por qué.
Qué coño, es que me disponía a escribir de Sushi Shop y me ha venido todo ésto a la cabeza. Vaya caca de sitio. Como Miyama Castellana, como O'life (Olive o como diablos se llame) y como tantos y tantos destripaterrones y sacacuartos con buena fachada que vengo sufriendo en los últimos meses.
Este sitio es una mierda, me resulta sorprendente que nadie pueda decir lo contrario. Y que se ahorren el argumento de que es barato. Conozco muchos buenos sitios baratos. ¿Que es un JAPONES barato? Volvemos al primer argumento; entonces admites que es una basura, porque japonés y barato son términos absolutamente antitéticos, del mismo modo que juntar en una frase japonés y caro no es sino un ejercicio pleonástico. Algo así como nieve y negro o político y honradez. Agua y aceite.
Para empezar, y es empezar realmente mal, el garito es una franquicia ¡¡¡FRANCESA!!! Franceses que hacen comida japonesa utilizando para ello mano de obra sudamericana. No tengo muy claro si se trata de una película de los Hermanos Marx, de Woody Allen o de uno de una imitación de esos blanquitos de comedia americana que van por el "insti" con un vaquero siete tallas grandes arrastrado por el suelo y hablando como si fuesen el puto Tupac Shakur porque se creen que son negratas del guetto.
Odios atávicos de l'Ancienne Europe al margen, insisto en que el sitio es cacofónico, y no de que albergue cacofonías, sino de que es una caca.
El local es muy mono, muy de diseño y tal, pero tardan una hora en sentarte, cuando lo hacen es en una mesa enana a siete centímetros y medio de la contigua o, si no hay suerte, en una mesa corrida que compartes con otra gente, como en los comedores de beneficencia. Una vez sentado, y si tienes suerte, o si te levantas a pedir papel y boli como hice yo, serás atendido antes de hora y media. Hecha la comanda, y de nuevo si hay suerte, habrás sido servido en unos escasos cincuenta minutos.
La carta es preciosa, y posiblemente la mejor de Madrid (no por contenido, sino por la calidad de la edición). Y te la puedes llevar a casa para hacer pedidos. No te molestes. No tires el dinero aquí. Tardan un segundo en descolgar y una hora en atender. ¿Motivo? Que la línea es un PUTO 902!!!
Aunque claro, qué puedes esperar de una nación de vuelcafresas.
listas: Comida
Por cierto, que no me ha cabido el comentario de la comida de tanto despotricar. Comimos 4, 60 €, pero nos quedamos cortos de comida. No pedimos más porque íbamos al cine con prisa. Para quedarnos bien hubiésemos tenido que subir a 80-90€, es decir, unos 20-25 naposmás por barba. Toda la comida muy bonita y muy bien presentada, pero de calidad muy regulera. El pescado del sashimi y de los nigiri plasticoso, burdo e insípido.
Por 25 pavos hay japos decentes en Madrid. Y para pedir aquí pido a Sushi GO! o por ejemplo el Tsunami ha puesto servicio a domicilio a precios interesantes. O qué coño, me bajo a cualquier japo de mi barrio y pido que lo pongan para llevar.
como siempre, se me pasa el precio. 18€ barba por quedarte a medias (tampoco es que nos hayamos cebado a comer, ni mucho menos) en cuanto a cantidad y quedarte en nada en cuanto a calidad. si tienes ese presupuesto mejor cómete una hamburguesa como Dios manda o algo así.
La Cesta de Recoletos
+34 911 40 06 96
Calle de Recoletos 10 <m> Retiro 2 Madrid, Madrid provincia, España 40.421864 -3.6901978
guardado por 321 personas
Ora et Labora
He vuelto en un par de ocasiones más desde mis últimas (y positivas dos visitas). Siguen retocando la carta según temporada con cosas interesantes y siempre ofrecen un plato del día (con productos de temporada, eso me gusta) que siempre está muy bueno.
Le pongo las cinco estrellas que a punto estuve de darle tras mis dos anteriores visitas. Si no lo hice fue para dejar reposar un poco el tema, no fuese que me estuviese dejando llevar en exceso por el contraste entre lo malo que me pareció la primera vez y lo bueno de las dos siguientes.
Pasado un tiempo prudencial y un par de visitas más puedo decir que me parece un sitio de cinco estrellas.
Y en cuanto bajen la intensidad de las luces por la noche para ser más acogedor, que me ha dicho un pajarito que probablemente lo hagan, me gustará aún más.
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Algunos dichos populares resultan un tanto ordinarios, pero no por ello menos ciertos. Muy al contrario, todos y cada uno de ellos contienen una buena dosis de ancestral e irrefutable sabiduría popular. No muy científica, pero sí empírica y arrolladoramente certera.
Y tal y como –dicen los gabachos que- ocurre en Francia con los quesos, en España tenemos un refrán para cada día del año, diría incluso más, uno para cada situación.
Me viene a la cabeza aquél que bien podría haber sido enunciado por Isaac Newton pero que, por su tono escatológico, resulta muy probable que más bien fuese parido en algún poblacho de la España profunda, de que no se debe escupir hacia arriba por el riesgo de que todo caiga de vuelta a la boca.
A buen seguro que alguien con mejores modales, más educación y un mayor bagaje cultural que el autor (que es como me gusta referirme a mí mismo), es decir, casi cualquier rufián que se ponga al teclado, podría abordar la cuestión en términos más sofisticados como el karma, el tao, el satva o cualquier otra de esas tonterías orientales sobre el balance del cosmos, el equilibrio del universo y el retorno de las cosas a su ser y demás paparruchas. Pero es que, llámenme bruto, pudiendo explicar algo hablando de escupitajos no veo la necesidad de aburrir al personal.
Pero bueno, a lo que estamos. Habrá quien se pregunte por qué estábamos hablando de refranes y escupitajos. No podría asegurarlo, pero creo que tiene algo que ver, además de con mi gusto por irme por las ramas y escribir tonterías, con una feroz crítica que dediqué, tiempo ha, a La Cesta de Recoletos.
Crítica, que, y por fin encuentro el hilo argumental, me ha caido en medio de la boca. Pero que muy, muy en medio.
Feroz, sí, pero punto por punto, en su momento, merecida. No me precio de ser un buen crítico, porque ni lo soy, ni lo seré, ni lo pretendo, pero sí me tengo por una persona honesta y coherente.
Ahora bien, que también me tengo por guapo, así que no me queda muy claro hasta dónde pueden darse por buenos mi criterio y mi capacidad de percepción de la realidad.
Y precisamente por eso debo enmendar mis palabras, volver grupas a mi castillo, tragarme aderezadas con sal y pimienta mis descalificaciones pretéritas y hablar en términos elogiosos de este magnífico restaurante.
En su día anticipé que bien pude haber tenido mala suerte cuando comí allí, así que, habiendo hoy amanecido tan refraneros como hemos y dada mi fe incondicional en aquel dicho que reza algo así como “todas comen mierda, mil millones de moscas no pueden estar equivocadas” decidí embaucar hace unos días a unos buenos amigos y volver a dejarme caer por La Cesta.
Demasiada gente opinaba demasiado bien sobre el sitio para que yo tuviese razón. Y ojo, que nadie se deje llevar a engaño. Yo siempre tengo razón, sólo que esta es la única e irrepetible excepción que confirma la regla.
Y habiendo vuelto dos veces en las últimas dos semanas por el acudidero sobre el que despachamos en estas líneas, puedo y debo confirmar, y confirmo, que estaba en lo cierto.
He comido allí dos veces y con seis personas distintas, al margen de servidor, y todas y cada una de ellas, esta vez sí incluyendo a un servidor, quedaron encantadas.
Encantadas con el local, con la comida, con los vinos y con el servicio. Incluso con el pan, que, dicho sea de paso, es de una calidad espléndida.
Supongo que ahí reside el encanto, que a la vez es maldición, de la hostelería. En vivir en el filo de la navaja, en jugárselo todo a la carta del amor a primera vista, en caminar sobre la cuerda floja. En trabajar sin margen de error.
Un cliente al que le guste un sitio en su primera visita hablará bien de él, lo recomendará a otros, volverá más veces y, si en alguna de ellas algo no le agrada, concederá el beneficio de la duda.
Por el contrario, si en esa primera vez no queda satisfecho, ocurrirá todo lo contrario. Así es la naturaleza humana, mucho más lógica de lo que nos empeñamos en creer.
Platos que comimos en las dos últimas visitas:
CROQUETAS DE JAMÓN AL ESTILO DE LA ABUELA MATILDE: mi enhorabuena a la señora Matilde por la receta, y a sus nietos, que presumo que son quienes las han preparado. Suaves, potentes de sabor, buena bechamel, buen rebozado. MUY BUENAS.
TORTILLA DE PATATAS Y CEBOLLA CON HUEVOS DE CORRAL: los huevos son de ley, se ve a la legua que la calidad es de primera. Sin embargo esta tortilla me sigue pareciendo tan triste como una primavera sin ruiseñores. Textura regular, sabor a tortilla francesa y la cebolla, como de costumbre, ni está ni se la espera. UNA CACA.
VIERAS A LA SARTÉN: tersas, bien selladas en los extremos, con una vinagreta con avellanas que le da mucha gracia. MUY BUENAS.
PLUMA DE IBÉRICO: servida con puré de patata. La carne rosadita, como debe ser. Presumo que se trata de cerdo ibérico, aunque, dado que no especifican, bien podría ser un trozo de un señor que vive en la Península Ibérica. RICO.
POCHAS CON CODORNIZ: unas ricas alubias con su caldito espeso y codorniz estofada y trocitos de almendra. Era el plato del día. MUY BUENAS.
DADOS DE RAPE FRITOS: unos tacos de rape de buen tamaño, con un rebozado muy rico y crujiente y acompañados por un sofrito de tomate y cebolla delicioso. MUY RICOS.
ARROZ CREMOSO: con sepia en su tinta y verduritas. BUENO PERO ESCASO.
LOMO DE CIERVO: plato del día de la segunda visita. Con ñíscalos salteados y un puré de membrillo. Crujiente por afuera y crudo por dentro. DELICATESSEN.
Y los postres:
MOUSSE DE CHOCOLATE: esponjoso, con mucho sabor a chocolate y jalonado por un puñado de avellanas caramelizadas. RICO.
TARTA DE QUESO: dicen que es especial de La Cesta. Y lo es. Odio la tarta de queso horneada y ésta sin embargo me encanta. La base es lo mejor, hecha con una base de galleta de almendra que es lo mejor del postre. CUM LAUDE.
SOPA DE FRUTOS ROJOS: mi vieja archienemiga, mi Némesis. Me sigue pareciendo que es sirope royal rebajado con agua. NO ME GUSTA NADA.
En ambas comidas fuimos cuatro personas, con –todo para compartir- cinco platos (en este sitio lo mejor es pedir todo para picar porque los platos son muy ricos pero una ración completa de cualquiera de ellos aburriría al mismísimo santo Job), tres postres y un par de botellas de Pétalos del Bierzo (grandes vinos los que se están gestando últimamente en esa zona en la que hace unos años producían una especie de líquido de frenos que vendían como vino) 140 pavos con propina, esto es, 35 pavos por barba.
Además tienen una buena selección de ginebras y tónicas a buenos precios (para ser Madrid). Está muy bien tomarse la primera allí mismo mientras disfrutas de la sobremesa.
A favor: carta de vinos con referencias buenas y poco comunes. Buena oferta en vinos por copas. Comida original. Buena carta de ginebras. Buena RCP. Varían la carta a menudo y usan productos de temporada. Muy buen pan.
En contra: la tortilla de patatata es caca. La carta se hace un poquito corta y si algún comensal es un poco “especialito” te va a poner problemas a casi todos los platos.
¡Excelente bucle cósmico!
porque borraron toda la discusión anterior? comienzo realmente a desconfiar de 11870 y de los comentarios de la Cesta.
Hola Cartagenera. Los comentarios los he borrado yo por varios motivos: el primero, fundamental y muy razonable, es porque se originaron a raíz de una anterior crítica que hice del restaurante, la cual fue bastante negativa porque no me gusto nada. He vuelto en dos ocasiones más, ymás como me gustó mucho la he cambiado de forma sustancial, con lo cual entiendo que toda la discusión surgida por motivo de la misma ya no opera en forma alguna.
el segundo motivo, tan legítimo como otro cualquiera, es que toda esa ristra de comentarios están en una crítica mía, y como no me gusta que parezcan un chat o un muro de facebook pues he hecho "limpieza".
No creo que debieras tener muchos motivos para desconfiar de los comentarios de este sitio, o al menos no más que de los de cualquier otro restaurante del que se hable en esta página. Yo tuve mucho tiempo una crítica bastante dura aquí expuesta y la he cambiado cuando lo he estimado oportuno y libremente, como entiendo que hace todo el mundo que escribe en esta página. Podría comentarte en privado bastantes más sitios cuyas opiniones sí que deben escribirlas los dueños o sus padres. El mero volumen de opiniones que genera este local, y lo contrastado de muchas de las personas que las han escrito, descarta cualquier tipo de manipulación, salvo que tengan a una persona, de perfil sociópata, dedicada en exlcusiva a inventar y gestionar perfiles con más de 50-60 críticas y cientos de seguidores.
Un saludo
Gracias por la aclaración de verdad!... habia estado leyendo el hilo de la conversación, de hecho he ido varias veces a la cesta y me ha gustado. Pero claro al no ver de repente estos comentarios me dio mala idea. siento el mal entendido. si quieres borrar mi comentario lo entendere.
Miyama Castellana
+34 913 91 00 26
Paseo de la Castellana 45 <m> Gregorio Marañón 7 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.4357119 -3.6895871
www.restaurantemiyama.com/miyama_castellana.html
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ver más restaurantes japoneses en Madrid
No se he ganado ni que me invente un título
Petrimetres que presumen
de grandes cocineros,
de fogones saben poco,
sí de bombo y plumero.
Tunantes que te cuentan,
que la nada es un gran gusto,
cocinar, cocinan cero,
pero cobrar, cobran mucho.
Esto es todo lo que puedo aportar sobre Miyama Castellana.
Pensaba hacer una crítica ácida, mordaz y descarada. Ser irreverente, intelectualmente agresivo y emocionalmente hiriente. Pero la verdad es que, tras rebuscar en lo más profundo del pozo de mi maledicencia, he podido tomar conciencia de que ni ganas tengo.
Y esa es la peor sensación que nada ni nadie pueden causarte, la indiferencia más absoluta.
Había leído tantas y tantas opiniones buenas, rebuenas y requetebuenas de tantas y tantas personas que saben muchísimo más que yo de restaurantes, de restaurantes japoneses y, casi me atrevo a decir, que de cualquier cosa de la vida (lo cual no es complicado porque uno da para lo que da, y desgraciadamente servidor da para mas bien poco), que durante la cena tuve que salir un par de veces a la calle y comprobar el cartel por si me había equivocado de sitio.
Según se iban sucediendo los platos, me fue invadiendo la misma lúgubre sensación, acomodada en algún punto indefinido entre la decepción, la sorpresa y la ira, que abordó a Luke cuando se enteró de que Darth Vader era su padre.
Como siempre prefiero ver la viga en el ojo propio que la paja en el ajeno, pensé que quizá había pedido mal.
Pero claro, eso no tiene ninguna lógica.
En un restaurante no se puede haber "pedido mal" porque si has pedido mal es que has pedido cosas malas. Y, del mismo modo que el valor se presupone en la mili, estaremos todos de acuerdo en dar por hecho que a nadie se le ocurriría la sanjurjada de incrustar malos platos en una carta.
No, salvo que los de los restaurantes sean unos cabrones y preparen platos hechos con caca y, para echarse unas risas, no te expliquen que, en su lengua secreta, "puturrú de fuá a las finas sensaciones del aire fresco de una tarde cualquiera primavera, tirando más hacia verano", quiere decir "plato trampa, tonto el que lo pida".
Así que al que venga ahora a contarme que pedí mal, lo enviaré amablemente al pedo.
Lo único bueno que diré del sitio, es que el servicio es muy, muy, muy amable. De lo más atento que he visto en Madrid, y con unas tremendas ganas de agradar. Pero no estaban muy curtidos; tenían menos rodaje que un coche recién salido de la fábrica. Cuando te explicaban los platos, qué tienen, cómo se preparan o cómo se comen, me recordaban bastante a aquellos niños del cole que llevaban la lección regularcillo el día que tocaba hablar en clase.
Y en cuanto a Hiroshi, el dueño, me pareció un tipo encantador, me hizo mucha gracia su peinado de Bola de Dragón y me parecieron muy interesantes y muy sólidas todas las historias que nos contó de sus restaurantes, su comida etc. pero de la palabra al plato hay un rato, y en este caso, un rato muyyyy largo.
Comimos:
BERENJENA CON MISO ROJO: honestamente, una pasada. Riquísima, espectacular y todo lo bueno que un vocabulario más rico que el mío pudiese decir. Ahora bien, que una berenjena sea lo mejor que comas en uno de los -said to be- mejores japos de España habla por sí solo del resto. DELICIOSA.
SOPA DE MISO: pues me pareció sin más, tirando a menos. FLOJITA.
NIGIRI TORO: malos, y si los comparo con los que Sushi 99, Kabuki, etc. quizá tuviese que optar por palabras más gruesas. El arroz quebradizo, se deshizo al cogerlos con los palillos. Y el toro, pues en fin, un color rojo muy suave tirando a... asalmonado. Tan asalmonado que estuve a punto, antes de echármelo al gaznate, de preguntar si no se habían liado y me habían colocado unos de salmón. Y sin vetas de grasilla. Coño, se supone que el toro, que es como el jamón ibérico pata negra de bellota del atún, que es de un rojo carmesí y tiene unas vetas, bien entreveradas, de grasa casi como las de la carne de kobe. Pues aquí, de eso, nada. MALOS.
NIGIRI HAMACHI: o lo que es lo mismo, de pez limón (vamos, el jurel, o la servia, o lo que sea, pero vamos, básicamente un primo del chicharro, pero claro, decir chicharro no tiene glamú). Ni fu, ni fa. Insípidos (dentro de que este pez no es un derroche de sabor) y el arroz como en los de toro, frágil como la salud mental de la Duquesa de Alba. CORRECTILLOS.
MAKI DE ATÚN PICANTE: BUENO.
WAGYU SHABU SHABU: una marranada. Una carne de wagyu cojonuda, que te sirven cruda y cortada casi como si fuese carpaccio (y que por cierto, me comí tal cual y estaba de muerte), que te hacen meter en agua hirviendo con verduras, con lo cual se queda como cuando haces un filete en un microondas, recocida que da pena. BUENA FORMA DE JODER UN BUEN PRODUCTO.
POSTRES: harumaki de chocolate, por una lado, y tarta de manzana, por otro. Correctos, pero como siempre en los orientales, completamente sin más.
Esto con dos aguas y una botella de Terras Gauda (cobrada a un muy correcto precio de 25€, si contamos con que vale 14 pavos en tienda) 130 euros, 65€/barba, que me resultaron como pagar cuatrocientosmilmillonesdeeuros en cualquier japo “top”, que diría el amigo Llourinho.
listas: Comida
Una cosa más. El servicio del vino es, como mínimo, deficiente. Una cosa es intentar rellenar copas con prestancia, estar al quite cuando una copa se vacía, etc. Otra cosa, bien distinta, es que parezca que intentas que el cliente se coja un coma etílico. A la segundamás "recarga", en la que me llenaron la copa tanto que pensé que pretendían ahogarme en ella, opté por un "trae la botella p'acá, que me estás poniendo de los nervios".
Que gusto ver que no fui el único que comió de culo. El jueves si tengo tiempo cuelgo mi opinión, y así por lo menos somos dos que discrepamos de la mayoría.
lo tengo pendiente y iré en breve pero que sepáis que me habéis dejado bastante preocupado, 'ámbolosdous' que se dice en mi pueblo.
bueno igual te va mejor. a veces es cuestion de suerte, todo el mundo tiene un mal dia y si te toca a ti... pues bingo. otras veces es, como diria guardiola, cuestion de feeling. a mi personalmente me decepciono bastante, xo hay mucha gente a la que le gusta.
Ten Con Ten
+34 915 75 92 54
Calle de Ayala 6 <m> Serrano 4 Madrid, Madrid provincia, España 40.4279562 -3.6886983
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Nine of Ten
Me siento frente a la pantalla y casi siento vergüenza de poner un solo dedo en el teclado. No puedo escapar de la sensación, casi certeza, de que escribir sobre Ten con Ten, a estas alturas de la película, es un poco como lo de los Yankees y la máquina Enigma en la Segunda Guerra Mundial, que para cuando quisieron descifrar los códigos ya estaban colgados en Google.
Ahora bien, que nadie pretenda hacerme pasar por un desinformado de la actualidad gastronómica madrileña, ni por un laggard cualquiera de la moda culinaria de esta nuestra Villa y Corte (lo segundo lo será, al menos, hasta que la Leti le eche el guante al trono, después de eso, veremos).
Querer, llevaba queriendo cenar aquí desde diciembre de 2011. Cenar, he conseguido cenar el pasado viernes (no, no estás errando e cálculo. Son, efectivamente, tres meses y medio de cola para reservar!!!).
Aviso para navegantes que, tras leer esta crítica quieran conocerlo (dudo que quede nadie, creo que he sido el último de todo Madrid en ir), pedí esa misma noche mesa “para cuando hubiese” (porque pretender que te la den el día que tú quieras es como pedirle un milagro a cualquier dios que no sea nuestro todopoderoso Hacedor Cristiano), y me la han dado para FINALES DE JUNIO!!!
Y claro, partiendo de esta premisa la primera pregunta que absolutamente todo el mundo, sin excepción, te hace es, no podría ser de otro modo, ¿está justificado todo ese tiempo de espera?
La respuesta, puedo afirmar con rotundidad y sin miedo a equivocarme es un radical e inamovible NO. Y decir que no es perfectamente compatible con pensar que es un muy, muy, muy buen sitio y con otorgarle cinco estrellas o un 9 sobre 10 (de ahí el título de esta crítica).
He comdo en (casi) todo tipo de sitios a lo largo de mi vida: muchos restaurantes con una y dos Estrellas Michelín (con tres, para mi desgracia, no), otros tantos que sin tenerla sí la merecen, algunos que cuando estuve no la tenían y posteriormente la obtuvieron y unos pocos en los que ocurrió todo lo contrario. He conocido bares, baretos, tascas y mesones, hamburgueserías y pizzerías, trattorias y chinos, japoneses, franceses, indios, libaneses y de absolutamente todos los tipos.
Y nunca, nunca, nunca, me ha parecido que ninguno de ellos pudiese justificar tres o cuatro meses de espera para obtener una reserva. Ni siquiera creo que uno.
Entiendo que en un garito, uno muy bueno y muy de moda, puedas no encontrar mesa un lunes para un viernes. Incluso con un par de semanas de antelación me parecería medio razonable.
Eso me parecería, hasta cierto punto, entendible en un Kabuki Wellington, un Diverxo, un Akelarre, un Etxanobe o un Atrio. Pero es que no te pasa!!! (el único sitio del que haya oído algo semejante es de el difunto Bulli, pero claro, también es cierto que habrían cuatro ratos cada siglo y medio…).
Así que, el hecho de que haya más de un tercio de año de espera para poder cenar en un gastrobar, bueno, pero un puto gastrobar a fin de cuentas, quiere decir que el mundo se ha vuelto gilipollas.
Y digo que es el mundo el que se ha vuelto gilipollas porque, después de todo, la cola interminable no se la saca el dueño de la manga, sino que la generamos los clientes yendo como borregos, en tropel y como si no fuese a haber día de mañana, al mismo sitio.
Pero bueno, hechas estas reflexiones que a mí me encantan y que nadie se lee, hablemos del sitio, que es un gran sitio.
Los santos varones (y que aquí se den por inclusas las santas hembras, porque yo hablo español, no zapateroñol) que tengan la infinita bondad de leerme a menudo, sabrán que odio la mayor parte de los gastrobares (que no el concepto de gastrobar en sí, porque me parece muy interesante).
Pues bien, este es uno de los muy pocos de Madrid que sí ha dado con la tecla. Han conseguido un punto de equilibrio bastante razonable entre las cenas sentadas, las copas “de charla”, el picoteo informal y la última fase de “musica-a-toda-leche-y-la-peña-se-viene-arriba).
Diría que los únicos gastrobares de Madrid que me gustan son, por este orden: 10con10, La Cesta de Recoletos (aunque me parece más un restaurante normal), Boggo y, a cierta distancia Whitby (y alejándose). Tomate, Luzi Bombón, Le Cabrera, etc., etc. etc. me parecen unos engendros abominables y unos finstros pecadores de la pradera. Jarl.
La ubicación es cojonuda, tienen aparcacoches y el local es una chulada. Con una mesa muy bonita a la entrada (la mejor del garito) que parece que está en una frutería de esas del Barrio de Salamanca en las que dan ganas de comerse todo, una barra enorme, algunas mesas altas y un comedor al fondo que está bastante chulo.
La comida es muy buena, no podía ser de otra forma teniendo en cuenta que esto es algo así como la versión menos cara (no confundir con barata) de El Paraguas, uno de los mejores restaurantes que operan hoy en Madrid.
El servicio es correcto, y para el cisco que tienen montado son incluso agradables, pero no dan abasto (deberían meter 2 o 3 personas más por lo menos). El único fallo imperdonable es que no tienen donde guardarte el abrigo, lo cual en invierno es algo más que una putada, además de una falta de sentido común, por su parte, que asusta.
Toda la carta es apetecible, “llama”, y eso es lo mejor que creo que puedo decir sobre los platos de cualquier sitio. Todo lo que lees es sugerente, y todo lo ves pasar con destino a otras mesas confirma las sensaciones que el papel te adelanta. Es completa y hay de todo. De la de vinos no puedo decir nada porque no la vi.
Las raciones están en algún punto indeterminado entre correctas y generosas. No son la leche, pero tampoco puedes decir simplemente que cumplen.
Cenamos cuatro personas (de buen comer) y con cinco platos/raciones y un postre nos quedamos satisfechos:
CROQUETAS DE TIGRE: con auténtico felino de Bengala cazado con lanza… o eso pensé al leerlo. Qué puta manía de poner cosas así, es como esa moda de las pseudoperiodistas del corazón de decir “nos informan de Zarzuela”. Si te informan de Zarzuela, te están dando información sobre un canto lírico menor. Y si te informan desde LA Zarzuela, te están contando qué pasa en la casa del Rey. Pues lo mismo, que me digan que son de mejillón, porque claro, luego me llevo una desilusión que no veas… Ahora en serio, con buenos trozos de mejillón, buena bechamel y buen rebozado. REQUETEBUENAS.
RISOTTO (SIN ARROZ) CON TRUFA: ¿sin arroz? Eso es una negación de la naturaleza del plato, una religión sin Dios, un partido sin balón. Pues bien, es posible, muy posible. Usan sémola y está COJONUDO.
HAMBURGUESA DE PIXÍN: más bien diría que filete ruso de pixín (rape en astur/bable). Con un empanado finito. RIQUÍSIMA.
MOUSSAKA DE BERENJENA: cremosa, suave y sabrosa. MUY BIEN.
CARRILLADA: en mi pueblo carrilleras. Lo más flojo de los cinco platos. En salsa, ricas, pero no al nivel de los demás platos. CORRECTAS.
CHOCOLATE A LA REINA: para fans del chocolate. MUY RICO.
Todo esto con 8 copas de verdejo (mala idea, suman 30 pavos, por esa pasta te atizas una botella de un riesling o un albariño mejor, segurísimo) y tres gin-tonics (Martin Millers y GVine, todos con Fever Tree, creo recordar) 180 pavos con propina (45 € por culo), un precio más que correcto para un sitio así, posiblemente el sitio más de moda de toda España.
Notas de color:
1. Marichalar, uno de mis putos ídolos, arrastrando la pata chula por allí (hecho un pincel, un brazo de mar, como los chorros del oro, por supuesto).
2. Composición de la clientela: 20% jóvenes pijos; 20% divorciadas (algunas buenorras, otras menos…) tipo “Mármara” y 60% ejecutivos y empresarios forrados, disfrazados de Nanín el del Real Madrid con sus putas/amantes/novias/mujeres-paralelas 700 años más jóvenes que ellos.
Cañadio Madrid
+34 912 81 91 92
Calle Conde de Peñalver 86 <m> Diego de León 4 5 6 Madrid, Madrid provincia, España 40.4333713 -3.67501779999998
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De Cañadío, me fío
Cantabria, la Montaña, que es como nos solazamos en llamarla aquellos que hemos sido bendecidos con la suerte y el privilegio infinitos de criarnos al amparo de su generoso regazo, es una suerte de paraíso en la tierra.
En ella fluyen y confluyen, coexisten y se entremezclan, en el sentido más ampliamente machadiano del concepto, paisaje y paisanaje sin igual.
Lo evocador de la verde colina, de la fértil pradera, la emoción de la brisa marina que acaricia el rostro, la alegría de sentirse en la tierra prometida, caminan de la mano, en perfecta y equilibrada armonía, con sus gentes de bien, con las personas sencillas, severas en el trato pero amplias en corazón y bonhomía, que pueblan todos y cada uno de sus recovecos, conformando un todo que, sin la reciprocidad de cada una de sus partes, carecería de sentido, sería una nada.
Y se come de P-U-T-I-S-I-M-A M-A-D-R-E. Y es que, como diría el amigo Revilla, Cantabria me pone.
Tenemos buenos quesos, tenemos buen marisco, buenas carnes y buenas legumbres. Hay buena leche, buenos espirituosos y aún mejor repostería. Buenas patatas y buenos pescados. Tenemos de todo. Y de todo, lo mejor.
Así que de un sitio como Cantabria sólo pueden salir cosas buenas (bueno, cosas buenas y David Bustamente, que ni siquiera Cantabria es perfecta…).
Y una de ellas es el Restaurante Cañadío. Una pequeña embajada de nuestra Tierruca, así, con mayúsculas, en la capital. Para dar el salto a la villa y corte desde un negocio de provincia y plantar allí una sucursal, hay que tenerlos muy bien puestos, especialmente en hostelería, donde la competencia es de una voracidad brutal y despiadada. Pero desde luego que si hay un sitio con buenos mimbres para triunfar en esa ardua lid es, sin duda de ningún género, Cañadío.
Paco Quirós, el dueño, jefe, cabeza pensante y brazo ejecutor de todo el tinglado, vamos, un genuino hombre orquesta (todo lo anterior no tiene por qué, ni de hecho suele, confluir en una misma persona), lleva años regentando uno de los, a mi entender, mejores y más inteligentemente gestionados negocios de todo Santander y diría incluso del norte de España: el Restaurante Cañadío.
Este garito, que toma su nombre de la plaza en la que se encuentra (junto a la Iglesia de Santa Lucía, detrás del Paseo de Pereda y de la Plaza de Pombo, poco después de pasar el arco del Banco Santander en dirección Reina Victoria), y en el que he parado en múltiples ocasiones porque queda debajo de casa de mi tía (donde me quedo a dormir cuando las copas impiden tocar el coche, que es casi siempre), no me gusta. Me encanta.
Tiene dos partes bien diferenciadas con dos conceptos completamente opuestos. Por un lado, una barra exuberante de pinchos, que se renuevan periódicamente y que son tan ricos como generosos. Por otro, un restaurante de mantel y servilleta, que sirve una bien pensada cocina de mercado, con el equilibrio justo y necesario entre tradición y preponderancia del producto y su calidad y elaboración e innovación. Y a unos precios absolutamente adecuados. Ni caro, ni barato. Sólo lo que deben valer una comida y una atención más que buenas.
Así que lo que han hecho es, punto por punto, trasladar esa idea de la Bahía de Santander a un páramo de la meseta castellana. Porque si una idea es buena, está más que probada y funciona, ¿por qué cambiarla?
El único “pero” que le encuentro a la sucursal madrileña es la ubicación. Estaremos de acuerdo en que Conde de Peñalver es Barrio de Salamanca, pero es un tramo que ya es más “Barrio” que “Salamanca”, no se si me explico. Este sitio reúne condiciones más que suficientes para plantarse, aguantar y llevarse a más de dos y tres por delante, en pleno meollo. Tenía que estar en Jorge Juan, o en Ayala, o en Núñez de Balboa.
Tienes tres restaurantes en uno: la consabida barra con los consabidos y buenos pinchos, y dos comedores, uno, dentro de que el local es muy bonito y muy acogedor, más de “batalla” y en el que se sirve la carta “Basic” y otro en la planta superior donde se sirve la carta completa. Todas las opciones son buenas y todas ofrecen una relación calidad/precio absolutamente óptima.
Recomendar, recomendaría todo lo que ofrecen, como las carrilleras (con una salsa espeluznantemente buena), el cachón en su tinta, las mollejas con setas, las patatas con huevo y foie… todo está bueno. Y los postres son espectaculares. Creo que puedo decir que la tarta de queso casera que sirven es, con la de limón de José Luís, la más rica que he comido en Madrid. Y muy importaten, tienen HOJALDRE DE TORRELAVEGA.
La carta de vinos, a precios razonables, quizá no acabe de estar bien pensada respecto de la comida, pero tampoco desentona.
Por entre 10 y 20 € comes de pinchos muy ricamente. Por entre 20 y 35€ comes la “Basic” a base de raciones fenomenal. Y por entre 35 y lo que quieras gastarte, comes la carta completa, que es cojonuda (hamburguesa de atún, que nadie se vaya sin probarla.
Un sitio fabuloso. Una comida genial. Un gran servicio.
listas: Comida
GastronoME!
+34 915 76 09 56
Juan Bravo 11 <m> Núñez de Balboa 5 9 Madrid, Madrid provincia, España 40.4329018 -3.6831742
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Para GastronoMEAR Y NO ECHAR GOTA (o el arte de construir la casa por el tejado)
Dicen que los años dulcifican el carácter, suavizan los malos ánimos y proveen del poso necesario, que el ímpetu de la juventud nos niega, para digerir los trances más nefastos.
Y yo digo que una leche.
Hay cosas que no se podrían dulcificar ni echándole toda la puñetera caña de azúcar del Brasil, que no podrían suavizar ni el osito de Mimosín y el corderito de Norit juntando sus superpoderes y que no serían susceptibles de ser digeridas ni por una maldita pitón reticulada.
Este tugurio es una de ellas y, honestamente, no veo cómo los años podrían mejorar mi percepción de él. Porque, como dijo un señor mucho más sabio que yo y que se llamaba Murphy, las situaciones, por malas que sean, siempre y sólo tienen margen para empeorar.
Y lo harán, aunque aquí lo tengan complicado, por no decir que imposible.
El garito que hoy ocupa nuestra atención pertenece al género de los GastroBares, orden de los baretus restaurantis pretenciosae, reino de los chorizata (según la Taxonomía de Linneo).
Esto es algo que me apena, porque si bien el concepto de fusionar restaurante, tomacopas y ambiente moderno me parece de lo más atractivo, apenas sí he estado en alguno en el que hayan dado con la tecla. Al final, la mayoría de ellos acaba por ser como un Aston Martin Lagonda, pretendidamente innovador, ruidoso, caro y poco fiable.
He pensado en ello largo y tendido, lo he flexionado y reflexionado, y le he dado vueltas una y otra vez. No sé si GastronoME es el peor sitio en el que he estado en mi vida, que bien podría, pero lo que sí afirmaré con rotundidad y sin medias tintas es que ha sido la experiencia gastronómica más nefasta que me he visto obligado a sufrir desde que tengo memoria.
Y ojo, porque tengo mucha.
Sin embargo, y como nos gusta ser justos (tanto como referirnos a nosotros mismos como "nos"), ni podemos ni debemos negar al César lo que es del César. Y si hay algo que debe reconocerse a la gente de GastronoME es que son unos auténticos innovadores.
Efectivamente, han innovado. Han conseguido reinventar el concepto de ruido, llevándolo a una dimensión hasta ahora desconocida, hasta el siguiente nivel. Al olimpo. A la cima. Al summum. Al infinito. Al omega.
El nivel de ruido, infame, procaz y funesto, es, con muchos cuerpos de ventaja, lo más reseñable del restaurante.
Habíamos quedado con unos amigos de mi novia para que (yo) los conociera. Y vernos, nos vimos. Conocernos, pues no del todo. Aún no sé como se llaman, ni a qué se dedican ni de dónde son. Pero en qué mercadillo compra las bragas la maruja de tres mesas mas allá y dónde se hace las ingles la de cinco más acá me quedó claro como una mañana de verano, cristalino como las límpidas aguas de un manantial.
Si los dueños me pidiesen mi opinión, que no creo que les importe un pito por otra parte, sugeriría que contemplasen la posibilidad de cambiarse el nombre por algo así como "La Fábrica", porque lo único que generan y venden es humo.
Mucho Barrio de Salamanca, mucho vinilo de Bansky y de von Aachen, mucha literatura, mucho disfrutar y mucho rollo del Mar Muerto, pero nada de servicio, nada de comida, nada de saber hacer, y nada de nada de nada de lo que es realmente importante en un sitio al que, si eliminamos todo el ornamento y lo accesorio de la ecuación, se va esencialmente A COMER.
El local es un semisótano con una acústica nefanda, donde lo único que se ven por los ventanucos (que no ventanas) son los pies de la gente, y,si hay suerte, la pilila de un perro haciendo pipí. O si no la hay, el traspuntín de un idem haciendo popó.
El servicio es de risa (al menos para un sitio que pretende estar "in" y ser "cool"). Las camareras nos interumpieron veinte veces e importunaron otras tantas, y no tenían ni puñetera idea de absolutamente nada. Los comentarios sobre los vinos (de los cuales por cierto, no tenían, UN VIERNES!!!! ni un tercio de los que ofertaba la carta) no voy a reproducirlos aquí porque algunos podrían ser constitutivos de delito, y los de la comida no les iban a la zaga, como afirmar que tienen uno de los mejores sushis de Madrid -poco sushi han comido-, y que el plato estrella eran los MAKIS CALIFORNIA, que es algo así como si yo te digo que soy especialista en comida italiana y que mi especialidad son los macarrones con tomate Apis.
Es verdad que son amables, malos pero muy amables, que sacan unos aperitivos muy ricos y que la comida no está mal del todo, diría que incluso algunas cosas estaban bastante buenas (el huevo a baja temperatura NO es una de ellas, un bluf). Incluso me pareció barato (20 €/barba y comimos decentemente). Pero ni por esas se salva.
Para lo que tiene mala pinta es para tomar una copa en la barra de la entrada, o incluso para picar algo allí mismo, pero poco más.
Porto Rubaiyat
+34 913 59 56 96
Calle de Juan Ramón Jiménez 37 <m> Cuzco 10 Madrid, Madrid provincia, España 40.460197 -3.686525
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G.A.S.P. (Güeno Aunque Sobrado de Precio)
Noches y noches pasando frente a su puerta de vuelta a casa, cansado, derrotado y muerto de hambre, castigando mi olfato con su olor a parrilla de carbón, fustigando mi ojos con maravillas de pecaminosa carne y salivando como sólo un chacal en ayunas haría frente a un caballo muerto, habían despertado en mí no ya la intención o la voluntad, sino más bien la absoluta e imperiosa necesidad, de poner el culo en una de sus mesas (o mejor en una de sus sillas por deferencia hacia al resto de comensales) y dejarme llevar sin reparo alguno por el quinto Pecado Capital.
Ergo, ni corto ni perezoso, he ahí que me planté en Rubaiyat el pasado domingo, es decir, haciendo el dominguero, en compañía de un muy buen amigo y con la nada sana intención de pegarnos un buen homenaje y salir rodando.
La zona es tan agradable y cómoda (hay aparca, por cierto) como dura, durísima, para un restaurante cuyo “core business” sea la carnaca, porque en un radio de 500 metros tienes El Cacique, El Frontón o De María, y si lo amplías un poco puedes incorporar a la terna El Asador de la Esquina, El Asador de Aranda, Txistu o Donostiarra. Eran pocos y parió la abuela.
El exterior es frío y anodino. Los ventanales aportan luminosidad al interior, pero te exponen totalmente a la calle. Es un poco como estar comiendo en un escaparate, pero sin el “un poco como”.
A pesar del enorme tamaño, los techos altos y la distribución diáfana, el comedor resulta bastante más acogedor de lo que cabría esperar. Es una mezcla entre rústico y minimalista, como esas casas de campo del A&D.
Lo mejor son las mesas. Las mesas, esas grandes olvidadas, suelen ser un elemento al que habitualmente no presto mayor atención. Ni yo ni nadie que no sea un raro.
Que no sea un raro o que no sea mis amigos Gabriel y Guillermo, que además de raros y hermanos son arquitectos (es decir, “raritos”) y cuando van a un garito se fijan en lo modernas que son las sillas. Pero claro, cuando te ponen a comer encima de una loncha preciosa de madera del diámetro de una rueda de tractor y te explican que está cortada de un único árbol del quinto cuerno de la selva amazónica, pues como que la cosa cambia y ya le haces un poco más de caso al tema.
La cocina, limpia como una patena incluso en pleno horario de comidas, está completamente expuesta. Para eso hay que tener varios pares de huevos.
El servicio es amable, simpático y muy atento. Juraría que brasileños (el restaurante al lo menos lo es). Que si te sirvo el vino por aquí, que si te falta pan por allá, que si me llevo esto y te traigo lo otro por acullá. Son como putos ninjas, aparecen y desaparecen por arte de birlibirloque.
En la carta hay de todo, incluso pescados, pero pedirlos aquí, por muy buenos que sean es como ir a comer fabada a un chino.
La carne es Alfa y Omega. Come sólo carne: carne de entrante, carne de principal y carne de postre. Hay buena de origen nacional, gallega, pero pedirla es una cagada como un piano de cola. Cagada que yo cometí, por cierto.
¿Y por qué? Por Brangus y por Tropical Kobe Beef. ¡¡¡¿¿¿Y eso qué es lo que es???!!!
Imagínate que quieres hacer un súper tenista. Y para eso pones a Rafa Nadal y a Serena Williams a hacer un hijo y le llamas Brangus. Pero como eso te parece poco, pues pones a esa bestia parda a hacerlos abuelos con una hija de Roger Federer y Steffi Graff, y a ese nieto le pones Tropical Beef Kobe.
Pues eso son Brangus y Tropical Kobe, dos pepinos de carnes. El Brangus es un cruce de la raza inglesa Angus y la yanki Brahman, que son dos de las mejores del mundo.
Si a eso le añades el gen del buey de Kobe, el Wagyu, se te va la olla y de paso obtienes el Tropical Kobe.
Adoro el Wagyu. Es al resto de bóvidos del mundo lo que el cerebro de Stephen Hawking al de Belén Esteban.
La carta de vinos es excelente. Cientos de referencias de varias D.O. y países. Para lo caro que es el sitio el precio no es excesivo en vinos destinados al consumo humano. Si eres Florentino Pérez y tiras de vinos para seres superiores pues a lo mejor te mola pagar 580 pavos por un L’Ermita Priorat –no, no es el magnum-. En promedio estarán hinchados un 100%, que siendo una burrada no llega al 300% que he llegado a ver por ahí.
Comimos:
PROVOLETA: la típica provoleta de cualquier argentino. CORRECTA.
MORCILLA: realmente buena, pero son cuatro (4) trozos enanos y por lo que cuesta la ración voy a Sotopalacios y lleno el maletero. NO VALE LO QUE CUESTA.
MASTER BEEF: chuletón de vaca vieja gallega para dos (y para tres salvo que sean unos zampabollos como servidor). Muy bueno, hasta la grasa está rica. Te la pasan por la parrilla de carbón y la rematas al gusto en la mesa.
SORBETE DE LIMÓN: sin más. Había postres mejores pero el cuerpo nos pedía de rodillas algo digestivo.
Con un Pesquera 2008 crianza (29 €, 16 en tienda), agua, pan, un generoso aperitivo y propina 155€ (77,5/barba).
El pan, casero y absolutamente delicioso, es caro, 4,90€, pero miga por miga lo vale. El de aceite es auténtico “de pueblo” con aceite virgen extra, el de cereales riquísimo y una especie de rosquilla que ponen en una peana de madera es como para abrirla y hacerse un bocata.
Un buen sitio y una buena comida, pero excesivamente caro. Esa comida debería valer 30 o 40 euros menos. En 50-60 pavos por cabeza estaría en una RCP perfecta.
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