PASSAU, la bella desconocida
La última ciudad de Alemania en el camino del Danubio, es una bella desconocida. Proyectada como la quilla de un navio entre el indolente y femenino Danubio y el rugiente y varonil Inn, que da vigor a una corriente que ya alcanza el carácter de un río oceánico a patir del punto donde Passau pone el mascarón en forma de un romántico e inolvidabe parquecillo, donde la gente de forma natural, calla y mira hacia adelante. Todo lo demás, la ciudad exquisitamente provinciana, barroca sin estridencia, antigua hasta los celtas y la vigilia romana durante cuatro siglos, queda eclipsado ante el espectáculo del Inn fecundando al Danubio, intercambiando sus colores, hablando de sus orígenos a través de sus diferentes sedimentos. Releer a MAGRIS en el espolón mientras te dejas mecer por el sonido de un choque sin mas violencia que la belleza y la fantasía. Desde ese mascarón hasta el Mar Negro, se percibe un cambio, un dejar atrás el sueño de la razón para entrar en el terreno de lo ignoto. Ese fin de civilización que vivieron aquellos vigías romanos, sigue siendo una inexplicable emoción en este momento. El restaurante que oferto está en tierra de nadie, equidistante entre en Danubio a la izquierda y el Inn a la derecha. Un edificio del Siglo XIV, equidistante entre el mundo latino y el contemporáneo, donde se come espléndidamente por un precio asequible. pero lo importante es qu eme ha permitido hablar de Passau.
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RECOMENDABLE
No debe asustarnos la decoración. La Villa de los Misterios pompeyana es coetánea con el Santo que da nombre a la plaza. Misterio, el del Cristo del Gran Poder que no está nunca solo, como esos Cristos urbanitas abandonados en la ocuridad de las parroquias burguesas. Volviendo a la manduca, se come bien, sin estridencias, un menú largo y estrecho, bien armonizado, comedido en cantidades - casi lo terminas sin riesgo -, un poco pasado de aceite la tempura de verdura como crítica de quien no es crítico. El cocinero una buena persona, merece mejor trato por las "autoridades gastronómicas" que dan y quitan famas con tanta facilidad. La mejor copa de Armagnac de mi vida se la debo a su agradecida atención a mi comentario. Volver a casa fue una odisea despues del "ballon". ¡Qué decir de Sevilla! solo aquello tan cidiano "si oviera buen señor".
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Sobre todo los postres
De este restaurante oscense, posiblemente sobrevalorado en la Guía Michelín, una estrella, destacar los postres. Difíciles de olvidar, algún día iré a pedir los seis u ocho que hacen la carta. Un capricho digno de aquellos legendariso gourmands del XIX, el siglo de Lillas Pastia y de sus padres espirituales, Bizet y Merimée. En una ciudad sin atractivos, una rara perla culinaria esta del Lillas Pastia en su decadente escenario modernista de provincia.
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