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Madrid en el alma.
Ciudadanía del mundo
por elección
y porque es así.
"There are no holy places,
and no holy people,
only holy moments,
only mome...

Ohio Goza i Más

Kokugikan Sumo Stadium

+81 3-3623-5111

1-3-28 Yokoami Sumida ku Tokio, Japón

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El templo del Sumo

Ohio Goza i Más lo descubrió en mayo de 2010

'me encanta, uno de mis favoritos' 'me encanta, uno de mis favoritos'

Qué día tan estupendo he pasado viendo lucha pura!

El sumo se remonta a hace más de 1500 años, siendo un arte de inspiración y expresión shintoísta (religión autóctona del Japón), pero los torneos como hoy los conocemos datan del SXVII.

Los jóvenes que deciden dedicarse al sumo empiezan muy pronto con estas cosas de la lucha y del funcionamiento de las canteras de futuras promesas. Ejecutan todo tipo de tareas, entre otras estar al servicio de los luchadores más experimentados. Tienen un ritmo de vida casi monacal, con largas horas de entrenamiento, comida y cerveza abundantes, y siestas para facilitar la absorción de lo ingerido.
Muchos de estos titanes miden más 180 cm, llegando a poner más de 150 kg sobre la báscula.

El sumo es uno de estos deportes que han cambiado muy poco con el paso del tiempo, donde los protagonistas son venerados cuales dioses. Aunque en los últimos años muchos de ellos vienen de diversos lugares (Hawaii, Mongolia, China, países bálticos, Bulgaria...) todos son populares, tienen sus fans y sus mecenas y el negocio que se mueve alrededor del sumo no es cosa insignificante.

Si quieren leer más sobre los diferentes grados que los luchadores pueden alcanzar, vayan a la página web del comienzo para tener información digna de este nombre (en inglés). Sólo contarles que el Gran Luchador por excelencia es llamado Yokozuna, y sólo aquél que ha ganado ininterrumpidamente una serie de torneos merecerá ese título, vitalicio una vez alcanzado este estatus de casi-deidad.

Muchos son los llamados, pocos los elegidos. Hay sin embargo una vida después del sumo, aunque tiene sus inconvenientes: trajes a medida, problemas en los transportes públicos y secuelas en la salud. Todos se suelen retirar algo más jóvenes que los futbolistas, iniciando entonces carreras de empresarios, jueces en torneos, o feliz jubilación si sus mecenas fueron generosos y si él o su mujer no dilapidaron el maná antes de tiempo.

Hay que ir a ver un torneo al menos una o dos veces para captar esa atmósfera que no se percibe desde la televisión: la gente felizmente instalada cual Lúculo en tatami o sillón, charlando, siguiendo los combates, comiendo, bebiendo, concluyendo negocios, llamando la atención (ser futura esposa de sumo-san puede de hecho tener ciertas ventajas, aunque no me atreveré a entrar en detalles).

Los días son largos: se puede acceder al templo desde las ocho de la mañana e ir a ver a los alevines y futuras promesas hacer sus pinitos.

Hacia la una de la tarde se pueden empezar a ver calibres de envergadura, pasando a cosas mayores a partir de las tres y media.
Las loggias se llenan de público, la gente está calentita y contenta, se oye griterío de emoción, voces femeninas de fans enloquecidas, voces masculinas de hombres mayores que van a vivir su propia terapia en la histeria colectiva.

Los prolegómenos de la lucha son de lo más interesante, donde una estudiada táctica de disuasión y pseudo-provocación hacia el contrincante hace que a la audiencia se le ericen los vellos. Sin embargo, ahí los tienes, los superhombres ponen cara de ángel, se inclinan, se purifican, se lanzan miraditas asesinas, el árbitro les incita al combate, puños al suelo... y empieza la contienda.

Sorprendentemente, lo que es el encuentro en si apenas suele durar unos segundos, donde hay literalmente tortas, agarradas al cinturón taparrabos, empujones, zancadillas o subida del contrincante más ligero por los aires para sacarle del círculo de cuerda sobre el "dohyô" o gigante plataforma de arcilla.

Hay ceremonia de entrada y salida, con todos los sumo-san (rikishi) ataviados con pesados delantales de seda bordada. Un pregonero lanza con su voz teatral los nombres de cada contrincante antes de cada combate. Seda, cuerda, sudor, sal, agua y arena.

El público tiene la vida fácil: hay cosas para comer, para beber, te sirven donde estás, te puedes mover, puedes salir una vez a hacer la compra y volver otra vez, se pueden hacer fotos, pedir autógrafos a los dioses, ver al Emperador de lejos cuando honra el lugar con su presencia...

Qué ambiente, qué devoción, qué clima de sana afición!
En definitiva, sumo placer...

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