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Ocupar cualquiera de sus 16 sillas constituye un auténtico capricho para los amantes de la buena cocina de mercado; no en vano, detrás de los fogones de Antojo se esconde el chef César Rodríguez, discípulo del prestigioso Abraham García, que lleva las riendas del no menos afamado restaurante Viridiana.
Tan pequeño como su espacio, adornado únicamente por un cuadro abstracto en una de sus paredes, es la selecta carta, que sólo alberga, por un precio medio de entre 50 y 60 euros, cinco primeros platos, seis segundos -tres carnes y tres pescados-, cinco postres y ninguna especialidad, pues las recetas creativas y de fusión que desarrolla César Rodríguez se van renovando constantemente desde que abriera el local en 2005, al igual que su selección de vinos, tanto españoles como internacionales.
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ver más: restaurants creative cuisine en Madrid
patrocinado
"Super-recomendable"
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Un restaurante pequeño, apenas unas 3 ó 4 mesas a la entrada y otras 3 ó 4 en una salita más al fondo. La sala es agradable, bien iluminada, puesta con cariño y tranquila. Las mesas amplias y suficientemente separadas para permitir una conversación sin que te oígan los de al lado.
Es uno de esos sitios que no sé muy bien por qué no es mucho más conocido. La comida es realmente estupenda. Original, rica y muy bien cocinada. Me encanta además los sitios que se toman seriamente la oferta de pan ofreciendo distintos tipos de pan todos sabrosos. Me recuerda al Lúa (11870.com/pro/restaurante-lua) o al Diverxo (11870.com/pro/diverxo). Lo que más me gustó fueron las habitas con guisantes y con huevo poché y el arroz caldoso. El servicio es gracioso, un señor como con pinta de despistado y algo desaliñado pero que te atiende con mucha amabilidad. Comer sale como por 40-50 euros por persona más el vino.
Manteles y servilletas de tela.
"Salvo que estaba desangelado, bien "
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He de reconocer que no entre con demasiado buen pie, un local pequeño, con pocas mesas y literalmente vacio, y eso que era sabado a las 22.30 (bueno habia una mesa de dos que al final resultaron ser amigos de los dueños) y viendo que el chef era el propio camarero, la cosa no tenia muy buena pinta.
Sinceramente el chef/camarero majo atento aunque se metia un poco en nuestra conversación, no mucho pero suficiente como para que acabaramos dejando de hablar cuando el salia de la cocina... un poquillo incomodo.
La comida, realmente sabrosa, una carta ridiculamente corta, pero muy muy muy imaginativa, la verdad es que estaba todo sabrosisimo, muy rico todo, desde el aperitivo hasta el ultimo plato... yo destacaria la anguila que estaba deliciosa....
Buena y fenomenal a nivel calidad / precio la carta de vinos... y poco mas...
Sobre 50 por barba, iba con amigos de Barcelona y se quedaron sorprendidos de lo barato que fue, a mi me parecio que estuvo bien al haber tomado dos botellas de vino.
" El mejor restaurante que he conocido en los últimos años"
Ha sido una experiencia inolvidable. El restaurante pequeño pero acogedor, el servicio encantador y la cocina maravillosa.
Nos recibieron una amplia sonrisa sincera que es tan difícil de ver en estos tiempos lo que hizo que de entrada nos sintiéramos bien recibidos. La carta es pequeña pero suficiente... te pedirías todo por lo que decidimos pedir un menú degustación de 5 platos. Nos preguntaron el hambre que teníamos y que nos preguntarían a la mitad del menú si queríamos seguir o parar ¡Sorprendente! no nos querian sablear, querian que comieramos lo suficiente....
No me extraño en cuanto empezaron a sacar aperitivos, berenjenas encurtidas con aceitunas, pate de higado de oca al eneldo, croquetas de merluza buenisimas y el aperitivo de la casa una cazuelita monisima de callos a la madrileña inolvidables, y no habiamos empezado el menu. Tiradito de boquerones con ensalada de melloco, anguila ahumada con mantequilla negra y alcaparras y ravioli de gallina en pepitoria fueron los entrantes no sabria decir cual fue mejor. Salmon marinado con papas a la huancaina el pescado, sorprende que me gustara cuando no me gusta nada el salmon. Cordero asado a los aromas de marruecos que solo la presentacion es de 10, ademas buenisimo, de postre unas flores en almibar rellenas de crema de queso fresco y mango espectacular. Todo esto bien regado con un vino que nos recomendaron buenisimo La celia, argentino un reserva muy barato por cierto. En definitiva disfrutamos como hacia mucho un sitio mas que recomendable y me sorprende que sea tan poco conocido. Volvere sin lugar a dudas
"Mejorando cada día"
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Cesar y su equipo mejoran cada día, la comida espectacular...el mejor plato que he comido nunca...una especie de pastel de cocido madrileño.
Enhorabuena antojo
La crisis parecía no afectar a la restauración madrileña,pero resulta que sí, yo creo que es la primera vez en el año que llegamos a un restaurante un sábado y no hay nadie, pero nadie más... El que el restaurante esté bastante iluminado y pintado de blanco, no ayuda a crear ambiente así de vacío...
Por lo demás, el servicio muy atento (incluso atento de más), el propio chef es el que atiende las mesas (no sé cómo lo hará cuando esté lleno) y aconseja a los comensales. Para empezar la casa saca de aperitivo varias cosas, más de lo acostumbrado: unas tostadas de foie que ni fú ni fá, un puré de patata con arenque que estaba buenísimo, y unas berenjenas encurtidas que tenían una pinta fantástica pero que no probé.
La carta corta pero bien elaborada, todo original y versionando platos clásicos de la cocina internacional. De primero compartimos un arenque ahumado a la mantequilla negra que estaba escandalosamente bueno y una ensalada de chipirones rellenos con confitura de tomate y vinagreta de jamón que también gustó mucho. Tras darle muchas vueltas a la carta (la verdad es que apetecía probar casi todo) dos pidieron cordero en dos cocciones que parecía ahumado con especíes marroquies, y pese a que parecía poco hecho, estaba perfectamente cocinado y muuuy tierno. Lo acompañan con una ensalada de zanahoria maravillosa. La presentación del plato: un 10. Las otras dos pedimos unas carrilleras de cerdo ibérico al curry rojo tailandés, que me recordó a los curries que ponian al principio en Sudestada, pero infinitamente menos picante. Buenísimo también. Un sitio a tener en cuenta.
Hace ya cinco años que César Rodríguez, ayudado en la sala por su mujer, Cristina, se lanzaba a la aventura de abrir su propio restaurante tras muchos años como segundo de Abraham García en Viridiana. A lo largo de este lustro, en su minúsculo y sencillo local enclavado al principio de la calle de Ferraz, con apenas cinco mesas, César ha ido consolidando su cocina de una manera muy discreta, pero secundado por una fiel clientela. En este tiempo el cocinero no ha renunciado a sus señas de identidad, que se traducen en platos en los que predominan los sabores muy potentes, y en acertadas fusiones de ingredientes y elaboraciones de todos los continentes. César fue de los pioneros en implantar una fórmula que luego se ha extendido, sobre todo en estos tiempos de crisis, que consiste en trabajar con el mínimo personal: un ayudante o dos en cocina y la propia mujer al cargo de la sala. Lo permiten las reducidas dimensiones del comedor y la breve carta. Eso sí, todo se resiente cuando no está Cristina y es el propio cocinero quien debe atender también a los clientes, lo que ralentiza considerablemente el servicio.
En cualquier caso, nos encontramos con platos bien elaborados, en los que el producto principal asume el protagonismo pero con la aportación de ingredientes exóticos que realzan y potencian los sabores. Hay mucho de cocina de fusión, puro juego, con un cierto aire de exotismo. En la breve carta, que permite tomar todo en medias raciones, siempre falla algún plato, aunque se completa con recomendaciones del día. Sobre la carta se eligen los menús del día, que oscilan entre los 50 € (tres platos y postre) y los 80 € (siete platos y postre). No falta nunca un clásico que ha permanecido estos cinco años: los buenos raviolis de gallina en pepitoria. Guiño a la cocina madrileña que se prolonga en el pastel de cocido madrileño. Aunque esto no significa que haya en los platos enraizamiento alguno. No lo hay en el aperitivo de ostra con alga wakame, ni en el agradable conjunto de tomate raf con bacalao en salazón, con un fondo de escabeche y un punto picante. La potencia aparece bien reflejada en una salsa roja de pimentón que acompaña perfectamente a un tiradito de morro de ternera junto a otra verde de cilantro. Un plato en el que sobra una vieira a la parrilla que no aporta nada. Más flojita una quesadilla de lengua de ternera y pimientos con alcaparras y mole verde en la que lo mejor son las salsas. Interesante la presa con cataplana de berberechos, que combina el frescor del tomate y el cilantro y que mejoraría con unos moluscos de más calidad.
Antes de los postres, una pequeña tabla de quesos bien afinados. Sigue una refrescante flor de hibiscus rellena de crema ligera de queso y mango con un toque de maracuyá y que se acompaña con un granizado de inspiración mexicana a base de hibiscus con polvo de chile, lima y sal. No está nada mal la carta de vinos, pese a su brevedad, aunque habría que solventar algunos errores en las añadas.
"Un cromo imprescindible para coleccionista"
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Ir al antojo es mas que comer, es una experiencia, es una etapa imprescindible para los que gusten de probar platos de vanguardia, para los "coleccionistas de cromos culinarios".
Nosotros optamos por una cena, con menú degustación express, tres platos mas el postre. Mas que suficiente.
Los raviolis de gallina en pepitoria, espectaculares, el pez mantequilla macerado en soja a la plancha, increíble, pero el solomillo ahumado ya era de otro planeta, o al menos de muchos países.
Para darse un capricho, o un antojo. 60€/px
"Experiencia a repetir"
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Desde que llegas notas las ganas de hacer las cosas bien y te sientes bien acogido.
Hay muchas cosas que destacar en Antojo:
los panes estaban riquísimos.
buenos aperitivos de parte de la casa.
En cuanto a la comida, carta corta pero precisa y bien elaborada. Probamos los raviolis de gallina en pepitoria (al parecer un clásico de la casa) y los erizos con yuca, batata y alioli de rocoto. Los dos bastante buenos.
Como segundos, skrei sobre judías verdes y salmorejo, con jamoncito por encima, muy rico, y la carrillera lacada con un dolmen de hoja de parra con navajas y orejones de albaricoque, muy bueno también.
De postre, la esponja de mango con helado de café, deliciosa.
Carta de vinos no muy amplia pero variada y razonable de precios.
Manteles hasta el suelo, buen servicio... En definitiva una experiencia agradable, digna de ser vivida de nuevo.
"Increíble!"
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Siempre sido bastante reticente ante la cocina de autor, pero ese día se me quitaron los prejuicios. El restaurante como comentan es pequeñito, la atención es personalizada desde el primer momento: cocinan para ti. Nos decidimos por el menú degustación: para picar una especie de galletas saladas con salmorejo, luego raviolli relleno de gallina y hierbas frescas que el mismo dueño recogía de su pueblo según nos comentó y para terminar corzo con salsa de frutas. He de decir que todo estaba absolutamente exquisito y de era de primera calidad. Para rematar, nos regaló una selección de quesos muy bien escogidos (estaba mi querido Gamoneo, los quesos asturianos empiezan a tener el reconocimiento que se merecen) acompañado de un vino recomendado por él el cual llevo buscando desde entonces, Viñasastre. Un 10. Eso sí, la cocina 10 hay que pagarla, 55 euros por cubierto, pero encantado, oigan.
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