Además de ser una de las revelaciones del año, abre los domingos, así que elegimos este restaurante para llevar a cabo una reunión muy agradable.
Se trata de un restaurante fusión, en el mejor sentido de la palabra, y con un toque informal.
La decoración es asiática (con los artículos a la venta, no en vano, la casa madre es tienda de decoración) y muy urbana.
En las mesas no hay manteles, pero sí palillos y buenas copas Stölzle.
La carta es amplia, pero el menú degustación ofrece muchos matices por 35 € así que nos decantamos por él.
En lo enológico, lamenté la ausencia del sumiller japonés, así que tuve que arreglármelas en solitario. Carta corta con vinos interesantes y precios habituales. Opté por lo exótico y probamos un Bouchard Finlayson Chardonnay 2008 (Sudáfrica), muy interesante, y un Saxenburg Private Collection Shiraz 2004 (también Sudáfrica), un vino elegante y versátil.
Pudimos probar:
-Kimuchi de zamburiñas (muy curioso y delicioso, lo malo es que sólo es una pieza por persona)
-Choritos al estilo Nam-jin (agradables)
-Ensalada de pollo vietnamita (en pasta de arroz, únicamente correcto)
-Tiradito de corvina con ají amarillo y rocoto (espectacular)
-Tiradito de bonito Nikkei con tamarindo y wasabi (más espectacular todavía)
-Spring roll vietnamita de cerdo y gambas con hierbas aromáticas (unos rollitos difíciles de olvidar)
-Gyoza de cerdo y verduras con salsa de shiso y sésamo (lo mejor de la comida, sabrosas, delicadas, maravillosas)
-Satay balinés con espuma de coco-lima-chile (muy adecuado en lo que a especias se refiere, la espuma muy buena)
-Sopa TomYam con berberechos (picante comedido, excepcional)
-Curry rojo thailandés de carrillera ibérica y arroz jazmín (el arroz muy aromático y la carne muy bien cocinada)
-Fresas marinadas con sorbete de yuzu y azúcar de palmera balsámica (algo insípido comparado con lo demás)
-Esponja de té verde con mandarina, chocolate blanco y sésamo negro (buen postre)
El café, eso sí, mejorable.
El servicio, informal, amable y muy atento. Una demostración clara de que no hacen falta tiranteces para tratar bien al cliente.
A veces, la comida pasa a un segundo plano si la conversación es interesante, pero en este caso, iba reclamando su protagonismo. Eso sólo ocurre si ésta merece la pena.
Jaime Renedo deja en evidencia a otros que inflan las cuentas sin dar lo que él da. Muy recomendable.
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