Aunque está siempre lleno merece la pena. No solo por lo barato que es, por la garantía de que no es garrafón, o por lo majetes que son los camareros (una noche perdí mi bolsa con la cartera y demás y me la habían guardado), sino por lo surrealista de la decoración.
Las lamparas del techo con tubos de neón son alucinantes, y junto con la mosquitera, la plancha y ese cuadro tan extraño hacen del palentino un sitio único.
El pepito de ternera recomendable.
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