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"¿Qué tal si nos acompañáis en este viaje y disfrutamos de una típica comida en Grecia? Nos encontramos en un restaurante de algún l..."
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"En franca decadencia. Peor que Horcher y Zalacaín. Incluso que Club 31"
Jockey ha sido durante décadas un auténtico bastión de la gastronomía madrileña y española, ocupando un lugar de la Santísima Trinidad culinaria junto a Horcher y Zalacaín.
Hoy sin embargo, nos encontramos ante un buen restaurante, venido a menos y que se sustenta, a duras penas, sobre su buen nombre y los recuerdos de días mejores. Normal que perdiese su Estrella Michelin en 2000.
Tal es así, que actualmente este mítico negocio fundado por Clodoaldo Cortés y ahora regentado -de forma poco acertada, a las pruebas me remito- por su descendencia se encuentra en bancarrota, con su bodega embargada, algunos de sus proveedores tradicionales negándose a seguir surtiendo a la casa y con muchos meses de alquiler adeudados a la familia del General Martinez Campos, propietaria del inmueble.
Se comenta que Juán Abelló y Arturo Fernández planean rescatarlo, supongo que por romanticismo y, sobre todo en el caso del primero, por los buenos recuerdos que le traerán sus reservados, en los que cerró algunas de las mayores operaciones financieras de la historia de este país.
La ubicación del local es estupenda, en Amador de los Ríos, justo detrás de la Castellana, casi al lado de Colón, y la sala, aunque vetusta, sigue teniendo elegancia y encanto, evidentemente más acordes con los cánones de otras épocas. El servicio es impecable, amable y, sobre todo, con un tremendo saber hacer, desde el aparcacoches hasta el jefe de sala, pasando por camareros o la chica del guardarropia de la entrada.
En favor de todos estos grandes profesionales debo romper no una, sino un saco de lanzas. Se trata de un grupo personas con una gran dignidad profesional, pundonorosos y con un gran compromiso con la casa que los emplea y, ojalá esto lo lea la familia Cortés, el mejor activo del que disponen. El servicio fue francamente bueno, justo a la altura que cabría esperar de Jockey.
¿Por qué alabo algo que debiera ser el mínimo exigible en un restaurante así? Por la sencilla razón de que días después de haber cenado allí me enteré de que esa gente no había recibido una peseta de su sueldo en meses, algo durísimo para cualquier trabajador. Unos días después tuve la ocasión de volver a pasar por allí. Con tacto y discreción me interesé por el asunto, y la respuesta que obtuve, de un veterano de la sala, fue clarificadora de la talla moral, personal y profesional de esa gente: "en primer lugar, señor, creemos firmemente que de los problemas se sale trabajando, es mas probable que cobre mi sueldo si usted viene a comer que bajando la persiana. Además, esta casa tiene un nombre que debe mantenerse, no puede ensuciarse señor, esta casa la fundó D. Clodoaldo Cortés, y fue un gran hombre al que muchos aquí le debemos todo lo que somos en la vida". Absolutamente conmovedor. Gente y profesionales así no quedan.
Después de analizar todos los elementos de la ecuación, salvo uno, y ver que en todos ellos Jockey cumple con creces, podemos culpar de todos los males al restante: la comida.
Y no por mala. Todo lo que he comido allí las dos veces que he estado me ha parecido de primera. El problema es que su carta destila un cierto tufillo a obsolescencia, está anclada en exceso en el pasado y sus recetas, quizá sofisticadas hace 30 o 40 años ahora resultan simplonas. Esto por ejemplo, no pasa en Horcher y Zalacaín. El primero porque ha sabido apostar por "clásicos atemporales", como el goulash, la caza, el stroganoff etc., recetas muy del centro de Europa y que no están en la normalidad culinaria española. El segundo porque, dentro de su línea, ha sabido ir dándose sucesivos y acertados lavados de cara.
Lo que más falla (exactamente igual que en Club 31, hermano pequeño de éste) es que los entrantes son totalmente anodinos, no sabes muy bien qué pedir. Los segundos si brillan. Los postres, pues vaya, normalitos para un sitio así (los crêppes amaretto por ejemplo son mucho peores que los Suzette del Club 31).
Como ejemplo, una comida allí fue:
ENTRANTES : tempura de langostinos (mejor en cualquier japo bueno) y callos jockey (vale, un plato muy poco refinado, pero los mejores que he comido nunca).
PLATOS: Steak tartare (francamente bien hecho, con su punto justo de especias y worcestershire sauce. Es igual de bueno que el del 31, que además, curiosamente es un euro más caro), entrecotte al tuétano (riquísimo, rosadito por dentro y tierno, con las excelsas patatas soufflé, una de las señas de identidad de la casa).
POSTRES: crêppes amaretto (buenas, peores que las Suzette y encima no montan el numerito, con lo que mola) y crema tostada (buena pero mejor en cualquier tasca catalana).
Sin vino, pero con aguas con gas y con unas copitas de PX San Emilio (no había Noé, que es mucho mejor) -a 12 pavos la minicopita de postre- 200 € con propinas.
Le doy 3 estrellas por la historia, el servicio y demás. Mejor ir al Club 31.
Durante su larga historia fue una referencia. En la actualidad su cocina clásica de escuela francesa se codea con alguna incursión en la modernidad y mantiene pinceladas locales como los famosos callos a la madrileña. Precio medio 85 €.
Capacidad de la Sala: 100
Año de inauguración: 1945
Horario: Cierra domingo, festivos y agosto.
Soles Repsol: 1
Ver más en: www.guiarepsol.com/Gastronomia/Restaurantes/Espana/Madrid/Madrid/Joc...
Este restaurante, fundado en 1945 por Clodoaldo Cortés Marín y que sigue en manos de su familia, es conocido como el restaurante de los ejecutivos y los hombres de negocios. En Jockey se conserva la exigencia de llevar chaqueta y corbata. En caso de que el cliente se presente sin dichas prendas, el propio restaurante se las puede proporcionar.
Decorado con motivos hípicos, tal y como indica su nombre, practica la alta cocina internacional, con platos como la terrina de hígado de oca a la geleé de oloroso, el ceviche de pescados al cilantro, la perdiz deshuesada en hojaldre con setas, o el tournedó de cebón al vino tinto.
Sin embargo, lo que le hace tener un hueco en las guías de gastronomía madrileña son sus callos a la madrileña, que no pueden dejar de perderse.
Para los postres su oferta es también muy sugerente, pero destacan el mosaico de frutos secos con queso fresco quemado y la copa de frutas frescas con geleé de Grand Marnier y espuma de naranja.
Ver más en www.esmadrid.com/en/cargarAplicacionRestaurante.do?identificador=91
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