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"Ole, ole y ole!"
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Pues fuimos;
y volveremos.
Experiencia: matrícula de honor.
El restaurante es un pequeño local a dos alturas, con cinco mesas y decorado con sencillez. La sensación que transmite es de buen rollo y ritmo tranquilo.
Éramos cinco para cenar. Pagamos 101 euros (oO !!!!).
Cocina hecha con tiempo y mimo, como de abuela.
Todo increible-estupendo.
Tomamos pastel de trigueros y salmón marinado mientras esperábamos por el plato fuerte.
Un bacalao al pil-pil, una merluza en salsa verde, dos estofados de carne (como dios manda) y unas carrilleras (extraordinarias, se cortaban con el tenedor!).
De postre natillas, flan (hecho sólo con yemas) y un buding de manzana para chuparse los dedos.
Botella de albariño.
No tomamos café de pota porque unos amigos nos esperaban en el Jazzfilloa.
La atención, excelente.
Me encantan este tipo de sitios, así que no soy nada objetiva, pero los amigos con los que íbamos quedaron encantados también, así que: sitio estupendo por unanimidad!.
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ver más: restaurants Galician en A Coruña
patrocinado
Meca lo descubrió en September 2008
Es un restaurante pequeño, dos mesas en la entreplanta de arriba y una abajo. Pequeñísima cocina a la vista...pegada a la barra. Carta muy corta, pero al final da igual. El mejor bacalao al pil-pil que yo he probado en mi vida. La merluza también muy buena. De entrante pedimos una tortilla de mejillones, exquisita. Los precios razonables, el plato de bacalao 11,75 €, o sea, una cosa normal no las exageraciones de la mayoría de los restaurantes. El tercio de cerveza (estrella de galicia, la especial) a 1,50 €.
Servicio familiar, al final te sentías como en casa. Terminamos charlando con Luis Moya, el dueño, que nos contó como y cuando se debe cocinar la merluza para que tenga el mejor sabor. Jugó con mi hija de tres años sentado a nuestra mesa. Tanto él como las dos señoras que había allí, una en la cocina y otra sirviendo las mesas, muy agradables.
Ir al Pil Pil no es ir a un restaurante, es cómo ir a comer a casa de la abuela de un amigo que cocina de miedo.
El local parece una casa, el comedor es pequeño e incómodo y el servicio es totalmente familiar.
Tiene una carta muy corta, las tortillas y los pasteles de entrantes, y después los segundos dónde para mi destacan sobre todo el excelente bacalao al pil pil (no he probado mejor pil pil nunca), las carrilleras y el pollo en pepitoria y eso que a mi el pollo no me entusiasma demasiado.
Los postres también muy ricos.
Café no lo sirven todos los días, tenían una regla para esto pero se me ha olvidado, de todos modos lo dejo en el apartado de anécdotas curiosas.
De precio, está muy bien.
Si hay algo que entorpece el diálogo es la abundancia de comida. La gente se llena la boca y la conversación languidece. Ayer por la noche, en el Pil Pil, conseguimos una velocidad de parloteo considerable.
Éramos seis. Pedimos tres entrantes: pastel [creo que] de merluza (los del csi pueden sacar la composición de algo con pocas moléculas, pero mis papilas gustativas no llegan a tanto), salmón marinado (cubría el plato de postre, pero a su través se veía perfectamente, como si hubiera sido cortado con un micrótomo) y una tortilla de espinacas (UN huevo batido, un puñadito de espinacas y ya; nada de unas gambitas o un poco de erizo para dar sabor).
Luego pedimos el famoso bacalao al pil pil, y jibia (según las latitudes sepia o choco, ese cefalópodo que tiene dentro un hueso blanco calcáreo que se entrega a veces a los loros para que afilen el pico) en tinta con arroz. El bacalao -con ser insuficiente- era un poco más abundante, pero la ración de jibia, para ser lo mínimo, debería haber sido multiplicada por dos; soy benigno, porque si me hago yo ese plato en casa tomo cuatro veces lo que comí allí. Eso sí, no sé si debido al hambre canina, a la calidad de la materia prima o qué, la jibia estaba muy rica; el bacalao un poco más normalito, pero rico también.
Por fin, pedimos postres. Yo me pedí un queso de cabra, ilusionado por comer un poco más, a ver si no tenía que comprarme un bocata al salir de allí, pero a mis amigos les debió de parecer mucho lo ya comido, que pusieron los tres postres que pedimos en el centro y decidieron compartir. El queso de cabra era un tronco de cono (casi cilindro) de cuatro centímetros de diámetro en su base con unas de esas rodajitas de pan tostado que vienen en bolsa a su alrededor. Lo típico que te haces para tomar viendo la tele, entre horas. Los otros postres creo recordar (apenas se grabaron en mi memoria, de leves que fueron) que eran un budding de esos de "cómo aprovechar las sobras de postres de la semana" que estaba rico, con natillas vertidas por encima, y una mousse de chocolate en copita pequeñita, que devoraron entre mis amigos y por lo tanto no llegué a probar.
El local es supercutre, aunque eso a mí no me importa siempre que sea cómodo. Como estuvimos en una mesa a diez centímetros de la entrada y a veinte de la barra no me pareció agradable ni dado a la tranquilidad. Tienen poquísimas mesas (leo arriba que tres) pero allí hay como cuatro trabajadores o cinco con la lengua fuera, no entiendo por qué.
Por esos maravillosos aperitivos abonamos 20€ por cabeza, tomando una botella de vino, una cerveza y agua (entre todos, no yo solo).
Para comer, yo no aconsejo este sitio. No sé qué otras actividades ofrecen.
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