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Realmente he a-l-u-c-i-n-a-d-o al entrar en Casa Salvador. Un sitio en mitad de Chueca, en la esquina de Barbieri con San Marcos, enfrente del Wagaboo vamos, que no puede ser más castizo, más chulapo y mas cañí. Parece teletransportado de otra época. Tiene mérito sobrevivir tantos años cuando otros igual castizos han ido desapareciendo, como La Carmencita que estaba al lado y que despues de 150 años pasó a ser un restaurante de diseño.
La entrada es anodina. No se puede entrever lo que hay dentro. Habré pasado por delante cientos de veces sin apenas fijarme. No entraba porque tenía reparo de que fuese un sitio baratillo cutre en plan Los Jimenez (11870.com/pro/los-jimenez) o El Comunista (11870.com/pro/22986). Nada más lejos de la realidad. Es un sitio muy bien puestecito. Con sus mesas de manteles de cuadritos rojos, los camareros de chaquetilla blanca y la clientela de habituales algo mayores de chaqueta y corbata pero que saben donde comer bien.
Uno de esos sitios que lamentablemente quizá tengan los días contados ante el empuje de los sitios modernillos fashion de diseño de Chueca.
Casa Salvador lleva décadas ahí, antes de que Chueca se convirtiese en un barrio de moda. Fue en tiempos el centro de reunión de la peña del torero Balmonte y todavía muchas fotografías y recortes de periódicos por las paredes lo recuerdan. Una casa de comidas tradicional de servicio amable y atento, con un aire de restaurante de provincias.
La carta no es muy amplia pero es una comida estupenda. He tomado un gazpacho y un solomillo perfecto. Con sabor casero. Comer sale por unos 35 euros, para volver muchas veces.
Servilletas y manteles de tela.