12 mesas, apretradas, de madera sin mantel y bancos para sentarse. Típico sitio pequeño por el que había pasado por la puerta 150 veces sin ni siquiera mirar dentro hasta que mi hermano tuvo el buen gusto de invitarme.
Comida tremendamente honesta, una carta que varía lo suficiente para no aburrir y algunas elaboraciones dignas de restaurantes de lujo.
El risotto de hongos y ciervo, la ensalda de mi cuit, las cigalitas al laurel... tienen grandes clásicos de taberna como huevos estrellados, chacinas... que también están bien.
Las carnes sin ser para perder la cabeza llegan a la mesa en un punto perfecto, bien condimentadas de sal gorda, en raciones abundantes y con unas mejorables patatas paja.
Incluso los postres: la tarta de toffee, helados naturales de sidra, manzana verde o piononos.
Vinos muchos, con varias selecciones semanales por copa, sin sustos en la cuenta.
De precio muy ajustado para la calidad, merece la pena.
Muy buen sitio para comer / cenar con amigos, trato encantador, el dueño es un crack de los de antes, correcto, cercano, nada pesado, te aconseja...
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