Hablar de este parque en el centro de Madrid es retrotraerme a mi infancia, a cuando no tenía clases y me bajaba a casa de uno de mis abuelos, que siempre me llevaba a pasar la mañana aquí o a la Casa de Campo, así que siempre me ha gustado en una mañana de invierno, medio vacío, viendo las exposiciones absurdas que había a veces en sus edificios.
Las ardillas sin atiborrar, el lago sin aglomeraciones, la antigua casa de fieras, la rosaleda toda mustia, el Palacio de Cristal, la Casa de Vacas... estas cosillas de la infancia que te marcan.
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Quiero volver, porque solamente he ido una vez y fue una excursión del colegio (que estaba a unos 500 metros) cuando yo tenía unos diez años. Recuerdo que me encantó, tanto las pinturas como la casa en sí: eso de que quisiera simular las fuentes de la Alhambra y del Generalife en su pequeño jardín me fascinó.



