Me hubiera encantado visitarlo pero dado el tiempo que tuve que invertir en visitar Neuchswanstein y contando con que tenía que seguir con la ruta resultaba imposible.
Volveré con más tiempo, para visitar otros palacios de Baviera relacionados con Luis II (se quedé con las ganas de ver Linderhof) y visto lo visto, tendré en cuenta mi experiencia con el más conocido de ellos a la hora de comprar la entrada y planear la visita para poder disfrutarlo mejor.
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Luis II, mon amour
He de reconocerlo: soy una ventajista. Me guardé Neuschwanstein hace meses porque vi que nadie lo había descubierto y me hacía una ilusión loca ser la primera en comentarlo (qué le voy a hacer, yo soy así). Tenía muchas expectativas y, la verdad, no me defraudó.
El exterior resulta espectacular: quién no ha visto nunca una foto de él. A mí, particularmente me lleva fascinando desde que de pequeñita hice un puzzle. Pero hace como año y medio vi un documental en el que enseñaban el interior y ya me quedé con el mono de visitarlo. Después de haberlo hecho sólo puedo decir una cosa: impresionante. Luis II de Baviera estaría loco pero no todos los locos tienen la capacidad de concebir una decoración tan fastuosa: llena de reminiscencias de la Edad Media, con esas pinturas diseñadas por escenógrafos e inspiradas en las óperas de Wagner, y algunos muebles que ya por sí mismos merecen la pena visitarlo.
Sin embargo, llegar hasta aquí y conseguir realizar la visita tranquilamente no es algo tan sencillo. Conviene llegar temprano porque a medida que pasa el día hay más gente (sí, ya sé que es una perogrullada) y aparcar el coche se convierte en una misión imposible: cuando yo me fui de allí, que serían en torno a las 13'30 y había ya coches aparcados en la carretera, fuera del recinto, con lo cual se tiene que andar un buen rato. Además, luego está el problema de comprar la entrada, que se hace antes de subir hasta allí, en un pequeño pabellón entre Neuschwanstein y Hohenshwangau, en el cual se pueden comprar entradas para ambos castillos, y ante el cual hay colas en las que puedes estar fácilmente una hora hasta que consigues comprar una entrada. Un recomendación fundamental para libraros de semejante follón: reservar las entradas por Internet (www.hohenschwangau.de/ticketcenter.0.html), sin ningún tipo de coste adicional, y que te salva la vida porque nada más que éramos cinco los que lo habíamos previsto. Yo las compré el día anterior y al ratito recibes un correo electrónico con la confirmación de la reserva, fundamental porque has de pedir una hora aproximada para hacer la visita. Pedí las 11'30 y me dieron las 11'20 (sin problema), y te viene una advertencia que al principio asusta un poco: has de recogerlas con al menos una hora de antelación. ¿Por qué? Porque subir hasta allí te lleva fácilmente una hora. Puedes optar por subir andando, en autobús o en coche de caballos. Mi opinión es que lo mejor es hacerlo en autobús: andando dicen que es una subida de una media hora bastante dificultosa y que debes llegar extenuado al castillo con lo cual no lo disfrutas (porque además luego hay que subir unos cinco pisos de escaleras de caracol), y en coche de caballos, ejem, la carretera es un poquito estrecho y tienes que ir con un acongoje... El autobús no te deja a la puerta del castillo y has de andar un poquito, pero cuidado: te deja en una especie de "plazoleta" donde el autobús ha de dar la vuelta y te encuentras ante dos caminos (mal indicados). Uno sube y otro baja y tu lógica (dado que ves el castillo todavía un poco alto) te hace creer que has de optar por el primero pero no ¡Error! Eso lo pensamos el 90% del pasaje del autobús y acabas en un puente no apto para aquellos que padezcan vértigo desde el que, eso sí, ves una bonita panorámica del castillo. El camino correcto es el otro (un cuartito de hora) y ya por fin llegas (en mi caso, toda apuradita porque veía que se me pasaba la hora): no os preocupéis si veis mucha gente porque sobre los tornos hay unas pantallitas en las que se indica el turno de entrada, que aparece en tu ticket. ¡Por fin! Yo pensé que no llegábamos y efectivamente, puedes tardar una hora en llegar, contando con que te confundas en el camino.
Luego, en cuanto a la visita, la mejor organizada que he visto durante el viaje: al reservar la entrada te piden el idioma y nada más entrar te facilitan una audioguía que la guía que te acompaña en la visita va controlando en función de la estancia en la que estás. En cuanto a la conservación del palacio, deben de ser conscientes de su tirón turístico y lo tienen impoluto: un gustazo.
Lo único que siento es no poder poner fotos del interior (está prohibidísimo, ni sin flash).
Recomendadísimo.
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Una capilla de vidrieras
Mandada construir por Luis IX, el futuro san Luis, con la pretensión de albergar las reliquias del lignum crucis (un trozo de la cruz), es uno de los monumentos góticos más interesantes, pues las paredes son casi inexistentes: sólo hay vidrieras y más vidrieras de gran colorido. Al principio puede resultar un poco pesada, pues tanta vidriera resulta un poco aplastante, pero si se analiza detenidamente, es un prodigio que un edificio de esa época sea capaz de lucir esa decoración y que su estructura lo soporte.
Es difícil de encontrar, pues está dentro de un edificio oficial (el Palacio o el ministerio de Justicia, creo), así que para entrar, has de pasar el control policial.
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El castillo de las mujeres
Es el célebre castillo que atraviesa el río Cher. Aparte de por lo impresionante de la estampa, para mi gusto es uno de los mejores castillos del Loira, más que nada porque si decides visitar su interior, es de los que más tiene para ver (teniendo en cuenta de que la mayoría de los castillos del Loira se caracterizan por ser un poquito "ramplones" en cuanto a decoración, porque según explican, no hay muchos muebles porque poco menos que viajaban con lo puesto). Además, se trata de un castillo lleno de historia, razón por la cual se le conoce como el castillo de las mujeres, ya que Catherine de Médicis y Diana de Poitiers se disputaron su posesión.
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Situado en el centro de la ciudad de Viena, entre el barrio de los museos y la catedral de San Esteban, se trata del palacio que albergaba la residencia oficial de la familia real austriaca. No es tan espectacular como Schönbrun para mi gusto, porque carece de esos jardines, pero a su favor tiene una situación y el edificio en sí.
Lo más curioso: el gimnasio de la emperatriz Isabel (Sissi). No es un personaje que me fascine, más bien al contrario, pero resulta interesante.
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Donde está El beso, de Klimt
Otro de los museos fundamentales a la hora de visitar en Viena. Tiene dos edificios, que albergan diferentes colecciones, el superior, que alberga la colección, y el inferior, en el que tienen lugar las exposiciones, separados por un pequeño jardín.
A mí ya sólo por ver El beso me merece la pena, pero la verdad es que tienen una colección muy interesante, de pintores poco conocidos.
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Alejado del centro de la ciudad, Shönbrunn era el palacio de verano de los Habsburgo, hasta que llegó Sissi y se encaprichó, convirtiéndolo en su residencia habitual.
El palacio está bien, pero si tengo que recomendar algo son su jardines, con sus ruinas romanas falsas, el mirador en lo alto, el zoo y, sobre todo, el jardín botánico (para este último hay que pagar una entrada aparte). Una visita muy agradable.
Además, si se te hace la hora de comer, en dirección contraria al jadín botánico, hay un restaurante muy majo, en el que puedes comer bastante bien por un buen precio, dado en el sitio donde estás y el montaje que tiene.
Aunque está casi en las afueras, se puede llegar fácilmente en metro (ojo con los trasportes en Viena: se confía en la buena fe de la gente y has de comprar el billete y pasarlo por una máquina que no te impide el paso precisamente. Es muy fácil colarse, pero parece ser que las multas si te pilla el revisor son de órdago).
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Se trata de uno de los museos más importantes de Viena. Justo enfrente de él, está el de Historia Natural, con un edificio gemelo a éste.
Como su nombre indica, tiene obras de todas las épocas artísticas, que abarcan desde objetos de la Antigüedad (como el célebre hipopótamo de cerámica azul de Egipto, al cual le han dedicado todo tipo de merchandising) hasta obras de Velázquez y unos maravillosos frisos del primer Klimt, todo ello fruto del coleccionismo de los Habsburgo.
En la parte central del edificio, en el hall, justo bajo la cúpula, tienen un café-restaurante que me resultó impresionante: no consumí nada pero creo que debe ser una grata experiencia el tomarse algo rodeada de ese entorno.
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Un parque coqueto
Bucarest tiene dos parque que merece la pena conocer, entre otros: el Herăstrău y el Cişmigiu. Este último es más pequeño, pero tiene el encanto de estar aún más cuidado y el estar lleno de monumentos que homenajean distintos personajes de la historia rumana (escritores, feministas...).
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Parcul Herăstrău
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Parece un bosque
Es uno de los parques más importantes de Bucarest y no me extraña: es enorme, pero lo que verdaderamente impresiona es su frondosidad, que además no está reñida con la decoración. Ideal para pasar una tarde agradable.
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