Las mejores barras para comer en Barcelona

Un plan informal para disfrutar de los mejores platos

Una de las tendencias del momento apuesta por recuperar las barras, un clásico en el que compartir -normalmente sin reserva y en un plan mucho menos formal que en cualquier comedor- tapas, raciones o platos como Dios manda. Muchos restaurantes se han subido a este tren, lo que nos asegura a los fans del buen comer más posibilidades para disfrutar de nuestros locales favoritos: esperemos que dure.

 

El vaso de oro (Carrer de Balboa, 6 - Barceloneta) En El vaso de oro hacían su propia cerveza artesana antes de que ningún hipster de los que reivindican la craft beer soñara ni remotamente con poder dejarse la barba. La sirven en diferentes tamaños, el mayor de los cuales se conoce como “filarmónica” y el más pequeño como “flauta”. Imprescindible acompañarla con su pincho de solomillo con foie y una ración de ensaladilla picante de atún. Y sí, solo atienden en una barra, pero nadie en su sano juicio echará de menos una mesa mientras disfruta de ese producto de calidad superior.

 

Can Paixano (Carrer de la Reina Cristina, 7 - Barceloneta) No es ni de lejos el sitio más adecuado para una primera cita romántica, pero sí puede serlo para empezar una noche memorable con amigos. Los precios populares de sus vinos y espumosos -que además entran como agua, haciendo bueno el dicho de “noches alegres, mañanitas tristes”- y los deliciosos bocadillos de chistorra, morcilla, bacon, chorizo, o paté con pepinillos que, junto a raciones de cecina, jamón o queso amortiguarán sus efectos, lo han convertido en un clásico del picoteo de la Barceloneta.

 

Coure (Passatge de Marimon, 20 - Hospital Clínic) Antes de cruzar la puerta de Coure deberíamos ser conscientes de que estamos a punto de sentarnos en una de las barras con más clase de Barcelona. El chef Albert Ventura, su cocina moderna con un estupendo producto como base y su buen hacer, la han convertido en centro de peregrinaje para los paladares más refinados, que disfrutan allí de sus croquetas caseras, el tataki de atún, ensaladilla rusa para quitarse el sombrero, ostras gallegas y un steak tartar de los que hacen volver una y otra vez. Cerveza bien tirada y vino por copas regarán el festín.

 

Bar Cañete (Carrer Unió, 17 - Liceu) El Cañete se define como un restaurante de “barra y mantel”, y sus carta -que invita a mandar la dieta a paseo de una forma bastante menos fina- lo corrobora. Y comerás en una barra, pero su guiso de judías de Santa Pau con chipirones, el filete de vaca vieja con foie y salsa de trufa o las mollejas con gambas, rossinyols y jugo de carne te harán sentir como si lo hicieras en un trono (de oro). Solo trabajan con pescado de las lonjas catalanas y con verdura -y fruta- de proximidad, poniendo todo el mimo en la elección de sus proveedores.

 


Dos Palillos (Carrer d'Elisabets, 9 - Catalunya) Estamos ante un formato que demuestra que su ideólogo, el chef Albert Raurich -también al frente de Dos Pebrots, una de las aperturas que revolucionó Barcelona en 2016- cree fervientemente en ofrecer la mejor cocina en un ambiente relajado.. Los dumplings, las ostras y las hamburguesitas darían para repetir 30 veces, y si hay oferta fuera de carta hay que decir que sí sin pensarlo ni un segundo.

 


La pepita (Carrer de Còrsega, 343 - Diagonal) Las pepitas son la versión más refinada de los clásicos pepitos, el bocadillo de ternera que ya en su versión original genera suspiros mientras te limpias los chorretes con kilos de servilletas de papel. En La Pepita las sirven con huevo y foie, romesco o berenjena y albahaca, entre otras cosas. Es impepinable probar su trifásico, un trío de tapas que varía según la temporada pero siempre incluye unas excelentes croquetas y una ensaladilla rusa casera con la cantidad perfecta de todo. Termina con su medio gintonic y saldrás de allí con la sensación de que todo va a ir bien en el mundo.

 

La mundana (Carrer Vallespir, 93 - Plaça del Centre) Empezar una comida con un delicioso pan tostado acompañado de una mantequilla ahumada es, por parte de La Mundana, una declaración de intenciones de todas las maravillas que te van a servir después. Ostras, excelentes calamares fritos a la andaluza ligeramente picantes, guisos revisitados como el de guisantes con sepietas, ceviches, baos y arroces comparten espacio en una carta que fusiona sin complejos lo mejor de occidente y toques orientales. Además de en su cómoda barra también puedes comer en las mesas, pero te perderás los movimientos perfectamente orquestados del equipo de cocina: el dilema está servido.