Anna Sacher Restaurant

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relevancia fecha

23/01/2018

Alvaro Armenteros lo descubrió en enero de 2018

Cocina tradicional con aires renovados en entorno imponente

Cena homenaje en Viena un poco a lo loco en este restaurante ubicado en el interior del mítico Hotel Sacher, junto con otro restaurante, "Rote Bar", el coquetísimo "Blaue Bar" y un par de cafeterías donde explotan el emporio de su famosa tarta a más no poder.

El Rote Bar está junto a la entrada y se ve desde la calle pero para acceder al Anna Sacher hay que atravesar la recpeción y un suntoso salón que ya te pone en ambiente. La sala del restaurante no es muy grande pero impresiona mucho por la elegancia que desprende. Forrados de madera noble y terciopelos verdes, Arañas colgando del altísimo techo. Cortinajes del mismo terciopelo verde y espejos. No soy muy amante del clasicismo pero lo cierto es que aqui uno admite que hay mucho estilo y gusto.

Iba un poco acojonado porque me dejé el tuxedo en Madrid (guiño-guiño) y lo mismo no me dejaban entrar, pero lo cierto es que no tienen un código de etiqueta estricto. "Dresscode: Smart casual or business attire" es lo que ponen en su web, pero en smart casual puede ser cualquier cosa... me la jugué con vaqueros y camiseta (ni camisas gasto) y cero problemas. El público si que había bastante caballero con chaqueta y pajarita (más que corbatas) y señoras con joyones y vestidos caros. Y unos rusos bastante chanantes de esos que se nota que van tupidos de pasta pero no por ello han conseguido elegancia. Yo con mi camiseta tenía más clase vestido que ellos.

Pero al tema, y de comer ¿qué? Pues cocina austriaca de corte tradicional, con algun toque actual y productazo. Ofrecen menús de 4,5 o 6 platos (79, 93, 109) con posibildiad de maridaje (129, 149, 175), pero no teníamos tanta hambre y optamos por componer nuestra cena a la carta sin tantos platos. Pedimos un principal para cada uno, sin entrantes pero porque teníamos pensado probar su tarta de postre y también pedir un surtido de quesos para el fin de fiesta (tienen el carrito de quesos en la entrada de la sala, los malvados... y se nos creó una necesidad)

Aunque no pedimos menú degustación, nos sirvieron unos entrantes de la casa

Vieira con salsa de naranja (muy rico), pato curado con polvo y praliné de café (muy original, y funciona), una espuma de cítricos (ni fu ni fa), unas croquetitas (ni fu ni fa again) y un tartar de vieria (muy rico)

Además, nos sirvieron un magnífico pan artesano con unos cuencos con aceite (italiano, no todo iba a ser supremo), mantequilla y una crema de queso ligera.

Nuestros principales:

- Corte de vaca con brocoli, alcahofas y espuma de tupinambo
- Pechuga de pato Barbarie con reducción, con repollo relleno de carne del pato y piñones

Absolutamente deliciosos los dos. El pato le gustó hasta a mi consorte y no es nada de patos. Mención especial a las hojas de repollo rellenas. Qué exquisitez.

Postre: obligatoriamente la tarta Sacher. Es posible (seguramente) que no sea el mejor postre de la casa, pero es el más famoso y ya que estás en el sitio original de la receta, pues tienes que probarla. No defraudó. Muy buena. Me sobra la nata que ponen con la tarta.

Post-postre: selección de quesos. Te traen el carrito con los quesos (mayormente austriacos y francesos) y te preguntan lo que te apetece, si te gustan más o menos fuertes, si quieres alguno en particular.... vamos que te haces tu la selección totalmente a tu gusto. Yo quería pedirle "ponme de todos" pero me pudo el decoro (miedo escénico en tan magna sala). Al final, una selección de quesos tirando a cremosos pero con sabor potente, aconsejados por el maestro del carrito. Puedes elegir también si queires algún acompañamiento dulce (mermeladas, frutas) y nos decantamos por unas uvas. Somos queseros y no había manera de que la selección no nos gustara.

No tomamos vino. Sólo un brebaje de Aperol con vino blanco (lo toman mucho los lugareños) que entra muy bien (peligro!) y agua para calmar la sed tras los quesos y el dulce.

No queríamos café (¡café! ¡¿por la noche?!) pero nos sirvieron petit-fours. Especialmente ricos unos pequeños mini pepitos de praliné de cacao.

El servicio fue impecable y nada estirado, como podría presuponerse en un sitio así. La jefa de sala fue majísima aconsejándonos al hacer nuestra comanda y estuvo pendiente de cómo estábamos sin llegar a ser molesta. Todos los camareros que nos sirivieron nos explicaron los platos (en inglés muy entendible).

Y la dolorosa no lo fue tanto, dentro de que obviamente es un sitio caro. Salimos a 65€ por cabeza. Por la calidad de la cocina, el servicio y la magnifica sala, bien lo vale.

Una magnífica experiencia y sitio muy recomendable para cenar en plan homenaje si estás en Viena.