Los Pomares

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16/02/2016

No se si es la mejor del mundo, pero es la caña

El sábado comimos cachopo y no pudimos ni cenar. Necesitábamos hacer algo parecido el domingo. Vivo en un estado mental muy jodido, el que compagina el cerebro de gordo pilo con la actitud de samurai y atleta de élite. Debe haber un término medio, pero yo no lo conozco. Lo bueno es que me da consuelo pensar que seré capaz de levantar grandes pesos en sentadilla de pegarme estas farteras demenciales.

Estábamos en Gijón de domingo granizado. Primero fuimos a comprar Pelayos, unos mazapanes rellenos de manzana, y no salimos volando de purito milagro. Luego empezó a caer la de Dios es Cristo y nos refugiamos en el Museo del Ferrocarril. Muy bonito, por cierto. El Ferrocarril es el mejor medio de transporte que existe en el planeta tierra y soy partidario de una recuperación brutal del mismo. Entre tanto, me queda visitar el Museo del Ferrocarril de Gijón. Que no estaba entre mis planes, todo sea dicho, pero claro, cuando caen piedras de hielo desde los cielos, el plan de pasear y sacar fotos a bellos rincones queda algo descartado.

Nos aprendimos de memoria el museo porque claro, una vez visto seguían cayendo chuzos de punta en el cruel mundo exterior. Al final se acercaba la hora de comer y teníamos reserva, por lo que hubo que tener los arrestos para salir con el cutre paraguas de Tiger que compramos. Somos de esa gente que se va a Asturias en pleno temporal y deja sus dos paraguas en casa para comprar un paraguas low cost que no vale ni mierda y se vuelve sobre sí mismo en cuanto sopla el viento. Le daba gracia al asunto, lo convertía todo en aventura. Esto une a las parejas, esto de caminar bajo la granizada con un paraguas infecto, porque te pegas mucho y después de catorce años la rutina es muy mala en las parejas. Una granizada, un paraguas cacuno y a celebrar San Valentín. El amor todo lo puede.

Fuimos a comer a Los Pomares. Fuimos porque leímos que tenían un premio de “mejor fabada del mundo 2015” y eso merece como mínimo una visita. De incógnito, claro, sin pedir nada a cambio, sin alfombra rojo. Con naturaleza, porque somos muy campechanos en nuestras cosas. Al final estaba el sitio más cerca de lo que pensábamos, o tal vez andamos raudos bajo el granizo letal, así que nos apostamos en la barra a pedir sidra. Hay que andar con ojo en Gijón cuando uno es madrileño. Porque allí pides “una sidra” y no es “un vaso de sidra” o “una caña de sidra”, es una botella de sidra entera. Claro, yo voy y digo “una sidra” y dice La Reina “yo otra”, y entonces el camarero, asturiano y por lo tanto directo y de pocas palabras bien escogidas nos dice : “no”. “¿No?”. “No, esto va por botellas”. Y está bien que lo diga, porque tampoco estaba la cosa para tomar dos botellas de sidra. En Gijón pides la botella de sidra, el camarero va echando culines cuando considera. En la barra hay tapas variadas para coger a discreción, y así se pasan las cosas. Si pide uno raciones le ponen un mantelito en la propia barra, cosa que tiene mucha diversión.

Pero bueno, nosotros íbamos a la mesa y lo teníamos claro. Anunciamos con discreción nuestra llegada y los camareros nos sentaron. Fue un acto muy plural, muy de equipo, porque se lo dijimos a uno, se lo dijo a otro y otro fue el que nos dijo “podéis pasar” y un último nos dirigió a la mesa. Todos los camareros colaboraron. Hablan poco y no les coges el sentido del humor, pero hay que decir una cosa, son eficaces y tienen un humor peculiar. De esta gente que parece que está cabreada y suelta puntazos de aplaudir, vacile muy jarto. Yo les he cogido cariño en dos días.

Bueno, que nos sentamos. La mejor fabada del mundo merecía ser degustada. Tomamos antes unos calamares fritos muy bien fritos, porque nos lo recomendó el camarero (“Una cosa y nada más”, nos dijo), y luego culines de sidra. Nos inquietaba lo de que los culines nos lo sirviesen cuando querían, como somos forasteros y por tanto bárbaros decidimos pedir una botella de vino, para poder autogestionar su ingesta.

Y llegó la fabada. ¿Era la mejor del mundo? Dificil de decir sin haber probado otras. ¿Era buena? Lo era. Y era económica (más caro el vino que la fabada, no digo más). Un gran cuenco de fabada que daba para tomar tres platos cada uno. Con sus fabes, su chorizo, su morcilla y su pernil. El caldo es clave en esto y diría que era un caldo bien sabroso. A mí me gusta algo más denso, pero eso va en gustos y desde luego no iba aguado. Las fabes, en ese punto exacto en el que si se hacen un poco más se deshacen y si se hacen un poco menos quedan duros. Justo en la línea divisoria entre estados. El conjunto, maravilloso. De nuevo, de no cenar. Y la fiesta estomacal mejor no la relato por aquí por aquello de ser respetuoso con todo el público lector del blog.

De postre pedimos un milhojas de turrón, sin duda un invento novedoso para nosotros. Era bueno pedir esto, en plan digestivo. Entre el vino y la fabada nos pegamos una siesta de dos horas.

Botella de sidra, botella de vino, calamares, fabada para dos y milhojas de turrón. Total dos personas, 46€. Una maravilla.

guindillasmutantes.wordpress.com/2016/02/16/los-pomares-gijon

Miss Migas

Para una que ha vivido en Asturias leerte pidiendo dos sidras es una risa. Siempre es un gusto haccerlo - lo de leer - además.

16 de febrero de 2016

Gath

Excelente reseña Antono, como es habitual. Lo bueno que tiene aquella tierra es que comas donde comas, aunque sea en el sitio mas perdido y humilde, se come de fábula, con fundamento y unos precios que no se ven, pero se desearian, por la zona centro.

16 de febrero de 2016