Cálido, acogedor y con un servicio muy personalizado, podrás disfrutar tanto de la cocina tradicional como de las últimas novedades del mercado.

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10/05/2016

Sorpresita en la Avenida del mal

“Tienen que estar muy desesperados en este hotel para poner un anuncio así”, he pensado decenas de veces. Porque pasa uno por la anticalle, la Avenida de América, y ve un cartel enorme, en la cristalera del Hotel Abba, anunciando “Menú Exprés, 14.95€”. Te acabas por preguntar si es que no va nadie allí. Claro, es difícil querer ir a ese hotel, no por nada, sino porque está en el antisitio. Que será por Hoteles, por supuesto.

Lo pensaba y no entraba. No entraba porque a uno no se le suele ocurrir entrar a comer en hoteles. Es raro, sólo entramos en hoteles cuando estamos de viaje por ahí, pero no en hoteles de nuestra ciudad. No suelo hacerlo, vaya. A lo mejor a algo que te digan que es la repera en vinagre, a lo mejor a eso vas. Pero no a un restaurante de hotel sin más. Pero yo sigo con esta investigación guindalera, esta indagación de restaurantes, tabernas, antros, tugurios y demás espacios existenciales de nuestra República. Y con esta visita terminamos la Avenida de América, porque la Avenida de América ya hemos dicho que es un espacio infecto de posmodernidad malvada. Tras el Abba viene el Apóstol Santiago, tras el Apóstol el descampado, tras el descampado varias casas del Parque de las Avenidas, tras estas el Parque Breogán y tras este parque la M-30. Así que hasta aquí.

Con el motivo científico por delante, con el rigor que nos caracteriza, acudimos. Y si ya hace poco tiramos de refranero para el original “En Abril aguas mil”, ahora entramos con el “Hasta el cuarenta de Mayo no te quites el sayo”. Aguacero tremendo , oscuridad plena a las 14h y cara de mal humor generalizada entre las gentes que cruzan la calle. Pero no hay chaparrón que nos detenga.

Ahí entramos, por el hall del hotel. Se hace raro, decía, entrar en Hoteles cuando uno no está hospedado. Como si se fuese un intruso. Cuando en realidad en los Hoteles entra y sale gente y los currantes de allí no conocen todas las caras. Pero te ves obligado a entrar con decisión, con firmeza, a mostrar al mundo que paseas por ese hotel “como si”. Recibidor de hotel como tantos otros, con sus butacas y su todo. A la izquierda queda el bar y a la izquierda del bar, el restaurante. Entonces dudo. Tengo que esperar un poco a La Reina, y la espero dentro porque fuera es el horror, y dudo. Porque no vislumbro atisbo del menú de 14.95, pero vislumbro un menú de 18.95, en plan mejor, en el que no había reparado. Así que te dices “¿por qué no?” (adelanto que al salir vi, en el bar, el menú exprés, consistente en un plato único – supongo que grande – bebida y postre).

Me siento, me pido mi agua con gas con rodaja de limón, llega La Reina, con su majestuosidad humilde. Estamos dentro de las grandes cristaleras que me recuerdan al Hotel de Crematorio. No le gusta que las gentes de nuestro país la traten con privilegios, prefiere que la traten como si fuésemos personas normales, como los súbditos de aquí. Llega pues, pide su agua sin gas. ¡Cómo somos! ¡Qué riesgo! Hay días en los que estamos muy locos.

Llega lo bonito cuando una agradable camarera nos ofrece panes variados y pedimos pan de cebolla, que tomamos mojado en el aceite al romero que tenemos en la mesa y que es buenísimo. Empezamos con pijaditas de estas, buen servicio, buen pan (y yo soy antipan) y no sabemos como terminamos. El camarero que me sentó y preguntó por las bebidas también es amable como eficaz. Vamos a tomar el menú, pero me permito echar un vistazo a la carta general , que no me entusiasma demasiado. La veo ecléctica, supongo que para agradar al turista intermedio, algunas cosas de picar, un par de platos de pasta, un par de hamburguesas y un par de sandwiches. Que estarán buenos, pero que me dicen poco.

El menú es otra cosa. Pinta a más elaborado, y ya lo puede estar por el precio que tiene. Cuatro primeros, cuatro segundos y tres postres para elegir. Optamos por repartir juego y probar varias cositas para así tenerles a ustedes informados. Pero antes de pedir nos sorprenden con un aperitivo, “crujiente de pato”, que es una auténtica delicia. Es de un sabor inconmensurable. Una suerte de hojaldre crujiente (como su nombre indica) relleno de pato picado que es una barbaridad y que nos deja ojipláticos. Buen punto para el Abba Mía.

Los primeros, tiramos por dos clásicos de comida viejuna. A La Reina el tiempo del mundo exterior le pide Sopa Castellana. Quema tanto que incluso ella, que es ignífuga, ha de esperar un poco. Las cosas del recipiente clásico. Yo apuesto mis fichas al volován (vol-au-vent, segundo en mi vida en poco tiempo) de marisco. Que sabe a marisco brutalmente, acompañado de salsa de marisco que es marisquérrima. Me encantan estas comidas viejunas. La sopa castellana es un clásico, tiene ya categoría monumental, de patrimonio de la Humanidad, la sopa castellana es como la Plaza Mayor, es algo digno de protección, pero el volován está en ese punto en el que no es tan moderno como para partir el bacalao ni tan antiguo como para tener protección de la UNESCO y por lo tanto suena a caspa. A mí me gusta, qué demonios, y mojo de nuevo pan.

Segundos. Mi opción, escalopines de ternera con salsa de mostaza, acompañados de patatas fritas y pimientos de padrón. Parecerá una gilipollez de plato, pero estaba todo cocinado a la perfección. No sobraba nada, ni un ingrediente, ni un miligramo de algo, ración adecuada a mi persona. Los escalopines en su punto, la salsa de mostaza también de mojar (mierda, todo el día con el pan, al final…), patatas fritas de rechupete. La Reina pide lubina con batatas revolconas y crujiente de batata. Acabáramos. Está genial, una base de las batatas (como patatas revolconas, pero más suaves), encima los lomos de lubina y sobre esto batata frita crujiente. Muy resultón y también muy rico.

Pasamos a los postres, dudando. Porque ya vamos medio llenos, pero todo pinta bien. Helado de mascarpone con miel y mousse de limón con mermelada de frambuesa. Otros dos platos que parece que no son nada de otro planeta, y no lo son, pero si pones un helado buenísimo con miel buenísima y si pones mousse de limón con una mermelada que desde luego no es de bote, tienes dos postres redondos.

Tantos menús del día infectos por el mundo y tenemos este. Sí, cierto, se va a otro rango de precios, pero no es prohibitivo y vale la pena. No es que los platos sean elaboraciones impactantes, pero se nota que los ingredientes son majos, le ponen mimo al asunto y queda uno satisfecho. 20 € por persona, redondeando. Quedamos altamente satisfechos de haber entrado en este hotel, la próxima vez que lo hagamos intentaremos dar más perfil de turista.

Avenida de América, 32

guindillasmutantes.wordpress.com/2016/05/10/abba-mia-la-guindalera